LECTURA, SEDUCCIÓN Y CULPA

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Últimamente en muchos blogs (como Libros de María Antonieta o Sweet Paranoia) ha ido tomando forma un debate nuevo sobre el consumismo de libros que se ha fomentado los últimos años especialmente en comunidades de lectores online y redes sociales.
A diario estamos sometidos a un bombardeo continuo de publicidad, reseñas y catálogos, por no hablar de las mesas de librerías llenas de flamantes novedades e historias esperando a ser descubiertas. Todas estas tentaciones provocan que compremos libros a un ritmo mucho mayor del que los leemos, porque sí: la carne es débil.

 

Hagamos unos cálculos rápidos. A lo largo de un año, un lector normal, al que llamaremos Antonio, adquiere unos 40 libros al año, una media de 3-4 al mes, incluyendo tanto los que compra como los que le regalan en su cumpleaños, Navidad, aniversarios, etc. Si la estantería de Antonio crece a un ritmo de 40 libros en un año, pero durante este año solo lee alrededor de 30, es evidente que su lista de libros por leer (la famosa TBR, to be read) aumentará a bastante velocidad, y con ella crecerá en él esa sensación tan irremediablemente humana llamada CULPA. Culpa por haber gastado demasiado, culpa por acumular libros sin leer, culpa por no tener nunca ganas de leer ese libro de novecientas páginas, culpa por odiar a ese autor que le regaló su cuñada…libreria-2

 

Pero al mismo tiempo que nuestro querido lector Antonio siente esta culpa, millones de personas sienten otras culpas propias: por no leer nada, por pasarse de parada leyendo, por comprar el libro de segunda mano en vez de primera, por regalar la edición cara en vez de la de bolsillo… Así hasta que la humanidad se acaba ahogando en su propio cargo de conciencia por culpa de los libros.

 

Esta disertación no tiene más intención que reflexionar en tono humorístico sobre la lucha contra nuestros propios deseos como lectores. Existe consumismo en el ámbito literario, por supuesto, y casi todos los lectores pecamos de él. Pero tengamos en cuenta que este consumismo se basa en un bien cultural, un objeto cuyo valor material es mínimo en comparación con su valor inmaterial, y que además provoca que editores, libreros, diseñadores, traductores, etc, puedan seguir creando libros. Lo vemos únicamente como algo negativo para nuestro bolsillo sin darnos cuenta de las consecuencias positivas y oportunidades que esto genera.

 

Si compras el doble de libros de los que lees, de acuerdo, baja el ritmo, aprende a comprar de manera responsable y por gusto, no por impulso. Ahora bien, si compras, como Antonio, unos cuantos más y se te acumulan, no te agobies y búscales un sentido. Guárdalos para leer en otras épocas. Guárdalos para tus hijos, para tus sobrinos. ¿No te caben en casa? Dónalos a bibliotecas o asociaciones, cámbialos en puntos de bookcrossing, véndelos de segunda mano, regálalos a tus amigos. La literatura no tiene talla ni pasa de moda. El consumo sostiene a la industria editorial. El intercambio o el movimiento de libros como regalo favorece a la sociedad y a su cultura. Si los lectores no se dejan seducir por los libros un poco más de la cuenta, ¿quién lo hará?

 

A ratos editora, a ratos traductora, siempre lectora.

HUMANOS

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Hace unos días me encontraba en la parada del autobús urbano para poder ir a un lugar que no es demasiado importante en esta historia, cuando sucedió algo insólito. Una criatura de más de veinte años y menos de ochenta esperaba, también, mientras devoraba un libro de bolsillo. Sin duda, el personaje era adorablemente extraño porque, si bien todos los que se fueron uniendo a la espera levantaban la cabeza de vez en cuando o la giraban en busca del dichoso panel informativo, nuestro lector no miró por encima de su libro ni una sola vez, absorto en ese mar de letras.
Cuando por fin subimos al vehículo me deslicé como pude entre el gentío con la suerte o coincidencia, llámenlo como prefieran, de que tomé asiento justo enfrente del lector. Debía saber muy bien dónde tenía que bajarse porque parada tras parada no levantó la cabeza ni un ápice; su mirada denotaba la incertidumbre del porvenir, parecía de otro mundo, o mejor, en otro mundo. Va a ser cierto que los libros te dotan con una barrera que repele el alboroto, porque la señora de su izquierda charlaba con la que había a mi lado utilizando un conocido tono que elevaba muy a menudo para dar énfasis a sus palabras, y al lector no parecía importarle.

