RESEÑA: EL RUIDO Y LA FURIA, WILLIAM FAULKNER.

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Hace poco tuve el gusto de leer por primera vez a William Faulkner. Un miércoles por la tarde de hace unas semanas decidí inmiscuirme en la historia de esa familia venida a menos que es la familia Compson. Cuál fue mi sorpresa al enfrentarme a la primera parte de la novela: Benjamin (o Benjy) (o Maury) es el menor de los hijos de la familia, y sufre una enfermedad mental que su madre asume como motivo de vergüenza y castigo de Dios.

Esta primera parte de la novela es una descripción magistral de lo que ocurre en el interior de la mente del hombre. Faulkner hace un alarde de sus capacidades y experimentos literarios introduciéndose en el funcionamiento de la mente de una persona que sufre de una discapacidad de este tipo. Así, Benjy no es capaz de diferenciar entre los recuerdos que le vienen a la cabeza y lo que está viviendo en el presente. La lectura de esta parte es un maravilloso rompecabezas donde intentamos, yo fallidamente, comprender qué está ocurriendo en esa casa. Pese al desciframiento casi imposible de esta parte, una vez el lector ha acabado de leer la obra y tomamos un poco de perspectiva, resulta ser una de las partes más bellas, tiernas y tristes de toda la narración.

Una belleza similar a nivel narrativo es la que desprende la segunda parte, ésta narrada por el mayor de los hermanos, Quentin. El tiempo cobra una fuerza y relevancia colosal en este momento de la obra: en la mente del personaje no cesa ese “tic-tac” del reloj que se acompasa dentro del bolsillo de Quentin. En esta parte del libro encontré las mismas dificultades y maravillas que encontré en la mencionada anteriormente: Quentin camina por la calle y en su mente se funden los recuerdos de un pasado doloroso con lo que le va aconteciendo a lo largo del paseo. El flujo de conciencia de Quentin, paralelo a los acontecimientos que se suceden en el día de la narración, convierten la lectura de esta parte en un tira y afloja en el que el lector lucha por situarse y no quedar sumergido entre los pensamientos que se agolpan en la mente de esta persona atormentada.

Pero luego llega Jason, y si los fragmentos de Quentin y Benjy me parecieron difíciles de leer, éste, pese a contar con oraciones construidas con sujeto y predicado y con signos de puntuación, me costó infinitamente más: ¡¡¡ODIO A JASON, NO QUIERO SABER NADA DE ÉL!!!. Por cada tres o cuatro páginas que avanzaba, tenía que tomarme dos o tres horas para calmarme y continuar leyendo. Ni siquiera si intentaba tomarme a risa al personaje conseguía querer leer esta parte. Sin duda, si un personaje es capaz de generar este rechazo en el lector es porque está magistralmente construido. Por mucho que me duela decirlo, Jason es un personaje perfecto, de quien Woody Allen debería hacer una película.

Sin duda, esta montaña rusa de sensaciones, perspectivas y juegos narrativos es el fruto de una mente extraordinaria y de una capacidad escritora envidiable. Recomiendo encarecidamente la lectura de esta obra, aunque se necesite de fuerza de voluntad extra y de una motivación por encima de lo normal. La lectura de la obra no se entrega en bandeja al lector, que tiene que introducirse con toda su intuición en la lectura de la obra. Y sin embargo, la sensación que queda impresa en nosotros cuando leemos la última página…

CALDEANDO EL AMBIENTE PARA TODOS LOS SANTOS CON GARCÍA MARQUEZ

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Sí, todavía quedan mil años para que llegue el lúgubre día de los muertos, pero como no quiero parecer un disco rallado con esto de “el otoño ha llegado, hace frío y llueve mucho, y los pobres arbolitos sin hojitas se han quedado”, hoy os traigo un relato de nuestro amado, amadísimo Gabriel García Marquez: Espantos de Agosto, obra que, aunque ambientada en una Toscana del mes de agosto, nos va poniendo en situación para esas próximas veladas de historias de miedo que transcurren mientras se asan las castañas en el fuego. Disfrutadlo:

Llegamos a Arezzo un poco antes del medio día, y perdimos más de dos horas buscando el castillo renacentista que el escritor venezolano Miguel Otero Silva había comprado en aquel recodo idílico de la campiña toscana. Era un domingo de principios de agosto, ardiente y bullicioso, y no era fácil encontrar a alguien que supiera algo en las calles abarrotadas de turistas. Al cabo de muchas tentativas inútiles volvimos al automóvil, abandonamos la ciudad por un sendero de cipreses sin indicaciones viales, y una vieja pastora de gansos nos indicó con precisión dónde estaba el castillo. Antes de despedirse nos preguntó si pensábamos dormir allí, y le contestamos, como lo teníamos previsto, que sólo íbamos a almorzar.
– Menos mal –dijo ella– porque en esa casa espantan.
Mi esposa y yo, que no creemos en aparecidos del mediodía, nos burlamos de su credulidad. Pero nuestros dos hijos, de nueve y siete años, se pusieron dichosos con la idea de conocer un fantasma de cuerpo presente.
Miguel Otero Silva, que además de buen escritor era un anfitrión espléndido y un comedor refinado, nos esperaba con un almuerzo de nunca olvidar. Como se nos había hecho tarde no tuvimos tiempo de conocer el interior del castillo antes de sentarnos a la mesa, pero su aspecto desde fuera no tenía nada de pavoroso, y cualquier inquietud se disipaba con la visión completa de la ciudad desde la terraza florida donde estábamos almorzando. Era difícil creer que en aquella colina de casas encaramadas, donde apenas cabían noventa mil personas, hubieran nacido tantos hombres de genio perdurable. Sin embargo, Miguel Otero Silva nos dijo con su humor caribe que ninguno de tantos era el más insigne de Arezzo.
– El más grande –sentenció– fue Ludovico.
Así, sin apellidos: Ludovico, el gran señor de las artes y de la guerra, que había construido aquel castillo de su desgracia, y de quien Miguel nos habló durante todo el almuerzo. Nos habló de su poder inmenso, de su amor contrariado y de su muerte espantosa. Nos contó cómo fue que en un instante de locura del corazón había apuñalado a su dama en el lecho donde acababan de amarse, y luego azuzó contra sí mismo a sus feroces perros de guerra que lo despedazaron a dentelladas. Nos aseguró, muy en serio, que a partir de la media noche el espectro de Ludovico deambulaba por la casa en tinieblas tratando de conseguir el sosiego en su purgatorio de amor.
El castillo, en realidad, era inmenso y sombrío. Pero a pleno día, con el estómago lleno y el corazón contento, el relato de Miguel no podía parecer sino una broma como tantas otras suyas para entretener a sus invitados. Los ochenta y dos cuartos que recorrimos sin asombro después de la siesta, habían padecido toda clase de mudanzas de sus dueños sucesivos. Miguel había restaurado por completo la planta baja y se había hecho construir un dormitorio moderno con suelos de mármol e instalaciones para sauna y cultura física, y la terraza de flores intensas donde habíamos almorzado. La segunda planta, que había sido la más usada en el curso de los siglos, era una sucesión de cuartos sin ningún carácter, con muebles de diferentes épocas abandonados a su suerte. Pero en la última se conservaba una habitación intacta por donde el tiempo se había olvidado de pasar. Era el dormitorio de Ludovico.
Fue un instante mágico. Allí estaba la cama de cortinas bordadas con hilos de oro, y el sobrecama de prodigios de pasamanería todavía acartonado por la sangre seca de la amante sacrificada. Estaba la chimenea con las cenizas heladas y el último leño convertido en piedra, el armario con sus armas bien cebadas, y el retrato al óleo del caballero pensativo en un marco de oro, pintado por alguno de los maestros florentinos que no tuvieron la fortuna de sobrevivir a su tiempo. Sin embargo, lo que más me impresionó fue el olor de fresas recientes que permanecía estancado sin explicación posible en el ámbito del dormitorio.
Los días del verano son largos y parsimoniosos en la Toscana, y el horizonte se mantiene en su sitio hasta las nueve de la noche. Cuando terminamos de conocer el castillo eran más de las cinco, pero Miguel insistió en llevarnos a ver los frescos de Piero della Francesca en la Iglesia de San Francisco, luego nos tomamos un café bien conversado bajo las pérgolas de la plaza, y cuando regresamos para recoger las maletas encontramos la cena servida. De modo que nos quedamos a cenar.
Mientras lo hacíamos, bajo un cielo malva con una sola estrella, los niños prendieron unas antorchas en la cocina, y se fueron a explorar las tinieblas en los pisos altos. Desde la mesa oíamos sus galopes de caballos cerreros por las escaleras, los lamentos de las puertas, los gritos felices llamando a Ludovico en los cuartos tenebrosos. Fue a ellos a quienes se les ocurrió la mala idea de quedarnos a dormir. Miguel Otero Silva los apoyó encantado, y nosotros no tuvimos el valor civil de decirles que no.
Al contrario de lo que yo temía, dormimos muy bien, mi esposa y yo en un dormitorio de la planta baja y mis hijos en el cuarto contiguo. Ambos habían sido modernizados y no tenían nada de tenebrosos. Mientras trataba de conseguir el sueño conté los doce toques insomnes del reloj de péndulo de la sala, y me acordé de la advertencia pavorosa de la pastora de gansos. Pero estábamos tan cansados que nos dormimos muy pronto, en un sueño denso y continuo, y desperté después de las siete con un sol espléndido entre las enredaderas de la ventana. A mi lado, mi esposa navegaba en el mar apacible de los inocentes. “Qué tontería –me dije–, que alguien siga creyendo en fantasmas por estos tiempos”. Sólo entonces me estremeció el olor de fresas recién cortadas, y vi la chimenea con las cenizas frías y el último leño convertido en piedra, y el retrato del caballero triste que nos miraba desde tres siglos antes en el marco de oro. Pues no estábamos en la alcoba de la planta baja donde nos habíamos acostado la noche anterior, sino en el dormitorio de Ludovico, bajo la cornisa y las cortinas polvorientas y las sábanas empapadas de sangre todavía caliente de su cama maldita.

