OLBIDO CON B: ¿QUÉ LO HACE UN LIBRO ÚNICO?

portada-olbido

Lector: estás a punto de subirte al tren de Olbido, y de sumergirte en un universo paralelo y onírico que quién sabe dónde puede llevarte, así que llévate un bocadillo, por si las moscas. Un universo original que a veces nos trae ecos de Boris Vian, de Kafka, de Alicia en el País de las Maravillas y alguna película de Michel Gondry. Aunque aquí no hay conejos ni orugas, sino gentes empeñadas en robar los recuerdos ajenos y en freírlos sin el menor miramiento, como si fueran buñuelos o calamares a la romana. También pululan por estas páginas personas capaces de meterse en pijama en un contenedor en busca de un juguete de su infancia, que luego tienen que ser rescatadas por el vendedor de shawarmas y apestan a basura durante un buen rato. Y almas sensibles, capaces de ponerse un anticuado vestido de vuelo y un sombrero Fedora para asistir a la clase de neurología de un profesor manco que habla sobre cómo se almacenan los recuerdos. Y treneros, por supuesto. Treneros benévolos o traicioneros y montañas que se desintegran a medida que las subes. 

¿Somos algo más que la materia claroscura de nuestros recuerdos?

El tren en el que te dispones a viajar es un tren de alta velocidad. La prosa corre que se las pela, se detiene apenas un instante antes de saltar a otra cosa y, poco a poco, aunque te resistas, te va envolviendo en sus redes. Esas redes están hechas de imágenes potentes, una sana alergia a toda retórica, salpicaduras de humor, sutileza y agudas reflexiones a las que no les falta un toque de deliciosa mala leche. Para muestra un botón:

Qué sobrevalorada está la felicidad. Entras en las redes sociales y todo es mira qué bien nos lo pasamos mira qué guapos estamos qué bien me queda esto qué comida más rica qué paisaje. Allí todo desborda, es un derroche de amor, de alegría, de felicidad pura y dura. Qué asco. Lo aborrezco sobremanera.

Además de veloz y algo impertinente, estás ante una prosa de una gran musicalidad. No en vano su autora se desempeña con brillantez desde hace años en el mundo de la poesía.

¿Somos algo más que la materia claroscura de nuestros recuerdos? ¿Qué pasaría entonces si nos metieran en la cabeza recuerdos futuros? ¿Hasta qué punto descarrilarían nuestras vidas si nos quedásemos sin recuerdos? ¿Y por qué a veces nos obstinamos en huir del amor sólo para morirnos de profunda añoranza tres segundos después?

Pero ya me callo, Lector, que los prólogos, cuanto más breves, mejor.

Prólogo de Olbido con B,  escrito por Mercedes Abad

por-que-quieres-leer-olbico-on-b

Olbido con B es una novela de ciencia ficción protagonizada por Olvido, una joven que, tras una ruptura con su pasado, decide volver a la vida que un día tuvo y tratar de reconciliarse con ella. Sin embargo, esto no va a ser una trea fácil, pues el tren en el que viaja para ello no es un “tren al uso”, algo que empezamos a intuir junto a la protagonista desde la primera página.

Durante la lectura de esta obra, nos embarcaremos en un viaje por la conciencia de su protagonista. Descubriremos en ella mujer fuerte, ácida, irónica y con bastante mala leche que se ha revelado contra la vida al uso y ha decidido que conformarse ya no forma parte de sus planes.

¿Por qué quieres leer Olbido con B? 
Quieres leer Olbido con B porque tienes unas ganas increíbles de leer novelas con protagonistas como Olvido: sin estereotipos, sin medias tintas, una mujer infinita, real, sin censuras, que no conoce de esos armarios construidos para ocultar ciertas partes de la mujer.

Por su parte, la narración está construida con un estilo tan ágil que parece que vas a salir volando, pero lo que hace de este libro una obra maestra es la habilidad con la que Laura Sala ha sido capaz de urdir, con la naturalidad de un silbido, la vida interior y la vida exterior de su protagonista, y es que toda la trama de la obra se desarrolla a través del flujo de conciencia de Olvido: el presente es la chispa que enciende todo el mundo interior de una protagonista con un respeto hacia la memoria increíble y con una sensibilidad para percibir el mundo que te dejará los pelos de punta. El universo surrealista y onírico en el que nos sumergimos con la lectura viene tamizado por el hilo de pensamientos de una protagonista natural, inteligente y fascinante que nos hará entrar de lleno en este mundo del olvido y el recuerdo.