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Parecía intrigado, y por contagio yo también estaba intrigada, a la vez que embelesada, mientras lo observaba de vez en cuando. De repente, estalló en una sonora carcajada que hizo que las señoras se sorprendieran y lo miraran fijamente. La gente mira —demasiado— fijamente cuando vas en el tren o autobús, y nunca entenderé por qué. La extrañeza que se dibujó en la cara de una de ellas se mezcló con la de curiosidad de la otra, que carraspeó. Imaginé al lector marcando la página lentamente, elevando el rostro, buscando con la mirada a esta última y proclamando: francamente, querida criatura, no me importa lo que piense. Ellas no lo sabían pero el brillo en sus ojos demostraba que se había estado conteniendo para que la carcajada no estuviese seguida de saltos de alegría. La emoción lectora.
Qué sería de nosotros si no tuviéramos la capacidad de leer. Probablemente nuestra vida sería distinta e infinitamente peor. Por eso se agradece encontrar criaturas que, como nosotros, también se sumergen entre las páginas de una historia, y a veces no se pueden contener. Estos también se merecen un Goya al papel protagonista. Ojalá no se pudieran contener nunca, y comenzaran a leer sus fragmentos favoritos a aquel que tienen al lado en el tren, en el autobús, en el parque, en su rincón favorito, en cualquier lugar que se les haya venido a la mente. Tal vez así se sepa de una vez que todo el mundo tiene literatura en su interior, y que esta característica nos hace más humanos. O humanos, sin más, capaces de emocionarnos ante un mundo que siempre, a cada instante, está por descubrir.

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Uno acude a la biblioteca a escoger libros, por supuesto, pero sobre todo va a refugiarse; cuando ha tenido un mal día, el mundo no le gusta, la realidad no es tan bonita como quisiera… La biblioteca sigue ahí, deja que te quedes, sin ser molestado, mientras observas cómo va recibiendo a otras personas, a otros ojos, a otras vidas, a otras lecturas. ¿Y cómo serán cuando entran y cómo luego, al salir? Cuántas manos habrán pasado antes que las tuyas por un mismo libro, que todavía sigue ahí, dispuesto a aguardar, a recoger, a acoger, a proteger a otro lector más.
Estas líneas son sólo un intento de reivindicación de que la literatura nos hace más humanos. Y a veces me paro a contemplar esta cultura de la inmediatez que nos rodea y pienso que no está de más que nos lo recuerden. ¿Qué es el hombre sin sus historias? Todos somos novelistas de nosotros mismos, y a todos, alguna vez, un libro nos ha salvado. La ficción nos ha salvado de la realidad y nos ha hecho percibir, aunque sólo fueran unos instantes, la ilusión de la inmortalidad. Por todo ello, defendamos siempre la alegría de leer, que es, como dice Landero, «tanto como recuperar a cada instante el gusto de vivir».

 

María Baz

Graduada en Filología Hispánica y Máster en estudios Literarios y Teatrales

De curiosidad insaciable y lecturas desordenadas. Sabe que lo que siente al escribir crece si lo comparte.

 

Rasgar el velo, una reflexión sobre Un fragmento de vida

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Te encuentras esperando a uno de los últimos trenes por la noche en una de las estaciones más concurridas de la ciudad. El tren está a punto de llegar a la estación, ya notas la vibración por tus adormecidos pies y, entonces, una corriente de aire nauseabundo sale vomitado por el túnel. Ahora crees que aparecerá el mastodonte de acero, pero de las tinieblas del túnel sólo aparece un pequeño gato. Esta experiencia personal podría haber sido descrita por el autor que vamos a tratar hoy, Arthur Machen. Probablemente hubiese dicho que este momento es uno de esos en el que el velo de la apariencia se va rasgando y comenzamos a ver el mundo invisible latente en nuestro alrededor.

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La mayoría de lectores conocerán a Arthur Machen como uno de los principales autores de horror sobrenatural. En cambio, en la novela que vamos a tratar a continuación, Un fragmento de vida, Machen se aparta del terror para centrarse en una bella historia dentro de lo “fantástico cotidiano”.  La novela comienza con un sueño de nuestro protagonista, Edward Darnell, el típico chupatintas que trabaja en la City en el Londres de principios del XX. Establece así una contraposición entre la fantasía, el sueño del principio en el que aparece un hombre barbudo rodeado de una frondosa vegetación y que será recurrente a lo largo de la novela; y la realidad, el monótono transcurso de la vida en pareja de los Darnell. Al igual que esta dicotomía, la novela se puede dividir en dos partes bien diferenciadas. En la primera parte, se nos narra el día a día de esta pareja y los problemas económicos que tienen, concretamente, en qué deben invertir las diez libras sobrantes de una herencia. Esta primera parte de la novela puede parecer aburrida, pero esta idea dista mucho de la realidad, ya que Machen se encarga de describir estas escenas con un gran sentido del humor y llenas de ironía. La segunda parte de la novela es cuando el velo de lo cotidiano comienza a rasgarse  y lo invisible se hace visible. El tono de la historia cambia cuando Darnell le cuenta a su esposa un extraño verano en el que se dedicó a descubrir Londres. Aunque los lugares descritos pudiesen haber existido, la forma de describirlos le otorga un tono casi onírico.