LAS LIBRERÍAS MÁS BELLAS DEL MUNDO

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El tiempo ha cambiado y, cuando este momento llega, a todos se nos ilumina un saloncito cálido en nuestro cerebro, con estanterías llenas de libros, con la iluminación perfecta y con una aclimatación lo suficientemente contrastada con la exterior como para que nada de ahí fuera nos haga perder de vista a las letras. Tal vez sean cosas mías, pero creo que en general todos los amantes de la literatura podemos afirmar que el frío es el pretexto perfecto para encontrar la comodidad en los refugios literarios. Y esos refugios no siempre tienen que serlo en sentido metafórico: aquí os dejo algunas de las librerías más bonitas del mundo, que pueden servir del perfecto escenario para uno de esos flechazos (literarios) que nunca  se olvidan:

LAS LIBRERÍAS MÁS BELLAS DEL MUNDO

6 LIBROS QUE OS RECOMENDAMOS PARA LA VUELTA DEL VERANO

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A celebración de algunos y a resentimiento de otros, el verano toca a su fin, y este dejarse llevar por agosto y septiembre se ve interrumpido por una agenda que empieza a llenarse de nuevo. Por suerte, en nuestro caso volvemos con una lista de recomendaciones literarias recopilada a lo largo de las vacaciones y de toda la vida: los clásicos nunca pasaron de moda, y a éstos se suman unos cuantos títulos la mar de jugosos:

FRANKENSTEIN, O EL MODERNO PROMETEO, DE MARY SHELLEY

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¿Cómo una niña se convierte en la madre de un monstruo? Todavía nos preguntamos cómo es posible que Mary Shelley, la autora de Frankenstein, o el moderno Prometeo (1818) escribiera este monstruo de la literatura antes de cumplir veinte años. Algunos consideran ésta como la primera obra de ciencia ficción y, como Rosemary Montillo explica en The Lady and Her Monsters, Frankenstein es una de las novelas más tempranas sobre el horror de la modernidad, una manera de confrontar la revolución científica e industrial del momento. A propósito: ¡Frankenstein no es el monstruo, sino el apellido de su creador!.

ECUATORIA, DE PATRICK DEVILLE

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Este viaje al corazón de las tinieblas nos cuenta la historia de los grandes exploradores: Brazza, Stanley, Livingstone, etc. y la sombría realidad de las colonias africanas en el siglo XXI. Haciendo uso de la ficción para dar mayor peso a la realidad, Deville nos muestra la angustiosa situación del África Postcolonial, las empresas humanitarias, las exploraciones y las pequeñas guerras. Para muchos, esta novela sitúa a Deville entre los mejores escritores contemporáneos.

