Rasgar el velo, una reflexión sobre Un fragmento de vida

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Te encuentras esperando a uno de los últimos trenes por la noche en una de las estaciones más concurridas de la ciudad. El tren está a punto de llegar a la estación, ya notas la vibración por tus adormecidos pies y, entonces, una corriente de aire nauseabundo sale vomitado por el túnel. Ahora crees que aparecerá el mastodonte de acero, pero de las tinieblas del túnel sólo aparece un pequeño gato. Esta experiencia personal podría haber sido descrita por el autor que vamos a tratar hoy, Arthur Machen. Probablemente hubiese dicho que este momento es uno de esos en el que el velo de la apariencia se va rasgando y comenzamos a ver el mundo invisible latente en nuestro alrededor.

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La mayoría de lectores conocerán a Arthur Machen como uno de los principales autores de horror sobrenatural. En cambio, en la novela que vamos a tratar a continuación, Un fragmento de vida, Machen se aparta del terror para centrarse en una bella historia dentro de lo “fantástico cotidiano”.  La novela comienza con un sueño de nuestro protagonista, Edward Darnell, el típico chupatintas que trabaja en la City en el Londres de principios del XX. Establece así una contraposición entre la fantasía, el sueño del principio en el que aparece un hombre barbudo rodeado de una frondosa vegetación y que será recurrente a lo largo de la novela; y la realidad, el monótono transcurso de la vida en pareja de los Darnell. Al igual que esta dicotomía, la novela se puede dividir en dos partes bien diferenciadas. En la primera parte, se nos narra el día a día de esta pareja y los problemas económicos que tienen, concretamente, en qué deben invertir las diez libras sobrantes de una herencia. Esta primera parte de la novela puede parecer aburrida, pero esta idea dista mucho de la realidad, ya que Machen se encarga de describir estas escenas con un gran sentido del humor y llenas de ironía. La segunda parte de la novela es cuando el velo de lo cotidiano comienza a rasgarse  y lo invisible se hace visible. El tono de la historia cambia cuando Darnell le cuenta a su esposa un extraño verano en el que se dedicó a descubrir Londres. Aunque los lugares descritos pudiesen haber existido, la forma de describirlos le otorga un tono casi onírico.

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Que la juventud se vea representada como el momento en el que el ser humano tiene más desarrollada la capacidad de soñar no es nueva, ya que podemos remitirnos a las propias teorías freudianas o citando tal vez a un referente más en la línea de Machen, el propio Lovecraft que en sus relatos dedicados al ciclo onírico de Randolph Carter, en cuyo relato La llave plateada se nos cuenta como Carter pierde la capacidad de soñar a los 30, facultad que recupera en la vejez, estados regresivos que vuelven al principio. Las historias extrañas se suceden, la suegra de la criada se hace pasar por una importante dama de la sociedad, la anciana tía abuela de la señora Darnell cree que su marido se ha hecho anarquista, etc. Todas estas historias convergen hacia el final de la obra en el sueño del principio, ya que Darnell comienza a investigar su árbol genealógico y descubre que pertenece a una antigua estirpe de señores de Gales. Esta oscura parte de la novela nos remite al propio pasado nuestro, como los recuerdos de nuestros antepasados quedan implícitos en nuestro propio ser, es decir, que el personaje del sueño del principio no es otro que un antepasado de Darnell. Lo interesante de Machen es ver la sutileza con la que trata a lo fantástico. Más que mostrar, es insinuar el fantástico, como la percepción de los personajes cambia y descubren que hay una segunda realidad detrás de lo aparente. Resulta interesante observar como en sus relatos de horror sobrenatural mantiene estos postulados ya que detrás de las tragedias acontecidas se encuentran presencias invisibles que desarrollan dicho mal.16507402_1367120869995745_396834836_n

Machen aboga siempre con una vuelta a las raíces, con una vinculación más estrecha con la naturaleza o con la religión. Si ojeamos la biografía de Machen podemos ver como él siempre estuvo vinculado a estos aspectos mágicos debido a su vinculación a diversas sectas como la Golden Dawn. El “velo” que cubre la realidad de Machen está tratado de distinto modo por otros autores de su época, podemos citar el caso de Margaret Oliphant en su novela La ciudad asediada, en la cual el velo lo que cubre no es una realidad fantástica vinculada con los tiempos pretéritos sino con los muertos, con las ánimas que aún viven con nosotros. De Un fragmento de vida también me gustaría destacar el juego de planos de realidad y como se juega entre estos. Para ver algo parecido tal vez habría que remitirse al realismo mágico. Muchas veces el juego de planos de realidad tiene que ver en general más con lo onírico que con lo fantástico como hace Machen. ¿Podemos encontrarnos el concepto de “velo” en la actualidad? La respuesta sí  y el ejemplo más interesante se encuentra en el campo de los videojuegos, concretamente en los juegos de la saga Silent Hill. Tres planos de realidad se intercambian en este juego: 1. El mundo velado, el mundo cotidiano; 2. La realidad de Silent Hill cubierto de una extraña niebla debido a las propias tragedias del pueblo y 3. La realidad pesadilla en la cual la psique del protagonista del juego influye en la forma del propio Silent Hill.16443561_1367123796662119_1730574461_n