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Que la juventud se vea representada como el momento en el que el ser humano tiene más desarrollada la capacidad de soñar no es nueva, ya que podemos remitirnos a las propias teorías freudianas o citando tal vez a un referente más en la línea de Machen, el propio Lovecraft que en sus relatos dedicados al ciclo onírico de Randolph Carter, en cuyo relato La llave plateada se nos cuenta como Carter pierde la capacidad de soñar a los 30, facultad que recupera en la vejez, estados regresivos que vuelven al principio. Las historias extrañas se suceden, la suegra de la criada se hace pasar por una importante dama de la sociedad, la anciana tía abuela de la señora Darnell cree que su marido se ha hecho anarquista, etc. Todas estas historias convergen hacia el final de la obra en el sueño del principio, ya que Darnell comienza a investigar su árbol genealógico y descubre que pertenece a una antigua estirpe de señores de Gales. Esta oscura parte de la novela nos remite al propio pasado nuestro, como los recuerdos de nuestros antepasados quedan implícitos en nuestro propio ser, es decir, que el personaje del sueño del principio no es otro que un antepasado de Darnell. Lo interesante de Machen es ver la sutileza con la que trata a lo fantástico. Más que mostrar, es insinuar el fantástico, como la percepción de los personajes cambia y descubren que hay una segunda realidad detrás de lo aparente. Resulta interesante observar como en sus relatos de horror sobrenatural mantiene estos postulados ya que detrás de las tragedias acontecidas se encuentran presencias invisibles que desarrollan dicho mal.16507402_1367120869995745_396834836_n

Machen aboga siempre con una vuelta a las raíces, con una vinculación más estrecha con la naturaleza o con la religión. Si ojeamos la biografía de Machen podemos ver como él siempre estuvo vinculado a estos aspectos mágicos debido a su vinculación a diversas sectas como la Golden Dawn. El “velo” que cubre la realidad de Machen está tratado de distinto modo por otros autores de su época, podemos citar el caso de Margaret Oliphant en su novela La ciudad asediada, en la cual el velo lo que cubre no es una realidad fantástica vinculada con los tiempos pretéritos sino con los muertos, con las ánimas que aún viven con nosotros. De Un fragmento de vida también me gustaría destacar el juego de planos de realidad y como se juega entre estos. Para ver algo parecido tal vez habría que remitirse al realismo mágico. Muchas veces el juego de planos de realidad tiene que ver en general más con lo onírico que con lo fantástico como hace Machen. ¿Podemos encontrarnos el concepto de “velo” en la actualidad? La respuesta sí  y el ejemplo más interesante se encuentra en el campo de los videojuegos, concretamente en los juegos de la saga Silent Hill. Tres planos de realidad se intercambian en este juego: 1. El mundo velado, el mundo cotidiano; 2. La realidad de Silent Hill cubierto de una extraña niebla debido a las propias tragedias del pueblo y 3. La realidad pesadilla en la cual la psique del protagonista del juego influye en la forma del propio Silent Hill.16443561_1367123796662119_1730574461_n

Esperamos que este primer artículo os haya servido para despertar vuestro interés en la obra de Arthur Machen, del que Borges dijo: “A Machen los libros le salían mal, le salían muy mal: los escribía a puro estilo”. ¡Hasta otra, caminantes!

 

Duvid.

Graduado en Literatura general y comparada.

Amante de lo grotesco, lo cutre y lo genial.

BUSCAMOS ESCRITORES

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Queridos amigos:

Este verano en editorial peZsapo nos hemos parado a pensar en qué queremos y en qué creemos.

No creemos en las etiquetas ni en las convenciones sociales, pero sí creemos que otro mundo es posible a través de los libros. Queremos construir un catálogo con historias grandes y otras pequeñas sobre personajes fuertes pero también inseguros, descarados, perversos; que viven en ciudades reales o inventadas, que hablan, que respiran y que cometen los mismos errores que todos nosotros.

Por eso hemos decidido lanzar un llamamiento a todos esos autores que sabemos que piensan igual e invitarles a que nos envíen sus novelas para valorar su publicación dentro de nuestra nueva línea. Admitiremos textos durante todo el mes de septiembre.

¡Ah! Y por si cabía duda, en peZsapo no hacemos autoedición ni coedición, sino edición tradicional (dentro de lo poco tradicionales que somos).

¿Quieres publicar con nosotras?

Envía tu manuscrito a comunicacion@pezsapo.com en formato Word y acompañado de una breve presentación.

Lamentablemente solo podemos aceptar autores residentes en España y mayores de 18 años.

Y si no eres escritor pero conoces a alguno, ¡pasa la voz por redes sociales! Si quieres, puedes descargar aquí abajo 3 tarjetas que hemos preparado con mucho cariño.