¡Contádselo a vuestros amigos! ¡Este año ha llegado al mundo una novela que cambiará el rumbo de la historia!

 



Título: 
Olbido con B
Autora: Laura Sala Belda

Colección: Océano
Número de páginas: 188
ISBN: 978-84-947043-0-7

 

Aún estamos a tiempo

1

Jueves. Clase de bachillerato de un instituto al azar. La profesora informa a los alumnos de que el próximo lunes es la fecha elegida para una prueba de comentario de texto sobre el último libro que se ha visto en clase. Dicho esto, reparte varias fotocopias.

Nada tendría de extraordinaria esta situación si no fuese porque los folios contienen el tema y la estructura de la obra, su resumen pormenorizado y hasta varios ejemplos de comentario crítico. Es entonces cuando un alumno le susurra a otro: oye, ¿has leído ya el libro?

—¿Para qué? —replica su compañero, y señala los folios que les acaban de repartir—. Tenemos esto.8

 

Esta pequeña recreación sucede en muchos centros (más de los que nos creemos). Se les indica a los alumnos cómo deben hacer x e, incluso, se les incita a memorizar párrafos enteros para incluirlos dentro de la reflexión. ¿Estamos locos?

Desde luego, es descorazonador que existan profesores sin vocación, pero aún lo es más que no se promueva la lectura, ni el pensamiento crítico, ni se haga el intento, lo que es más grave. No se trata ya de obligar a nadie a hacer algo (obligar hace odiar), pero tampoco se trata de crear clones automatizados incapaces de expresar su pequeña y propia opinión acerca, en este caso, de un texto.

 

Este ejemplo se puede trasladar, lamentablemente, a muchísimos otros ámbitos y tiene que ver con el deterioro que están sufriendo las humanidades y, sobre todo, el desprestigio. Parece que en la sociedad actual prima la idea de que lo único que importa es triunfar y tener dinero para resolver problemas concretos. Es entonces cuando surgen los ciegos que insisten en que las humanidades no poseen el para que esta sociedad exige.

¿Para qué estudiar algo que no sirve para nada? ¿Para qué ofertar estudios que no darán de comer? ¿Para qué, si sólo interesa a cuatro gatos? Y así es cómo se modifican, recortan y suprimen titulaciones y asignaturas ante nuestros ojos. Lo último ha sido intentar eliminar la filosofía de las aulas. ¿Para qué enseñar a pensar? Es mucho mejor hacer creer a los alumnos que la filosofía son divagaciones de «cuatro locos» o que los lectores son gente aburrida que siempre está encerrada en las bibliotecas.5

Mientras se sucede este menosprecio, provocado en muchos casos por el desconocimiento, la ignorancia o, peor, la  indiferencia, las titulaciones de humanidades están inmersas en una batalla que no debería producirse. Mientras imperan titulaciones inclinadas hacia el mundo predominantemente digital y algunos incitan a otros a cursar grados «con salidas», muchos quieren que lo «clásico» desaparezca en lugar de intentar adaptarlo y encajarlo. Mientras ese menosprecio sucede, nos encontramos con políticos que citan autores que jamás han leído (o los confunden, o se los inventan), a personas que felicitan a escritores por su cumpleaños y tuitean fragmentos de sus libros sin molestarse en leerlos (¡ouch!), o a gente que acude rápidamente a sumarse a la denuncia de un determinado acontecimiento sin preocuparse por averiguar qué está pasando realmente, ni mucho menos por qué.

La literatura no debería ser jamás ningún decorado. La filosofía no debería convertirse jamás en la asignatura que imparten obligatoriamente pero que «no me interesa porque en la PAU voy a optar por prepararme otra». La historia no debería ser tratada como un conjunto de fechas que hay que memorizar. El arte no es sólo admirar la belleza de un cuadro.

No.

Ojalá se fomentara la curiosidad, la mirada, el afán por aprender, por saber. Entonces, siendo poseedores de ese entusiasmo recuperado, ya no tendría sentido preguntarse para qué sirven las humanidades, porque ya se habría comprendido que si sirven para algo es para ser mejores personas, personas que desean dejarse expandir por la belleza de una obra, pero que también necesitan conocer, pensar y sentir sus propias verdades. Y conocerlas más, conocerlas mejor.