Esperamos que este primer artículo os haya servido para despertar vuestro interés en la obra de Arthur Machen, del que Borges dijo: “A Machen los libros le salían mal, le salían muy mal: los escribía a puro estilo”. ¡Hasta otra, caminantes!

 

Duvid.

Graduado en Literatura general y comparada.

Amante de lo grotesco, lo cutre y lo genial.

REGALOS

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A veces, nuestro trabajo consiste en enviar regalos que la gente se hace a sí misma, muy conscientes de que cuando alguien se compra un libro, se regala tiempo para disfrutar, y por ello nos encanta envolver con cuidado cada pedido, añadirle unos caramelos sugus, un sobrecito de té para que empiecen el libro con buen aroma… y a veces, a cambio, a nosotros nos hacen regalos como el que nos hizo Belén, quien al recibir el recién publicado Diarios de un pasajero en avión, de Ramón Bayés, y descubrir que era un regalo, nos envió un mensaje PRECIOSO, que hoy queremos compartir con vosotros:

“Que todo el pan tenga el sabor de la ternura*” “de vuelta a la vida hecha a mano**”…..eso me ha resonado al ver ese paquete tan maravilloso que habéis mandado…..le he hecho una foto y lo tengo en mi perfil…..porque aunque lo recibo como algo muy personal creo que el mundo se tiene que contagiar de esa forma de cuidar…..esta noche empezaré a leerlo en ese espacio de mí que descubrí al oír a Ramón por primera vez hace unos tres años…..mientras me tomo un té de naranja sintiendo que ha habido algo de magia en este envío, de Gepetto, de duendes, de tierra recién llovida, de luz…..
Un abrazo muy agradecido,

Muchísimas gracias Belén, y a toda la gente que, como tú, impregna las pequeñas cosas de magia, de alegría contagiosa.

 

* Esta frase se la oyó decir Belén a Facundo Cabral

** Esta otra, la leyó en Mujeres que corren con los lobos.

 

EL ESCRITOR

B The Cart; Snow-Covered Road at Honfieur, with Saint-Simeon Farm. c.1867 Mus_e d'Orsay

Hoy os traigo un texto dedicado a nuestros queridos escritores, esos que están ojo avizor con la vida, atentos al más mínimo atisbo de belleza o interés para convertirlo en poderosas palabras. Y ¿quién mejor va a conocer al escritor que los escritores mismos?  el texto que estoy a punto de mostraros se escribió en 1907, en esa brecha del siglo XX que acabaría dando lugar a grandes textos como los de Kafka o Proust, a las vanguardias, a Picasso…  Se trata de uno de esos textos perdidos  que vieron la luz décadas después de haber sido concebidos. Éste en concreto fue encontrado en 2003,  se publicó en Siruela dentro de un libro de fragmentos titulado La habitación del poeta. Nuestro misterioso autor es el bastante poco conocido Robert Walser, quien, como Hölderlin, vio su trayectoria literaria interrumpida al ingresar en el psiquiátrico y que, como Hölderlin, amante de los paseos, dio uno último y largo durante una gran nevada, del que ya nunca volvió. Os dejo con el texto, disfrutadlo:

El escritor escribe sobre lo que siente, oye y ve, o sobre lo que se le ocurre. Tiene por lo general muchas ideas nimias que no puede en absoluto utilizar, hecho que a menudo lo desespera. Por otra parte, a veces tiene infinidad de ideas útiles en la cabeza, pero ocurre que deja su propio capital inactivo porque, o bien no lo encuentra, o bien no tiene cerca a nadie con buenas intenciones que le llame desinteresadamente la atención sobre las riquezas que aún no ha descubierto.
Un buen día, a los periodistas conspicuos se les puede ocurrir animar a uno de estos escritores a que les mande, cuando crea oportuno, una prueba de su arte. En este caso el escritor se sentirá feliz sobremanera, tendrá motivos suficientes para no caber en sí de la alegría, y enseguida se dispondrá a satisfacer con la mayor escrupulosidad posible los deseos que han llamado a su puerta. A tal efecto, se pone en primer lugar la mano en la frente, se coge de los pelos, que suele tener a manta, se pasa el dedo índice ligeramente por la nariz, se la agarra quizás un poquito, se muerde los labios, pone a la vez cara de determinación y de frialdad e indiferencia, limpia la pluma, se sienta en la silla como es debido, frente al antiguo escritorio, suspira y se pone a escribir.
La vida de un escritor como Dios manda tiene siempre sus dos caras: el lado oscuro o los aspectos negativos de la vida, y el lado visible o los aspectos favorables; dos escenarios, un lugar en el que sentarse y otro en el que estar de pie; dos clases: una primera y otra insípida de cuarta. El supuestamente alegre oficio de escritor puede ser muy penoso, en ocasiones muy aburrido, muchas veces incluso peligroso. El hambre y el frío, la sed y la estrechez, las humedades y la sequía han sido siempre, en todas las épocas históricas y de la cultura, fenómenos conocidos en la variada vida de los “héroes de la pluma” y lo seguirán siendo probablemente también en el futuro. Pero no menos sabido es que hay escritores que han ganado fortunas, construido villas palaciegas en las inmediaciones de algún largo y vivido rebosando buen humor.
El escritor como Dios manda es alguien que está al acecho, un cazador, alguien armado con escopeta, que busca y encuentra, una especie, en definitiva, de Ojo de Halcón que vive permanentemente a la caza. Acecha los acontecimientos, persigue las rarezas del mundo, busca lo extraordinario y verdadero, y aguza los oídos cuando cree oír el ruido que anuncia la llegada no precisamente de caballos indios al galope, sino de nuevas sensaciones. Está siempre a punto, siempre dispuesto a atacar por sorpresa. Si llega paseando una belleza inocente y desprevenida, vestida a poder ser como una campesina, el escritor sale de su escondrijo y atraviesa el corazón de la dama, que había salido a pasear sola, con su afilada pluma, impregnada del terrible veneno que es el don de la observación.

No obstante, por lo general entiende también de cosas feas y espantosas y no se arrendra ante el delito típicamente infantil de escribir y compone versos, motivo por el que en rigor se ganó, como es sabido hoy mejor que nunca, unos años de reclusión en un correccional. En todo momento y a la mínima ocasión ha metido su ávida nariz en todo cuanto ha podido, y lo cierto es que no deja de husmear. En eso, precisamente en eso, suele decirse, consiste la noble tarea del escritor aplicado y concienzudo. Siempre tiene abiertas las hojas de la ventana de su nariz, él husmea, olisquea y se cree con el deber de desarrollar la sensibilidad de su buen olfato hasta la más aguda perfección.