¡Que la literatura te acompañe!

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REGALOS

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A veces, nuestro trabajo consiste en enviar regalos que la gente se hace a sí misma, muy conscientes de que cuando alguien se compra un libro, se regala tiempo para disfrutar, y por ello nos encanta envolver con cuidado cada pedido, añadirle unos caramelos sugus, un sobrecito de té para que empiecen el libro con buen aroma… y a veces, a cambio, a nosotros nos hacen regalos como el que nos hizo Belén, quien al recibir el recién publicado Diarios de un pasajero en avión, de Ramón Bayés, y descubrir que era un regalo, nos envió un mensaje PRECIOSO, que hoy queremos compartir con vosotros:

“Que todo el pan tenga el sabor de la ternura*” “de vuelta a la vida hecha a mano**”…..eso me ha resonado al ver ese paquete tan maravilloso que habéis mandado…..le he hecho una foto y lo tengo en mi perfil…..porque aunque lo recibo como algo muy personal creo que el mundo se tiene que contagiar de esa forma de cuidar…..esta noche empezaré a leerlo en ese espacio de mí que descubrí al oír a Ramón por primera vez hace unos tres años…..mientras me tomo un té de naranja sintiendo que ha habido algo de magia en este envío, de Gepetto, de duendes, de tierra recién llovida, de luz…..
Un abrazo muy agradecido,

Muchísimas gracias Belén, y a toda la gente que, como tú, impregna las pequeñas cosas de magia, de alegría contagiosa.

 

* Esta frase se la oyó decir Belén a Facundo Cabral

** Esta otra, la leyó en Mujeres que corren con los lobos.

 

EL ESCRITOR

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Hoy os traigo un texto dedicado a nuestros queridos escritores, esos que están ojo avizor con la vida, atentos al más mínimo atisbo de belleza o interés para convertirlo en poderosas palabras. Y ¿quién mejor va a conocer al escritor que los escritores mismos?  el texto que estoy a punto de mostraros se escribió en 1907, en esa brecha del siglo XX que acabaría dando lugar a grandes textos como los de Kafka o Proust, a las vanguardias, a Picasso…  Se trata de uno de esos textos perdidos  que vieron la luz décadas después de haber sido concebidos. Éste en concreto fue encontrado en 2003,  se publicó en Siruela dentro de un libro de fragmentos titulado La habitación del poeta. Nuestro misterioso autor es el bastante poco conocido Robert Walser, quien, como Hölderlin, vio su trayectoria literaria interrumpida al ingresar en el psiquiátrico y que, como Hölderlin, amante de los paseos, dio uno último y largo durante una gran nevada, del que ya nunca volvió. Os dejo con el texto, disfrutadlo:

El escritor escribe sobre lo que siente, oye y ve, o sobre lo que se le ocurre. Tiene por lo general muchas ideas nimias que no puede en absoluto utilizar, hecho que a menudo lo desespera. Por otra parte, a veces tiene infinidad de ideas útiles en la cabeza, pero ocurre que deja su propio capital inactivo porque, o bien no lo encuentra, o bien no tiene cerca a nadie con buenas intenciones que le llame desinteresadamente la atención sobre las riquezas que aún no ha descubierto.
Un buen día, a los periodistas conspicuos se les puede ocurrir animar a uno de estos escritores a que les mande, cuando crea oportuno, una prueba de su arte. En este caso el escritor se sentirá feliz sobremanera, tendrá motivos suficientes para no caber en sí de la alegría, y enseguida se dispondrá a satisfacer con la mayor escrupulosidad posible los deseos que han llamado a su puerta. A tal efecto, se pone en primer lugar la mano en la frente, se coge de los pelos, que suele tener a manta, se pasa el dedo índice ligeramente por la nariz, se la agarra quizás un poquito, se muerde los labios, pone a la vez cara de determinación y de frialdad e indiferencia, limpia la pluma, se sienta en la silla como es debido, frente al antiguo escritorio, suspira y se pone a escribir.
La vida de un escritor como Dios manda tiene siempre sus dos caras: el lado oscuro o los aspectos negativos de la vida, y el lado visible o los aspectos favorables; dos escenarios, un lugar en el que sentarse y otro en el que estar de pie; dos clases: una primera y otra insípida de cuarta. El supuestamente alegre oficio de escritor puede ser muy penoso, en ocasiones muy aburrido, muchas veces incluso peligroso. El hambre y el frío, la sed y la estrechez, las humedades y la sequía han sido siempre, en todas las épocas históricas y de la cultura, fenómenos conocidos en la variada vida de los “héroes de la pluma” y lo seguirán siendo probablemente también en el futuro. Pero no menos sabido es que hay escritores que han ganado fortunas, construido villas palaciegas en las inmediaciones de algún largo y vivido rebosando buen humor.
El escritor como Dios manda es alguien que está al acecho, un cazador, alguien armado con escopeta, que busca y encuentra, una especie, en definitiva, de Ojo de Halcón que vive permanentemente a la caza. Acecha los acontecimientos, persigue las rarezas del mundo, busca lo extraordinario y verdadero, y aguza los oídos cuando cree oír el ruido que anuncia la llegada no precisamente de caballos indios al galope, sino de nuevas sensaciones. Está siempre a punto, siempre dispuesto a atacar por sorpresa. Si llega paseando una belleza inocente y desprevenida, vestida a poder ser como una campesina, el escritor sale de su escondrijo y atraviesa el corazón de la dama, que había salido a pasear sola, con su afilada pluma, impregnada del terrible veneno que es el don de la observación.

