Lo bueno, si breve…

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Cinco. Ese es el número de libros que estoy leyendo de forma más o menos activa desde hace unas semanas. Anteriormente nunca había podido llevar para adelante más de un libro al mismo tiempo, quizá por torpeza o sencillamente porque sabía perfectamente que me harían sentir demasiado abrumado. Pero he ahí la magia del relato corto. El relato corto no abruma, no impone, no castiga. Gracias a él es posible tener un puñado de libros distintos sobre la mesita de noche y coger uno de ellos al azar cada vez que vayamos a meternos en la cama. Qué demonios, gracias al relato corto podemos entrar al baño con ganas de leer algo nuevo y salir saciado… aunque en cierto modo esto dependerá del tránsito intestinal de cada uno, claro.

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Este súbito enamoramiento por el relato corto no es casual. Imagino que no estoy solo cuando digo que llevo años leyendo novelas, muchas de ellas absolutamente apasionantes, encerradas en tomos de entre cuatrocientas y mil doscientas páginas. Y repito, he tenido la suerte de que casi todas las que he leído me han resultado apasionantes. Pero agotan. Y cuando tienes otras aficiones, un trabajo, familia y amigos, resulta complicado ponerse durante treinta horas con un mismo libro. Por ese motivo, casi sin darme cuenta, hace ya varios meses que estoy consumiendo relatos cortos de forma casi exclusiva. Y lo estoy gozando una barbaridad. Lo estoy gozando lo suficiente como para escribir sobre ello.

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Actualmente tengo entre manos las obras completas de H.P. Lovecraft, Robert E. Howard y Edgar Allan Poe; además de los libros de relatos Un Habitante de Carcosa, de Ambrose Bierce; y La Noche de Cagliostro, de José María Latorre. Sí, hay un patrón muy claro ahí. Todos tenemos nuestras filias y nuestras fobias, supongo. Lo importante es que estoy disfrutando con la gran mayoría de los relatos que leo. Y aunque no todas las historias me gustan, lo que suele suceder más a menudo con el trabajo de Lovecraft y Howard, todas se acaban rápido para bien o para mal. Ahora lo único que espero es no malacostumbrarme. Otro par de semanas disfrutando de las mieles de los relatos cortos y sé de buena tinta que me va a costar horrores empezar una historia de quinientas páginas. Al fin y al cabo, lo bueno, si breve, dos veces bueno.

 

Andresito

Le gustan los gatos y el café

CALDEANDO EL AMBIENTE PARA TODOS LOS SANTOS CON GARCÍA MARQUEZ

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Sí, todavía quedan mil años para que llegue el lúgubre día de los muertos, pero como no quiero parecer un disco rallado con esto de “el otoño ha llegado, hace frío y llueve mucho, y los pobres arbolitos sin hojitas se han quedado”, hoy os traigo un relato de nuestro amado, amadísimo Gabriel García Marquez: Espantos de Agosto, obra que, aunque ambientada en una Toscana del mes de agosto, nos va poniendo en situación para esas próximas veladas de historias de miedo que transcurren mientras se asan las castañas en el fuego. Disfrutadlo:

Llegamos a Arezzo un poco antes del medio día, y perdimos más de dos horas buscando el castillo renacentista que el escritor venezolano Miguel Otero Silva había comprado en aquel recodo idílico de la campiña toscana. Era un domingo de principios de agosto, ardiente y bullicioso, y no era fácil encontrar a alguien que supiera algo en las calles abarrotadas de turistas. Al cabo de muchas tentativas inútiles volvimos al automóvil, abandonamos la ciudad por un sendero de cipreses sin indicaciones viales, y una vieja pastora de gansos nos indicó con precisión dónde estaba el castillo. Antes de despedirse nos preguntó si pensábamos dormir allí, y le contestamos, como lo teníamos previsto, que sólo íbamos a almorzar.
– Menos mal –dijo ella– porque en esa casa espantan.
Mi esposa y yo, que no creemos en aparecidos del mediodía, nos burlamos de su credulidad. Pero nuestros dos hijos, de nueve y siete años, se pusieron dichosos con la idea de conocer un fantasma de cuerpo presente.
Miguel Otero Silva, que además de buen escritor era un anfitrión espléndido y un comedor refinado, nos esperaba con un almuerzo de nunca olvidar. Como se nos había hecho tarde no tuvimos tiempo de conocer el interior del castillo antes de sentarnos a la mesa, pero su aspecto desde fuera no tenía nada de pavoroso, y cualquier inquietud se disipaba con la visión completa de la ciudad desde la terraza florida donde estábamos almorzando. Era difícil creer que en aquella colina de casas encaramadas, donde apenas cabían noventa mil personas, hubieran nacido tantos hombres de genio perdurable. Sin embargo, Miguel Otero Silva nos dijo con su humor caribe que ninguno de tantos era el más insigne de Arezzo.
– El más grande –sentenció– fue Ludovico.
Así, sin apellidos: Ludovico, el gran señor de las artes y de la guerra, que había construido aquel castillo de su desgracia, y de quien Miguel nos habló durante todo el almuerzo. Nos habló de su poder inmenso, de su amor contrariado y de su muerte espantosa. Nos contó cómo fue que en un instante de locura del corazón había apuñalado a su dama en el lecho donde acababan de amarse, y luego azuzó contra sí mismo a sus feroces perros de guerra que lo despedazaron a dentelladas. Nos aseguró, muy en serio, que a partir de la media noche el espectro de Ludovico deambulaba por la casa en tinieblas tratando de conseguir el sosiego en su purgatorio de amor.
El castillo, en realidad, era inmenso y sombrío. Pero a pleno día, con el estómago lleno y el corazón contento, el relato de Miguel no podía parecer sino una broma como tantas otras suyas para entretener a sus invitados. Los ochenta y dos cuartos que recorrimos sin asombro después de la siesta, habían padecido toda clase de mudanzas de sus dueños sucesivos. Miguel había restaurado por completo la planta baja y se había hecho construir un dormitorio moderno con suelos de mármol e instalaciones para sauna y cultura física, y la terraza de flores intensas donde habíamos almorzado. La segunda planta, que había sido la más usada en el curso de los siglos, era una sucesión de cuartos sin ningún carácter, con muebles de diferentes épocas abandonados a su suerte. Pero en la última se conservaba una habitación intacta por donde el tiempo se había olvidado de pasar. Era el dormitorio de Ludovico.
Fue un instante mágico. Allí estaba la cama de cortinas bordadas con hilos de oro, y el sobrecama de prodigios de pasamanería todavía acartonado por la sangre seca de la amante sacrificada. Estaba la chimenea con las cenizas heladas y el último leño convertido en piedra, el armario con sus armas bien cebadas, y el retrato al óleo del caballero pensativo en un marco de oro, pintado por alguno de los maestros florentinos que no tuvieron la fortuna de sobrevivir a su tiempo. Sin embargo, lo que más me impresionó fue el olor de fresas recientes que permanecía estancado sin explicación posible en el ámbito del dormitorio.
Los días del verano son largos y parsimoniosos en la Toscana, y el horizonte se mantiene en su sitio hasta las nueve de la noche. Cuando terminamos de conocer el castillo eran más de las cinco, pero Miguel insistió en llevarnos a ver los frescos de Piero della Francesca en la Iglesia de San Francisco, luego nos tomamos un café bien conversado bajo las pérgolas de la plaza, y cuando regresamos para recoger las maletas encontramos la cena servida. De modo que nos quedamos a cenar.
Mientras lo hacíamos, bajo un cielo malva con una sola estrella, los niños prendieron unas antorchas en la cocina, y se fueron a explorar las tinieblas en los pisos altos. Desde la mesa oíamos sus galopes de caballos cerreros por las escaleras, los lamentos de las puertas, los gritos felices llamando a Ludovico en los cuartos tenebrosos. Fue a ellos a quienes se les ocurrió la mala idea de quedarnos a dormir. Miguel Otero Silva los apoyó encantado, y nosotros no tuvimos el valor civil de decirles que no.
Al contrario de lo que yo temía, dormimos muy bien, mi esposa y yo en un dormitorio de la planta baja y mis hijos en el cuarto contiguo. Ambos habían sido modernizados y no tenían nada de tenebrosos. Mientras trataba de conseguir el sueño conté los doce toques insomnes del reloj de péndulo de la sala, y me acordé de la advertencia pavorosa de la pastora de gansos. Pero estábamos tan cansados que nos dormimos muy pronto, en un sueño denso y continuo, y desperté después de las siete con un sol espléndido entre las enredaderas de la ventana. A mi lado, mi esposa navegaba en el mar apacible de los inocentes. “Qué tontería –me dije–, que alguien siga creyendo en fantasmas por estos tiempos”. Sólo entonces me estremeció el olor de fresas recién cortadas, y vi la chimenea con las cenizas frías y el último leño convertido en piedra, y el retrato del caballero triste que nos miraba desde tres siglos antes en el marco de oro. Pues no estábamos en la alcoba de la planta baja donde nos habíamos acostado la noche anterior, sino en el dormitorio de Ludovico, bajo la cornisa y las cortinas polvorientas y las sábanas empapadas de sangre todavía caliente de su cama maldita.