Un escritor no lo sabe todo –sólo los dioses, como se sabe, lo saben todo–, pero todo sabe algo, e intuye cosas que ni su majestad el káiser, desde sus alturas, es capaz de vislumbrar. Llegó al mundo con una guía que le indica en todo momento la dirección que debe seguir en sus pensamientos para advertir lo sospechoso y lo casi inconcebible. Se ocupa de todo cuanto hay de interesante y digno de ser aprendido en el mundo, y alberga el firme convencimiento de que es provechoso para él y los demás. Si experimenta, por pequeño que sea, un enriquecimiento interior, se siente obligado a verter al papel este incremento, este plus, sin la menor dilación: no espera ni tres horas. Me gusta su manera de proceder. Indica que es hombre que  que busca el bien a toda costa, un hombre al que le parece inicuo ir acumulando experiencias sin compartir algunas con el resto de los mortales. Es, por consiguiente, lo contrario de un avaro que lo guarda todo para sí.
¿Qué hombre, en este siglo de hedonismo y arribismo, se siente servidor de la humanidad, solícito amigo de los pobres, si no el escritor? Tiene motivos, pues siente que, desde el momento en que sólo pensara en su propio y único provecho, se acabaría su vena creadora. Hay un no sé qué misterioso que lo envuelve siempre y lo obliga a ser un altruista. Se sacrifica, pues ¿para qué vivir si no? Cuando los otros se ríen porque a él se le llenan los ojos de unas lágrimas claras y hermosas, permanece, humilde, en la penumbra, preocupado con la tarea que le susurra al oído: estudia esta alegría, retén en la memoria el sonido de este contento, para que luego, al llegar a casa, puedan describirla y retratarla con palabras.
Al escritor se le suele tildar en vida de personaje ridículo; sea como fuere, es siempre una sombra, está siempre aparte, ajeno al inefable placer de estar en el meollo, placer del cual disfruta el resto de la gente; sólo es importante cuando escribe sin descanso, es decir, a escondidas. Así era, poco más o menos, la escuela en que, entre humillaciones y privaciones de toda clase, aprendió el ejercicio de la modestia. En las relaciones con las mujeres, por ejemplo: hay que ver cómo el escritor, aunque ambiciona mucho y se conmueve por la causa y como servicio está, se ve obligado a recatarse hasta el punto de, a menudo, resultar vergonzoso para su reputación como hombre y ser humano. Ahora empiezo a comprender por qué la gente no vacila en llamar al escritor un “héroe de la pluma”. Es un apelativo trivial, pero verdadero. Todo lo vive para sus adentros, es carretillero, restaurador y camorrista, cantante, zapatero y dama de salón, mendigo, general, aprendiz de banca y bailarina, madre, hijo, padre, estafador, amante y creador. Él es el claro de luna y el murmullo de la fuente, la lluvia y el calor de las calles, la playa y el barco de vela. Es quien pasa hambre y quien se empacha, el fanfarrón y el predicador, el viento y el dinero. Es la moneda de oro sobre el contador cuando escribe: “y ella (una condesa polaca) cuenta el dinero”. Es el rubor en las mejillas de la mujer a la que siente que ama, el odio del mezquino rencoroso; en suma, él es y debe serlo todo. Para él existe una sola religión, un solo sentimiento, una sola manera de concebir el mundo; refugiarse cual amante, con cuidado, en la forma de pensar, en los sentimientos y en la religión de otras personas, si no de todas. Se olvida a sí mismo cada vez que escribe la primera palabra, y cuando ha dado forma a la primera frase no quiere saber nada de sí. Supongo que todo eso habla a su favor.

 

 

RESEÑA: LA CAJA NEGRA, AMOS OZ.

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La soledad, el arrepentimiento, la rutina, la incomunicación. Amos Oz lleva a cabo un alarde de su dominio de los diferentes niveles de lenguaje en esta magnífica obra de la que hoy vengo a hablaros y que insto a que leáis durante las vacaciones.

Cada palabra seleccionada en  La caja negra se está ajustando a la ideología e identidad de cada personaje. Así, encontramos el lirismo flotando en un mar de pasivo-agresividad en las cartas de Ilana, la manipulación de los recuerdos, de los hechos, de los pensamientos; la evolución en las respuestas de Alex Gideon, en un primer momento a forma de muro de contención para los sentimientos que, sin poder evitarlo, escapan muy sutilmente desde la primera carta, y luego esa respuesta a Ilana, continuando su tono lírico pero desde la distancia de la ironía y el conocer las habilidades manipulativas de su receptora. Continuando con Boaz, el hijo de Ilana y Alec: un chico que en un primer momento se muestra como un asalvajado. Por otro lado están el marido de Ilana, Michel, y el abogado de Alex. En el caso de Michel, la imagen proyectada por él mismo y la proyectada por su esposa, Ilana, en las cartas de ésta, es muy distinta. Michel se deja ver como un fanático religioso que no duda en aceptar el “sucio dinero” del desgraciado de Alex, mientras que Ilana se lo describe a Alex como un hombre sencillo, sensible, hogareño (tal vez todo ello como forma de proyectar esa pasivo-agresividad tan característica de ella, intentando herir a su ex-marido al contraponerlo con la excesiva bondad de su actual pareja). Por último encontramos las cartas del abogado quien, personalmente, me pareció el personaje más auténtico y más gracioso.
Bajo esta trama tan cuidadosa se ven representados los conflictos que resuenan a nivel sociopolítico en una zona como es Palestina. Por un lado, la relación entre Michel y Alex son representativas de la izquierda y la derecha israelitas. Poco a poco, Michel, el humilde profesor de francés, se da cuenta de las posibilidades que se le ofrecen al aceptar la ayuda financiera que deja caer el ex-marido de su esposa. El dinero acaba corrompiendo tanto a su receptor como a su familia, proceso que Amos Oz describe con gran belleza en la carta que Ilana envía a Alex el 2 de agosto de 1976. La evolución también se hace evidente en Alex quien, si bien en un principio parecía tener un discurso propio, poco a poco va inundando sus cartas de citas bíblicas hasta que en su última carta la única palabra dicha en voz de Michel es “¡Saludos!”.
En esta obra hay voz para todos, representación para todas las concepciones sociopolíticas, dando pie a una polifonía al nivel de las construidas por Dostoievski (por cierto, otro día tengo que hablaros de la representación que se está haciendo en el teatro Valle-Inclán de Los Hermanos Karamázov). La caracterización de los personajes se realiza a través de lo que dicen y cómo lo dicen, y es admirable la capacidad que Amos Oz tiene para desarrollar identidades muy redondas a través del modelo epistolar, sin introducir otro tipo de apoyo narrativo que ayude a definir las características de cada individuo. La diversidad de voces yuxtapuestas conduce a un entramado de la historia muy interesante.

