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HISTORIAS EXTRAORDINARIAS: EDWARD JOHN TRELAWNY

<<Fuimos el grupo de seres humanos más unido y feliz de todo el mundo>>. Edward John Trelawny

No sabía deletrear su apellido, así que se hacía llamar Edward. Además de que era sencillo, irritaba terriblemente a su padre, que prefería llamarle John. Y todo lo que Edward John Trelawny pareció querer de la vida fue irritar a su padre, carnal o simbólico, y huir a todas partes para huir de sí mismo. Y mentir, mentir y mentir. Gloriosamente. Con un afán que sólo se reserva a lo fundamental. Nació en 1792, pero no es posible saber si fue en Cornualles (lo que él mismo afirmaba) o en Londres (lo que parece más probable). Sus problemas con lo real se revelaron pronto, en la escuela: su padre lo había encerrado allí tras cogerlo robando manzanas y después de que Edward (o John) le matase un cuervo. Se esperaba de él que acabase en Oxford y que llevase con honra y dignidad el viejo nombre de la familia. En su lugar, el joven Trelawny se dedicó a predicar la revolución y a pasar más horas siendo azotado o confinado en su habitación que estudiando. Como protesta, optó por pegar a profesores y por incendiar muebles. Fue expulsado. Ya no habría Oxford, ni honra, ni dignidad. Sólo huida.

Poco antes de cumplir los trece años se enrolo a la Marina Real. Una vida en el mar, hecha de viaje y aventura, parecía perfecta. Navegó por todo el globo, combatió en Indonesia y comandó un barco en lucha contra los franceses en las islas Mauricio. Y sin embargo, prefería mentir: contaba prodigiosas historias incluso a sus propios compañeros, inspiradas en vivencias de piratas reales, y los animaba con frecuencia a amotinarse o a desertar. SU animadversión por la Marina no se debía únicamente a que la disciplina naval no encajaba demasiado bien en el espirito de Trelawny, sino que a todos sus camaradas habían llegado a tenientes y él no. En 1812, harto de lo que consideraba un insulto intolerable, decidió hacerse llamar Teniente Trelawny. La Marina Real le invitó a marcharse.

El retorno a la vida familiar se le hizo insoportable, así que se casó. Su mujer era mucho más joven que él, pero hablaba francés, tocaba el piano y sobre todo ambas familias se oponían con ferocidad a este matrimonio. Era, por tanto, el enlace perfecto. Sin embargo, en 1817 descubrió que su esposa le había estado engañando con un capital llamado Coleman. Trelawny pensó en retarle a un duelo, pero en lugar de eso optó por pedir el divorcio y conseguir que su padre le garantizase una pensión mensual de igual cantidad a la que recibían los capitanes. Así, decidió empezar a presentarse como Capitán Edward Trelawny, Marina Real, retirado y huyó a Suiza. En Ginebra, “probablemente el lugar más aburrido de la Tierra”, devoró los libros que no había leído en el colegio, ocupado como estaba en provocar incendios. Leyó con pasión a Shakespeare y a los clásicos griegos y latinos, se aficionó a Byron y, sobre todo, descubrió al poeta Percy Shelley. Jamás había oído hablar de él. Y le fascinó. Tanto como para dejar Suiza e ir  Italia a conocerle en persona.

En 1822, su admirado poeta vivía en Pisa rodeado de un séquito en el que estaban su mujer, Mary Shelley, autora de Frankensteiny Lord Byron. Todos cayeron rendidos ante un sinvergüenza como Trelawny, que hablaba de aventuras en países lejanos, llenas de duelos y romances: a veces les contaba que había dirigido una banda de piratas que se enfrentó al imperio británico. Otras, que se había casado con una princesa árabe que fue envenenada por un rival celoso. Boxeaban, practicaban esgrima, e iban al teatro. Eran inseparables. Hasta que a Shelley se le ocurrió que navegar sería una buena idea. Y hasta que a Trelawny se le ocurrió que la buena idea sería que él, gracias a sus acreditados conocimientos navales, diseñase el barco: seis meses después de haberse conocido, Shelley partía de Livorno a bordo del Don Juan junto con dos ingleses más. No se les volvió a ver con vida. Trelawny, que debería haberles acompañado, se quedó en tierra porque, como cambia esperar, no tenía ningún papel en regla. Movido por la culpa y por su chiflada admiración, decidió organizar un entierro homérico y quemar el cuerpo de Shelley en la playa: la urna diseñada por Trelawny y los litros de vino que vertió sobre el cadáver provocaron que el cráneo de Shelley estallara para horror de los presentes. Byron no pudo soportarlo y desquiciado se echó a andar.

Animado por el hecho de que su familia descubriese su paradero y empezase a enviarle cartas, Trelawny decidió que había que huir de nuevo y acompaño a Byron a defender la independencia griega frente a los turcos. Y allí en Grecia su vida se pareció por primera vez a sus mentiras. Encontró sin embargo un problema en vivir aventuras de verdad: el peligro. Después de la muerte de Byron y de sobrevivir a un atentado, escapó hacia Inglaterra de nuevo. Lo mejor para huir, después de todo, era volver a casa. Allí escribió su autobiografía, Adventures of a Younger Son (1831), que contenía tanta invención que la editorial la publico para su colección de novelas. El libro fue un éxito  pese a que algunos críticos comentaron maliciosamente que habría que perdonar a su autor por la larga lista de asesinatos que afirmaba haber cometido. La notoriedad literaria frenó sus impulsos viajeros y su ánimo provocador y, excepto un viaje por EE UU en el que se dedicó a proclamar su ateísmo a un país que vivía una oleada de éxtasis religioso (afirmó haber leído y entendido El origen de las especies con tan solo ocho años, y eso que la obra de Darwin no se publicó hasta 1859), ya no salió de Inglaterra. Se confino a un pueblecito y llevó durante décadas una vida austera y sobria, lejos de las inflamaciones de su juventud.

Murió en 1881, con 88 años, sobreviviendo a sus compañeros románticos. Antes de fallecer, pidió que sus cenizas fuesen depositadas en Roma, junto a las de Shelley. Su última correspondencia la dedicó a realizar algunas gestiones necesarias con el cementerio. Hubo problemas: Trelawny, además de no saber deletrear su apellido, se equivocaba siempre con la fecha de las cartas.

 

Fuente: Cuaderno Blackie Books vol 2.

Autor: viccarious

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