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EL AUTOR Y EL EDITOR

“Parece que supiésemos algo acerca del arte cuando sentimos la palabra soledad.”

Maurice Blanchot, El espacio literario.

Dice Blanchot que un autor nunca sabe si su obra está terminada. Una obra literaria es, para su autor, un espacio de trabajo infinito, del que nunca es capaz de desprenderse del todo.

En un momento dado, el editor ayuda con el cierre de ese proceso infinito, liberando a su autor de esa infinitud. Sin embargo, todos sabemos que aunque la obra esté publicada, su autor jamás podrá darla por concluida del todo, y la mantendrá viva, desarrollándose, en otra parte.

Para Maurice Blanchot, una obra nunca es algo concluido o sin concluir. Una obra simplemente es. Así, cuando su autor quiere hacerle expresar más de lo que ésta expresa, no podrá expresar nada.

A veces tendemos a obsesionarnos con una idea. Esta obsesión nos obliga a decir una y otra vez lo que ya dijimos en un principio. Esta repetición solo puede llevarnos a dos lugares: o bien a una repetición empobrecedora, con cada vez más monotonía y menos fuerza o bien a la expresión exacta y enriquecida ante la que es necesario parar, para no desembocar en la empobrecida antes mencionada. El editor debe ser capaz de ver ese momento exacto, ese punto en el que la obra ha dicho lo que quiere decir.

Nuestro trabajo como editores es ayudar al lector a “terminar” esa obra que forma parte del ser de su creador, y que por tanto no deja de crecer, de evolucionar con él. Nuestro trabajo como editores es evitar que la palabra exacta se haga pobre por la redundancia.

Cuando una persona escribe un libro, está escribiendo una parte de sí mismo, y esa parte nunca estará conclusa hasta que la persona lo esté. Por eso es el editor el que debe quitar la pluma de la mano escritora, y liberarla así de esa obra que jamás podrá estar acabada.

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