Se trata de una obra magnífica en la que Oz consigue ajustar la novela epistolar a la narrativa de los años 80: la tensión a través de la información explícita e implícita, la exposición gradual del mundo interior de cada personaje, la muestra de los diferentes puntos de vista… Oz revela un dominio magnífico de este género tan difícil de manejar, dando fruto a una obra enormemente satisfactoria. ¡LEEDLA!

 

RESEÑA: EL RUIDO Y LA FURIA, WILLIAM FAULKNER.

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Hace poco tuve el gusto de leer por primera vez a William Faulkner. Un miércoles por la tarde de hace unas semanas decidí inmiscuirme en la historia de esa familia venida a menos que es la familia Compson. Cuál fue mi sorpresa al enfrentarme a la primera parte de la novela: Benjamin (o Benjy) (o Maury) es el menor de los hijos de la familia, y sufre una enfermedad mental que su madre asume como motivo de vergüenza y castigo de Dios.

Esta primera parte de la novela es una descripción magistral de lo que ocurre en el interior de la mente del hombre. Faulkner hace un alarde de sus capacidades y experimentos literarios introduciéndose en el funcionamiento de la mente de una persona que sufre de una discapacidad de este tipo. Así, Benjy no es capaz de diferenciar entre los recuerdos que le vienen a la cabeza y lo que está viviendo en el presente. La lectura de esta parte es un maravilloso rompecabezas donde intentamos, yo fallidamente, comprender qué está ocurriendo en esa casa. Pese al desciframiento casi imposible de esta parte, una vez el lector ha acabado de leer la obra y tomamos un poco de perspectiva, resulta ser una de las partes más bellas, tiernas y tristes de toda la narración.

Una belleza similar a nivel narrativo es la que desprende la segunda parte, ésta narrada por el mayor de los hermanos, Quentin. El tiempo cobra una fuerza y relevancia colosal en este momento de la obra: en la mente del personaje no cesa ese “tic-tac” del reloj que se acompasa dentro del bolsillo de Quentin. En esta parte del libro encontré las mismas dificultades y maravillas que encontré en la mencionada anteriormente: Quentin camina por la calle y en su mente se funden los recuerdos de un pasado doloroso con lo que le va aconteciendo a lo largo del paseo. El flujo de conciencia de Quentin, paralelo a los acontecimientos que se suceden en el día de la narración, convierten la lectura de esta parte en un tira y afloja en el que el lector lucha por situarse y no quedar sumergido entre los pensamientos que se agolpan en la mente de esta persona atormentada.

Pero luego llega Jason, y si los fragmentos de Quentin y Benjy me parecieron difíciles de leer, éste, pese a contar con oraciones construidas con sujeto y predicado y con signos de puntuación, me costó infinitamente más: ¡¡¡ODIO A JASON, NO QUIERO SABER NADA DE ÉL!!!. Por cada tres o cuatro páginas que avanzaba, tenía que tomarme dos o tres horas para calmarme y continuar leyendo. Ni siquiera si intentaba tomarme a risa al personaje conseguía querer leer esta parte. Sin duda, si un personaje es capaz de generar este rechazo en el lector es porque está magistralmente construido. Por mucho que me duela decirlo, Jason es un personaje perfecto, de quien Woody Allen debería hacer una película.

Sin duda, esta montaña rusa de sensaciones, perspectivas y juegos narrativos es el fruto de una mente extraordinaria y de una capacidad escritora envidiable. Recomiendo encarecidamente la lectura de esta obra, aunque se necesite de fuerza de voluntad extra y de una motivación por encima de lo normal. La lectura de la obra no se entrega en bandeja al lector, que tiene que introducirse con toda su intuición en la lectura de la obra. Y sin embargo, la sensación que queda impresa en nosotros cuando leemos la última página…