No obstante, por lo general entiende también de cosas feas y espantosas y no se arrendra ante el delito típicamente infantil de escribir y compone versos, motivo por el que en rigor se ganó, como es sabido hoy mejor que nunca, unos años de reclusión en un correccional. En todo momento y a la mínima ocasión ha metido su ávida nariz en todo cuanto ha podido, y lo cierto es que no deja de husmear. En eso, precisamente en eso, suele decirse, consiste la noble tarea del escritor aplicado y concienzudo. Siempre tiene abiertas las hojas de la ventana de su nariz, él husmea, olisquea y se cree con el deber de desarrollar la sensibilidad de su buen olfato hasta la más aguda perfección.

Un escritor no lo sabe todo –sólo los dioses, como se sabe, lo saben todo–, pero todo sabe algo, e intuye cosas que ni su majestad el káiser, desde sus alturas, es capaz de vislumbrar. Llegó al mundo con una guía que le indica en todo momento la dirección que debe seguir en sus pensamientos para advertir lo sospechoso y lo casi inconcebible. Se ocupa de todo cuanto hay de interesante y digno de ser aprendido en el mundo, y alberga el firme convencimiento de que es provechoso para él y los demás. Si experimenta, por pequeño que sea, un enriquecimiento interior, se siente obligado a verter al papel este incremento, este plus, sin la menor dilación: no espera ni tres horas. Me gusta su manera de proceder. Indica que es hombre que  que busca el bien a toda costa, un hombre al que le parece inicuo ir acumulando experiencias sin compartir algunas con el resto de los mortales. Es, por consiguiente, lo contrario de un avaro que lo guarda todo para sí.
¿Qué hombre, en este siglo de hedonismo y arribismo, se siente servidor de la humanidad, solícito amigo de los pobres, si no el escritor? Tiene motivos, pues siente que, desde el momento en que sólo pensara en su propio y único provecho, se acabaría su vena creadora. Hay un no sé qué misterioso que lo envuelve siempre y lo obliga a ser un altruista. Se sacrifica, pues ¿para qué vivir si no? Cuando los otros se ríen porque a él se le llenan los ojos de unas lágrimas claras y hermosas, permanece, humilde, en la penumbra, preocupado con la tarea que le susurra al oído: estudia esta alegría, retén en la memoria el sonido de este contento, para que luego, al llegar a casa, puedan describirla y retratarla con palabras.
Al escritor se le suele tildar en vida de personaje ridículo; sea como fuere, es siempre una sombra, está siempre aparte, ajeno al inefable placer de estar en el meollo, placer del cual disfruta el resto de la gente; sólo es importante cuando escribe sin descanso, es decir, a escondidas. Así era, poco más o menos, la escuela en que, entre humillaciones y privaciones de toda clase, aprendió el ejercicio de la modestia. En las relaciones con las mujeres, por ejemplo: hay que ver cómo el escritor, aunque ambiciona mucho y se conmueve por la causa y como servicio está, se ve obligado a recatarse hasta el punto de, a menudo, resultar vergonzoso para su reputación como hombre y ser humano. Ahora empiezo a comprender por qué la gente no vacila en llamar al escritor un “héroe de la pluma”. Es un apelativo trivial, pero verdadero. Todo lo vive para sus adentros, es carretillero, restaurador y camorrista, cantante, zapatero y dama de salón, mendigo, general, aprendiz de banca y bailarina, madre, hijo, padre, estafador, amante y creador. Él es el claro de luna y el murmullo de la fuente, la lluvia y el calor de las calles, la playa y el barco de vela. Es quien pasa hambre y quien se empacha, el fanfarrón y el predicador, el viento y el dinero. Es la moneda de oro sobre el contador cuando escribe: “y ella (una condesa polaca) cuenta el dinero”. Es el rubor en las mejillas de la mujer a la que siente que ama, el odio del mezquino rencoroso; en suma, él es y debe serlo todo. Para él existe una sola religión, un solo sentimiento, una sola manera de concebir el mundo; refugiarse cual amante, con cuidado, en la forma de pensar, en los sentimientos y en la religión de otras personas, si no de todas. Se olvida a sí mismo cada vez que escribe la primera palabra, y cuando ha dado forma a la primera frase no quiere saber nada de sí. Supongo que todo eso habla a su favor.