LA ÚLTIMA LLAMADA, DE EMPAR FERNÁNDEZ

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Han transcurrido ya tres años desde que Noemi Monteagudo salió de casa para no volver. La última llamada que intentó hacer desde su teléfono fue a su padre, llamada que no fue atendida. Desde entonces los padres de la chica sobreviven a base de antidepresivos y alcohol, y tan solo su hermana, Yolanda, es capaz de mantener la cordura. Esto será así hasta la aparición en televisión de una medium capaz de contactar con el más allá, hecho que obsesionará a Julio, el padre de la chica. A través de una narración fluida y capciosa, la autora disecciona todos los elementos psicológicos en torno a la desaparición de la joven, situándola en un nuevo paradigma de la novela negra española.

LA REGENTA, DE CLARÍN

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Ana Ozores es todo a lo que una mujer de clase alta puede aspirar: los hombres la anhelan, las mujeres la admiran, a todos les despierta cierto… (vamos a decirlo, que les molesta que sea perfecta), y todos esperan verla convertida en una mujer cualquiera cuando, la Regenta, está muy lejos de serlo. La novela arranca con una frase para nada inocente: “La heroica ciudad dormía la siesta”, y la lectura, lenta y sosegada, está repleta de MOMENTAZOS que, sin embargo, ocurren por lo bajini. Como dijo Oscar Wilde, «Los libros que el mundo llama inmorales son libros que muestran al mundo su propia vergüenza. Eso es todo». Así que, ahuequen sus cojines y… ¡Manos al clásico!.

ESTILO RICO / ESTILO POBRE, DE LUIS MAGRINYÀ

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El editor, traductor y escritor Luis Magrinyá nos ofrece en este libro tan necesario algunos consejos para hablar y escribir mejor y, en resumidas cuentas, para expresarnos con éxito. En este libro encontraremos ejemplos tomados tanto de obras clásicas como contemporáneas de errores de uso o peculiaridades de estilo. En este libro se trasluce la labor profesional de Magrinyá, quien se encarga de la confección de los diccionarios de la RAE. Es por esto que para los interesados en mejorar o corregir su estilo a la hora de hablar o escribir, ésta debe ser una lectura obligatoria (y más fresca de lo que de antemano pueda parecer).

AMOR FOU, DE MARTA SANZ

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La doctora en Filología Marta Sanz encabeza una nueva generación de escritoras tan rica como necesaria. Este libro en concreto ha sido “prohibido” por dos editoriales distintas (RBA y Destino) y diez años después se ha situado en la lista de lecturas imprescindibles de las librerías españolas. En este libro se mete el dedo en la llaga y se clava el punto de mira en esos temas de los que preferimos no hablar, mientras se hace una gran declaración de principios literarios. Éste es un libro de amores: de amores que humillan, de amores que ofenden, de amor como valor de cambio, como una etiqueta de la desigualdad. ¡Y además antes no estaba a nuestro alcance!

UN LIBRO PARA EL VERANO

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Verano de 1963, un joven, que hasta la fecha tan solo conocía el amor de las letras, se inicia en otra clase de amores con una mujer mayor que él.

Luis García Montero nos trae una hermosa historia que versa de algo más que de amor con la que deleitarnos en esas horas de calor en las que esperamos que el sol no esté tan alto para poder salir del refugio hogareño.

Bajo ese hilo argumental ya mencionado que dibuja la trama de la novela, se esconde mucho más que una historia de amor joven: se palpa esa realidad, aún demasiado próxima, de la Guerra Civil española, trasladándonos a una historia muy distinta a la que creíamos haber empezado a leer.

Alguien dice tu nombrela tercera novela de García Montero es, como otros han dicho, una declaración de amor a la literatura, es una novela escrita con inteligencia, con cuidado y con cariño, y un agradable camino por el que pasearse en estas tardes de calor.

CÓMO AFECTA AMAZON A LA FORMA DE ESCRIBIR

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Hace ya unos cuantos años, Kindle se convirtió en una bendición divina para todos aquellos amantes de los libros gigantes pero no tan amantes de tener que acarrearlos. Ahora, Amazon ha decidido premiar a aquellos escritores que se toman el tiempo de escribir esos tochazos.

