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HUMANOS

Hace unos días me encontraba en la parada del autobús urbano para poder ir a un lugar que no es demasiado importante en esta historia, cuando sucedió algo insólito. Una criatura de más de veinte años y menos de ochenta esperaba, también, mientras devoraba un libro de bolsillo. Sin duda, el personaje era adorablemente extraño porque, si bien todos los que se fueron uniendo a la espera levantaban la cabeza de vez en cuando o la giraban en busca del dichoso panel informativo, nuestro lector no miró por encima de su libro ni una sola vez, absorto en ese mar de letras.
Cuando por fin subimos al vehículo me deslicé como pude entre el gentío con la suerte o coincidencia, llámenlo como prefieran, de que tomé asiento justo enfrente del lector. Debía saber muy bien dónde tenía que bajarse porque parada tras parada no levantó la cabeza ni un ápice; su mirada denotaba la incertidumbre del porvenir, parecía de otro mundo, o mejor, en otro mundo. Va a ser cierto que los libros te dotan con una barrera que repele el alboroto, porque la señora de su izquierda charlaba con la que había a mi lado utilizando un conocido tono que elevaba muy a menudo para dar énfasis a sus palabras, y al lector no parecía importarle.

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Parecía intrigado, y por contagio yo también estaba intrigada, a la vez que embelesada, mientras lo observaba de vez en cuando. De repente, estalló en una sonora carcajada que hizo que las señoras se sorprendieran y lo miraran fijamente. La gente mira —demasiado— fijamente cuando vas en el tren o autobús, y nunca entenderé por qué. La extrañeza que se dibujó en la cara de una de ellas se mezcló con la de curiosidad de la otra, que carraspeó. Imaginé al lector marcando la página lentamente, elevando el rostro, buscando con la mirada a esta última y proclamando: francamente, querida criatura, no me importa lo que piense. Ellas no lo sabían pero el brillo en sus ojos demostraba que se había estado conteniendo para que la carcajada no estuviese seguida de saltos de alegría. La emoción lectora.
Qué sería de nosotros si no tuviéramos la capacidad de leer. Probablemente nuestra vida sería distinta e infinitamente peor. Por eso se agradece encontrar criaturas que, como nosotros, también se sumergen entre las páginas de una historia, y a veces no se pueden contener. Estos también se merecen un Goya al papel protagonista. Ojalá no se pudieran contener nunca, y comenzaran a leer sus fragmentos favoritos a aquel que tienen al lado en el tren, en el autobús, en el parque, en su rincón favorito, en cualquier lugar que se les haya venido a la mente. Tal vez así se sepa de una vez que todo el mundo tiene literatura en su interior, y que esta característica nos hace más humanos. O humanos, sin más, capaces de emocionarnos ante un mundo que siempre, a cada instante, está por descubrir.

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Uno acude a la biblioteca a escoger libros, por supuesto, pero sobre todo va a refugiarse; cuando ha tenido un mal día, el mundo no le gusta, la realidad no es tan bonita como quisiera… La biblioteca sigue ahí, deja que te quedes, sin ser molestado, mientras observas cómo va recibiendo a otras personas, a otros ojos, a otras vidas, a otras lecturas. ¿Y cómo serán cuando entran y cómo luego, al salir? Cuántas manos habrán pasado antes que las tuyas por un mismo libro, que todavía sigue ahí, dispuesto a aguardar, a recoger, a acoger, a proteger a otro lector más.
Estas líneas son sólo un intento de reivindicación de que la literatura nos hace más humanos. Y a veces me paro a contemplar esta cultura de la inmediatez que nos rodea y pienso que no está de más que nos lo recuerden. ¿Qué es el hombre sin sus historias? Todos somos novelistas de nosotros mismos, y a todos, alguna vez, un libro nos ha salvado. La ficción nos ha salvado de la realidad y nos ha hecho percibir, aunque sólo fueran unos instantes, la ilusión de la inmortalidad. Por todo ello, defendamos siempre la alegría de leer, que es, como dice Landero, «tanto como recuperar a cada instante el gusto de vivir».

 

María Baz

Graduada en Filología Hispánica y Máster en estudios Literarios y Teatrales

De curiosidad insaciable y lecturas desordenadas. Sabe que lo que siente al escribir crece si lo comparte.

 

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