 

 

LITERATURA vs SERIES

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Como amantes de la literatura, nos sentimos impelidos a defender a capa y espada el mayor valor estético que tiene un buen libro antes que cualquier cosa que pueda salir en la tele. Sin embargo, es bueno admitir que en los últimos años hemos ido tratando con muchos programas absolutamente extraordinarios en comparación a lo que había ido apareciendo ante nosotros hasta ahora. La eclosión y apogeo de una lista de series excelentes (The Wire, Breaking Bad, Mad men, Los Soprano, Juego de Tronos, Girls, Battlestar Galactica…), que disfrutamos desde hace no demasiado, ha propiciado un nuevo modo de ver la televisión. ¿Nos encontramos ante un cambio de paradigma?

En primer lugar, estas series pertenecen a la cultura de masas, como los libros de caballerías o de pastores del siglo XVI, y en segundo lugar, en esa cultura se verifica con mucha más vehemencia ese cambio de mirada, ya que las series de televisión todavía están libres se esa sujeción al canon y la inercia que esto trae consigo, cosa que no ocurre con la literatura, que permanece atrapada en las tendencias del viejo paradigma hasta que la nueva mirada no pasa a formar parte del canon.

Me pregunto cuál será la respuesta preponderante si preguntamos a algún novelista de hoy en qué invierte más tiempo. Estoy casi segura de que la mayoría de ellos confesarán lo inconfesable: que pasan más tiempo viendo series de televisión que leyendo ficción. La necesidad de historias siempre ha estado ahí, pero parece que han empezado a migrar de los libros a los programas de televisión. Los amantes de la literatura amamos las series de televisión, y eso es así porque satisfacen nuestra necesidad de narrativa. Si a esto añadimos esta idea tan de moda de que nuestra capacidad de atención ha disminuido tanto que no podemos concentrarnos en un texto durante demasiado tiempo, parece que el debate está resuelto. La literatura trae consigo ese filtro intelectual que requiere saber leer, saber visualizar, saber meterse en la historia, saber dejar de leer palabras para convertirlas en escenas… Y todo esto ya nos lo trae hecho la televisión. Entre la historia televisada y el espectador, solo media un cuenco de palomitas.

Esta nueva forma de narrar que no se explica como justificación de lo que ocurre al final, como pasaba antes, sino de esa red de causas y efectos que conectan a cada uno de los componentes de la serie encuentra su paralelismos en los poemas, en las obras de Borges, Cortázar, Pynchon.. A los que con esta nueva forma de narrar que viene de la mano de la televisión se les añade un nuevo modelo en el que reflejarnos, una nueva forma de escribir. Cada vez es más común que saber el final de una de estas series no estropee toda la trama anterior, lo mismo que ocurre con un poema: no se estropea si te dicen el final. ¿Estamos ante una nueva forma de literatura? ¿Literatura televisiva? Habrá que esperar a que desaparezcan los orgullos de erudición y exclusividad literarias para darse cuenta de que algo ha cambiado, y que ha empezado una nueva era en el arte de narrar.

El debate sigue abierto: ¿Qué opináis?

RESEÑA: LA CAJA NEGRA, AMOS OZ.

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La soledad, el arrepentimiento, la rutina, la incomunicación. Amos Oz lleva a cabo un alarde de su dominio de los diferentes niveles de lenguaje en esta magnífica obra de la que hoy vengo a hablaros y que insto a que leáis durante las vacaciones.