Hay algo de verdad en eso que suele decirse de que autores como Charles Dickens, con la capacidad de escribir mil páginas del tirón sin despeinarse, escribían como escribían porque se les pagaba por el número de páginas y, fuera bromas, lo cierto es que hoy día esto es exactamente lo que parece estar sucediendo.

Si a esto añadimos el último anuncio de Amazon, podemos estar ante el último capítulo de esa larga historia titulada “Cómo los pagos editorial-autor cambian la forma en que los libros son escritos”.

A partir del 1 de julio, y según su página web, “En respuesta al magnífico feedback que hemos recibido por parte de los autores que pidieron una correspondencia entre el precio y la longitud y cantidad de lectores de una obra”, Amazon va a introducir un nuevo método de pago aplicado a todos aquellos escritores que autopublican sus libros a través del programa Kindle Select. En lugar de una tarifa plana tomada del  Kindle Owners’ Lending Library” o de aquellos libros leídos como parte de “Kindle Unlimited”, los autores cobrarán según el número de páginas que han sido leídas.

Bajo el antiguo sistema de Amazon, los autores cobraban si se había leído el diez por ciento de su libro, lo que incentivaba a escribir libros más cortos, ya que los Tolstoi del mundo necesitaban que se leyeran al menos cien páginas de sus libros mientras que aquellos autores que publicaban obras de unas doscientas páginas estaban servidos con que sus lectores avanzaran tan solo una veintena de ellas. Con el nuevo sistema, a más páginas leídas, más dinero, por lo que los autores que se hayan tomado la molestia de escribir Ana Karenina saldrán ganando económicamente.

Seguramente, no aparecerá un nuevo Fitzgerald o Dickens a través del Kindle Select, pero será interesante ver qué tipo de literatura encuentra el éxito con este nuevo modelo que libera a los autores de la presión de la academia y las casas editoriales tradicionales. Tal vez aparezca un nuevo género literario que aún no se considera “alta literatura” y que en el futuro sea tan rompedor como El Quijote en su época o El Lazarillo de Tormes en la suya.

 

Fuente: http://motherboard.vice.com/read/amazons-about-to-change-how-budding-authors-write

 

 

 

DIARIO DE UNA EDITORA PEZ

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Las redes, las conclusiones de Google analitic y la posición. ¡¿Qué?!
Hemos tenido reunión de equipo. Después de una sesión de revisión de Google analitic y de evolución y posicionamientos de espacios siderales, se ha decidido poner en marcha una sección en el blog de la web de peZsapo en el que iremos contando nuestras experiencias en el mundo editorial.

 

Ante la imposibilidad del no rotundo, me lo he planteado como una especie de terapia contigo. Un momento solos tú y yo, en el que compartir experiencias, errores y aciertos con un interlocutor ausente al que no le pongo cara, pero con el que ya me apetece charlar de mis cosas.
En mis tiempos también había series, claro que sí. Soy de la generación de Sexo en Nueva York y no puedo evitar verme a mí misma con mi portátil, en mi pequeño apartamento, con un tipazo y estilazo impresionantes y con mi pelo largo y rizado puesto de cualquier forma y, eso sí, perfecta. Esta será mi pequeña ilusión literaria a la hora de plantear a los personajes de este espacio de no sé muy bien qué. Ya lo iremos viendo. Tú también te puedes pintar como quieras, para eso sirven estos espacios – no espacios. ¿No?

HABLA LA EDITORA: LA PRESENTACIÓN DE UN LIBRO

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Las presentaciones de libros son un poco mágicas. Además del encuentro con amigos, en la presentación de un libro se produce un trasvase de trabajo, ilusiones, proyectos.

Horas de trabajo del autor, de la editorial, la imprenta, el librero…toda un cadena de valor concentrada en un pequeño objeto que pasa a tus manos para volver a crearse contigo, con tu lectura.

Cuando la presentación es de un autor que inicia su andadura, todo es más intenso si cabe. Los nervios, el pudor a exponerte, de ofrecer una de tus facetas, un espacio que había sido solo tuyo y al que ahora  invitas a tus amigos, a tu familia. La responsabilidad frente a ellos, que ahora son mucho más: son tus lectores.

