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RESEÑA: LA CAJA NEGRA, AMOS OZ.

 

La soledad, el arrepentimiento, la rutina, la incomunicación. Amos Oz lleva a cabo un alarde de su dominio de los diferentes niveles de lenguaje en esta magnífica obra de la que hoy vengo a hablaros y que insto a que leáis durante las vacaciones.

Cada palabra seleccionada en  La caja negra se está ajustando a la ideología e identidad de cada personaje. Así, encontramos el lirismo flotando en un mar de pasivo-agresividad en las cartas de Ilana, la manipulación de los recuerdos, de los hechos, de los pensamientos; la evolución en las respuestas de Alex Gideon, en un primer momento a forma de muro de contención para los sentimientos que, sin poder evitarlo, escapan muy sutilmente desde la primera carta, y luego esa respuesta a Ilana, continuando su tono lírico pero desde la distancia de la ironía y el conocer las habilidades manipulativas de su receptora. Continuando con Boaz, el hijo de Ilana y Alec: un chico que en un primer momento se muestra como un asalvajado. Por otro lado están el marido de Ilana, Michel, y el abogado de Alex. En el caso de Michel, la imagen proyectada por él mismo y la proyectada por su esposa, Ilana, en las cartas de ésta, es muy distinta. Michel se deja ver como un fanático religioso que no duda en aceptar el “sucio dinero” del desgraciado de Alex, mientras que Ilana se lo describe a Alex como un hombre sencillo, sensible, hogareño (tal vez todo ello como forma de proyectar esa pasivo-agresividad tan característica de ella, intentando herir a su ex-marido al contraponerlo con la excesiva bondad de su actual pareja). Por último encontramos las cartas del abogado quien, personalmente, me pareció el personaje más auténtico y más gracioso.
Bajo esta trama tan cuidadosa se ven representados los conflictos que resuenan a nivel sociopolítico en una zona como es Palestina. Por un lado, la relación entre Michel y Alex son representativas de la izquierda y la derecha israelitas. Poco a poco, Michel, el humilde profesor de francés, se da cuenta de las posibilidades que se le ofrecen al aceptar la ayuda financiera que deja caer el ex-marido de su esposa. El dinero acaba corrompiendo tanto a su receptor como a su familia, proceso que Amos Oz describe con gran belleza en la carta que Ilana envía a Alex el 2 de agosto de 1976. La evolución también se hace evidente en Alex quien, si bien en un principio parecía tener un discurso propio, poco a poco va inundando sus cartas de citas bíblicas hasta que en su última carta la única palabra dicha en voz de Michel es “¡Saludos!”.
En esta obra hay voz para todos, representación para todas las concepciones sociopolíticas, dando pie a una polifonía al nivel de las construidas por Dostoievski (por cierto, otro día tengo que hablaros de la representación que se está haciendo en el teatro Valle-Inclán de Los Hermanos Karamázov). La caracterización de los personajes se realiza a través de lo que dicen y cómo lo dicen, y es admirable la capacidad que Amos Oz tiene para desarrollar identidades muy redondas a través del modelo epistolar, sin introducir otro tipo de apoyo narrativo que ayude a definir las características de cada individuo. La diversidad de voces yuxtapuestas conduce a un entramado de la historia muy interesante.

Se trata de una obra magnífica en la que Oz consigue ajustar la novela epistolar a la narrativa de los años 80: la tensión a través de la información explícita e implícita, la exposición gradual del mundo interior de cada personaje, la muestra de los diferentes puntos de vista… Oz revela un dominio magnífico de este género tan difícil de manejar, dando fruto a una obra enormemente satisfactoria. ¡LEEDLA!

 

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