Cada palabra seleccionada en  La caja negra se está ajustando a la ideología e identidad de cada personaje. Así, encontramos el lirismo flotando en un mar de pasivo-agresividad en las cartas de Ilana, la manipulación de los recuerdos, de los hechos, de los pensamientos; la evolución en las respuestas de Alex Gideon, en un primer momento a forma de muro de contención para los sentimientos que, sin poder evitarlo, escapan muy sutilmente desde la primera carta, y luego esa respuesta a Ilana, continuando su tono lírico pero desde la distancia de la ironía y el conocer las habilidades manipulativas de su receptora. Continuando con Boaz, el hijo de Ilana y Alec: un chico que en un primer momento se muestra como un asalvajado. Por otro lado están el marido de Ilana, Michel, y el abogado de Alex. En el caso de Michel, la imagen proyectada por él mismo y la proyectada por su esposa, Ilana, en las cartas de ésta, es muy distinta. Michel se deja ver como un fanático religioso que no duda en aceptar el “sucio dinero” del desgraciado de Alex, mientras que Ilana se lo describe a Alex como un hombre sencillo, sensible, hogareño (tal vez todo ello como forma de proyectar esa pasivo-agresividad tan característica de ella, intentando herir a su ex-marido al contraponerlo con la excesiva bondad de su actual pareja). Por último encontramos las cartas del abogado quien, personalmente, me pareció el personaje más auténtico y más gracioso.
Bajo esta trama tan cuidadosa se ven representados los conflictos que resuenan a nivel sociopolítico en una zona como es Palestina. Por un lado, la relación entre Michel y Alex son representativas de la izquierda y la derecha israelitas. Poco a poco, Michel, el humilde profesor de francés, se da cuenta de las posibilidades que se le ofrecen al aceptar la ayuda financiera que deja caer el ex-marido de su esposa. El dinero acaba corrompiendo tanto a su receptor como a su familia, proceso que Amos Oz describe con gran belleza en la carta que Ilana envía a Alex el 2 de agosto de 1976. La evolución también se hace evidente en Alex quien, si bien en un principio parecía tener un discurso propio, poco a poco va inundando sus cartas de citas bíblicas hasta que en su última carta la única palabra dicha en voz de Michel es “¡Saludos!”.
En esta obra hay voz para todos, representación para todas las concepciones sociopolíticas, dando pie a una polifonía al nivel de las construidas por Dostoievski (por cierto, otro día tengo que hablaros de la representación que se está haciendo en el teatro Valle-Inclán de Los Hermanos Karamázov). La caracterización de los personajes se realiza a través de lo que dicen y cómo lo dicen, y es admirable la capacidad que Amos Oz tiene para desarrollar identidades muy redondas a través del modelo epistolar, sin introducir otro tipo de apoyo narrativo que ayude a definir las características de cada individuo. La diversidad de voces yuxtapuestas conduce a un entramado de la historia muy interesante.

Se trata de una obra magnífica en la que Oz consigue ajustar la novela epistolar a la narrativa de los años 80: la tensión a través de la información explícita e implícita, la exposición gradual del mundo interior de cada personaje, la muestra de los diferentes puntos de vista… Oz revela un dominio magnífico de este género tan difícil de manejar, dando fruto a una obra enormemente satisfactoria. ¡LEEDLA!

 

PeZsapo conquista la charca de La Libélula

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Esta semana los churreros Kike Cherta y Víctor García Antón volaron sin motor con La Libélula de Juan Suárez en la charca de Radio 3, caminaron en terrenos pantanosos y se abrieron paso entre los juncos para presentar Cuentos como churros, un libro repleto de insólitas historias recién publicado por peZsapo. ¿Quieres saber qué secretos contaron? Puedes hacerlo aquí.

Además, La Libélula quiso dedicar otro programa a la lectura de algunos otros churros, pequeñas ficciones en las voces de Juan Suárez, Carola Alba y Amaya Prieto. ¡Escúchalos!

¡Gracias, Radio 3!

CINCO AUTORES DE CIENCIA FICCIÓN PARA DESCUBRIR ESTAS NAVIDADES

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La literatura de ciencia ficción: género fascinante para unos pocos, literatura de segunda para unos cuantos más. El estudio de la literatura de ciencia ficción ha carecido de interés en el ámbito académico. Seguramente eso se deba a que para muchos, la ciencia ficción se parece al Señor Burns “trayendo la paz”: aliens que brillan en la oscuridad, platillos volantes, rayos láser y extravagantes historias ambientadas en mundos exóticos. Si bien en nuestro país esa fue la única forma de entender la literatura de ciencia ficción hasta bien entrados los años ochenta, hace ya varias décadas que leemos las propuestas de otros países (sobre todo anglosajones) en los que se considera la ciencia ficción como uno de los géneros pertenecientes a la Alta Literatura. Desde entonces, han ido apareciendo en España buenas novelas de ciencia ficción que, por lo general, han sido ignoradas por la academia, convirtiéndose en un género más prejuiciado que conocido.

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El doctor Fernando Ángel Moreno Serrano, amante de la ciencia ficción en todas sus facetas, ha hecho una maravillosa reflexión en torno a la novela de ciencia ficción en España, recopilando una buena cantidad de nuestros principales autores. Nosotros, como buenos seguidores de su trabajo y como recientemente autonombrados activistas literarios, hemos decidido tomar las armas (la espada y la pluma) y proponeros una selección de dichos autores de ciencia ficción en España, y acercaros en pocas palabras a esa reflexión realizada por este brillante profesor en su artículo “Notas para una historia de la ciencia ficción en España” (Dicenda: Cuadernos de filología hispánica, Nº 25, 2007, págs. 125-138).