 

MANUEL VALDERRAMA NOS EXPLICA POR QUÉ MERECE LA PENA ESCRIBIR

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Con motivo de la Feria del Libro, Manuel Valderrama nos habla de la experiencia de escribir y de publicar tu primer libro:

Las Ferias del Libro son, sin duda, una ocasión única para que un escritor establezca contacto directo con los libreros, sus aliados naturales, y los lectores, sus víctimas potenciales. Cuando el autor (o autora, en estos casos no se hace distinción de género) presto a firmar es un perfecto desconocido, muchos paseantes suelen mirar los volúmenes que llenan la caseta guardando una prudencial distancia, por evitar verse en el compromiso de comprar un libro del que no tienen referencia y que, como pasa con cualquier otro antes de empezar a leerlo, no saben si les va a gustar o van a detestar. Lógicamente, prefieren aferrarse a sus escritores de referencia, a sus géneros predilectos, o a títulos bien conocidos, en lugar de embarcarse en una aventura por páginas ignotas que no saben muy bien adonde les conducirán. De hecho, cuando el librero les presenta al cuasi anónimo escritor, en un vano empeño por publicitarlo, algunos te preguntan destemplados de qué va tu novela, escudriñando cualquier punto débil en tu defensa de la obra para salir huyendo en busca de otra caseta en la que no haya un perfecto desconocido dando el coñazo con su libro.
La cosa, claro está, varía si el autor firmante es una celebridad de esas que salen con frecuencia en la televisión, sea como presentador, tertuliano o entrenador de fútbol. En ese caso, al viandante está dispuesto a hacer cola pacientemente y a comprar un ejemplar, que tal vez no lea, con tal de hacerse con la preciada rúbrica. Mientras, uno contempla la escena en soledad o con la compañía caritativa de algún amigo que se ha pasado por la caseta para evitarte el incontestable fracaso de regresar a casa con el bolígrafo sin estrenar.
Por eso es tan reconfortante el momento mágico en el que una persona desconocida se acerca a ojear y hojear tu libro con una sonrisa y te pregunta con interés, más por el mero placer de conversar que de interrogarte, porque hace un rato que tomó la firme decisión de comprar tu novela y darle una oportunidad. Quede impreso mi agradecimiento eterno a todas esas personas que os habéis acercado a El hombre de perfil sin más referencia que vuestra curiosidad. Vosotr@s hacéis que merezca la pena el esfuerzo de escribir.

EL AUTOR Y EL EDITOR

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“Parece que supiésemos algo acerca del arte cuando sentimos la palabra soledad.”

Maurice Blanchot, El espacio literario.

Dice Blanchot que un autor nunca sabe si su obra está terminada. Una obra literaria es, para su autor, un espacio de trabajo infinito, del que nunca es capaz de desprenderse del todo.

En un momento dado, el editor ayuda con el cierre de ese proceso infinito, liberando a su autor de esa infinitud. Sin embargo, todos sabemos que aunque la obra esté publicada, su autor jamás podrá darla por concluida del todo, y la mantendrá viva, desarrollándose, en otra parte.

Para Maurice Blanchot, una obra nunca es algo concluido o sin concluir. Una obra simplemente es. Así, cuando su autor quiere hacerle expresar más de lo que ésta expresa, no podrá expresar nada.

A veces tendemos a obsesionarnos con una idea. Esta obsesión nos obliga a decir una y otra vez lo que ya dijimos en un principio. Esta repetición solo puede llevarnos a dos lugares: o bien a una repetición empobrecedora, con cada vez más monotonía y menos fuerza o bien a la expresión exacta y enriquecida ante la que es necesario parar, para no desembocar en la empobrecida antes mencionada. El editor debe ser capaz de ver ese momento exacto, ese punto en el que la obra ha dicho lo que quiere decir.

Nuestro trabajo como editores es ayudar al lector a “terminar” esa obra que forma parte del ser de su creador, y que por tanto no deja de crecer, de evolucionar con él. Nuestro trabajo como editores es evitar que la palabra exacta se haga pobre por la redundancia.

Cuando una persona escribe un libro, está escribiendo una parte de sí mismo, y esa parte nunca estará conclusa hasta que la persona lo esté. Por eso es el editor el que debe quitar la pluma de la mano escritora, y liberarla así de esa obra que jamás podrá estar acabada.