Aquí van CINCO AUTORES ESPAÑOLES DE CIENCIA FICCIÓN QUE DESCUBRIR ESTAS NAVIDADES:

GABRIEL BERMÚDEZ CASTILLO

Este autor, quizás el más célebre autor de los años setenta de ciencia ficción en nuestro país y conocido por novelas como El señor de la rueda o Viaje a un planeta Wu-Wei, es considerado junto con Salvador Santos el verdadero iniciador del género en España. Su obra tiene un estilo sencillo y muy trabajado. Su punto fuerte: sus personajes, un poco más complejos que aquellos a los que estábamos acostumbrados y, por si fuera poco, con una notable evolución psicológica; una de sus grandes innovaciones será la cotidianeidad de sus personajes, los cuales pueden aparecer tanto en persecuciones y viajes en naves estelares como en sus quehaceres cotidianos. Recordemos que la vida cotidiana del hombre de a pie comienza a cobrar nuevas dimensiones en España desde los nuevos movimientos sociales y políticos de izquierdas que van apareciendo. Pero por encima de todo se encuentra su tendencia a la sátira. No conviene olvidar que España acababa de salir de la dictadura y se encontraba en un momento de aún mucha censura, con una sociedad abierta a la ironía y la sátira en muchos terrenos de la comunicación, no sólo en literatura. No obstante, muchos de sus leit-motivs resultan hoy añejos y no demasiado originales, una vez pasados el franquismo y la transición, y existiendo mayor libertad y mayor tendencia al individualismo.
RAFAEL MARÍN TRECHERA

Rafael Marín escribía en 1982 una de las novelas emblemáticas del género: Lágrimas de luz, de mayor autoexigencia a nivel de discurso formal. Por primera vez, un autor español ya no centra todos sus esfuerzos en el argumento, sino que se plantea con cuidado la poeticidad de la novela, sus personajes, la riqueza del lenguaje… Esta novela se convirtió en el punto de referencia formal y temático para la nueva ciencia ficción española y, por ello, continuamente citada y comentada y puesta como referencia en muchos aspectos en el círculo de aficionados al género. Por otra parte, la idea de la dictadura y de la represión policial y militar propician una fácil lectura contextual respecto a los tiempos que el autor estaba viviendo. Además ofrece diferentes aspectos del género con una estructura de casi literatura picaresca, y con multitud de referencias a la literatura clásica española, desde el Poema de mío Cid hasta La vida es sueño.

EDUARDO VAQUERIZO

Por otro lado, debemos apuntar la existencia de excelentes autores de cuentos (género donde la ciencia ficción española sí ha demostrado su valor). Algunos de ellos empiezan ya a probar suerte con la novela, con resultados tan prometedores como la galardonada Danza de tinieblas, de Eduardo Vaquerizo, uno de nuestros mejores narradores en el género. Vaquerizo combina con su fortaleza narrativa una vasta cultura tanto humanística como científica, la cual se traduce en las magníficas ambientaciones de sus relatos. Por ejemplo, el Madrid alternativo de Danza de tinieblas –un Madrid judío, protestante y poderoso de principios de siglo– parece más real que el nuestro.

JAVIER NEGRETE

Negrete es profesor de griego y tiene una admirable formación en Literatura Clásica, lo que hace de su ciencia ficción un fenómeno singular orientado hacia caminos inexplorados hasta su llegada, no sólo en España, sino mundialmente. Su prosa es ágil, pero cuidada; si bien sus pretensiones no siempre son elevadas, su buen oficio y su interés por el trabajo bien hecho le convierten en una de las mayores promesas del género. Destacan tres novelas cortas muy interesantes y entretenidas: Nox perpetua, Lux Aeterna –una reinterpretación de los mitos griegos desde la ciencia ficción– y Estado crepuscular–pequeña gamberrada que cumple a la perfección con las mínimas pretensiones que promete. Su única novela de ciencia ficción con una extensión considerable sería La mirada de las furias, poco ambiciosa novela de aventuras, pero perfectamente acabada. Quizás sea el escritor más completo de esta generación de los noventa.

TORRENTE BALLESTER

Dejando la guinda para el final,  nos encontramos con uno de los grandes de entre los autores educados fuera del género. Una de las novelas más importantes sería sin duda Quizá nos lleve el viento al infinito, de Torrente Ballester. La (maravillosa) obra ofrece un personaje basado en los robots de Asimov, que adapta el cuerpo y la personalidad de otros seres humanos, dando lugar a interesantes reflexiones en torno a la identidad y las relaciones entre las personas. Las inquietudes  teológicas emparentadas (a nivel imaginativo)  con la narrativa de Philip K. Dick culminan con esta joya relativamente (e injustamente) desconocida, donde la línea cervantina aparece  con meridiana  claridad  bajo  el marco formal  de la novela de espías, surgiendo la inquietante disquisición sobre la memoria, el ser, la conciencia  y el  sentido, relacionándose con las más brillantes fábulas  de la tradición contemporánea:  Borges, Pynchon, K. Dick o Ursula K. Leguin.

Esperamos que este articulito, tal vez más denso de lo habitual, os haya ayudado a acercaros a la novela de ciencia ficción española, y que a partir de esta lectura vayan apareciendo nuevos conversos, amantes del género y defensores de su producción en España.