1

Nadie puede aprender por nosotros. Nadie puede encontrar una mejor manera de estar en el mundo, excepto nosotros. Si no tenemos motivaciones interiores, ¿para qué queremos los títulos? Si no nos hemos preocupado por propiciar la metamorfosis de nuestro espíritu, ¿qué nos quedará, cuando muramos?

Los profesores, por seguir el ejemplo anterior, deberían no tanto enseñar cosas como enseñar a aprender. A que no basten los datos, los acontecimientos, o las historias, sino más bien importe cómo conocerlas. Cómo ser libres, para que no nos engañen. Cómo ir hilvanando un criterio propio y ser capaces de usarlo, porque, al fin y al cabo, «lo único que no nos pueden arrebatar es el pensamiento».

Por eso es tan importante la educación, desde pequeños. La que derribe muros y prejuicios y fomente hábitos culturales. La que no desmotive, sino que cultive esa curiosidad innata que poseemos, este aliento humanístico. Por eso no se puede llevar tan a la ligera como la llevan algunos. Por eso esta lucha por el futuro de las humanidades sólo se podrá ganar si hay quienes demandan estudiar filosofía, historia o literatura. Si hay quienes se forman en cultura.

Aún estamos a tiempo.

María Baz

Graduada en Filología Hispánica y Máster en estudios Literarios y Teatrales

De curiosidad insaciable y lecturas desordenadas. Sabe que lo que siente al escribir crece si lo comparte.

PLANETARY, a través del laberinto pop.

17101340_1400729456634886_405918696_o

Un hombre contempla su apestoso café en una cafetería en medio de la nada. Viste un traje que otrora fulgiese un blanco cegador. Su rostro raspado por el paso del tiempo se mantiene impasible, sus ojos se reflejan en el ya citado “apestoso café” (tú no lo sabes, pero él imagina que este café está condimentado con orina del chucho de la camarera), su mirada reflejada le deja atrapado en sus pensamientos como en aquella película de un taxista neoyorquino. Esta paz queda perturbada por la entrada de una mujer que parece salida de una película de Alber Pyun. Su cometido es sencillo: desbloquear los recuerdos de nuestro protagonista, Elijah Snow, uno de los hombres del siglo XX. Elijah se encuentra encerrado en el simulacro. Este viaje servirá para romperlo, al igual que la obra de la que hablamos: Planetary.

17125216_1400726293301869_147284069_n

A modo de artefacto (¿no habéis leído Homo Tenuis de Jota Pérez?) Planetary nos plantea un mapa de la cultura popular del siglo XX que nos ayuda a entender el mundo de hoy )al menos en el plano del nivel cultural). En esta era de la información en la que estamos sumergidos, cuesta separarse de las opiniones  de tus amigos y conocidos seleccionados algorítmicamente, y a su vez parece indivisible en este estofado informativo las opiniones de estos grandes gurús y pseudopáginas informativas. Cuidado con diferir de lo establecido, puede que no te guste el sobredimensionamiento de ciertos productos culturales (que es lo que nos mola a nosotros). Mejor cállate porque probablemente seas un Játer o un p… snob cultural. No nos pongamos tan críticos y pasemos a hablar de la obra que tenemos a bien de presentar hoy en el blog de Pezsapo.

17101340_1400729456634886_405918696_o

Planetary es una serie de cómic comprendida en 27 números y 3 números especiales a modo de crossover. La publicación se dilató excesivamente entre 1998 y 2009 ya que la agenda de los dos autores de la obra impidió la publicación regular de esta. A los guiones se encuentra nuestro venerado Warren Ellis, conocido principalmente por sus cómics y novelas gráficas como por ejemplo: Transmetropolitan, Global Frequency, The Authority, Injection, Trees, el volumen tercero de Moon Knight o Nextwave; en su interesante bibliografía encontramos unas cuantas novelas como Camino tortuoso y Ritual de muerte (ambas saldadas en la actualidad) y guiones para series de televisión y videojuegos como Dead Space. A los lápices tenemos a John Cassaday que aunque no sea un dibujante prolífico demuestra gran calidad a los dibujos y de hecho Planetary probablemente sea su obra más redonda.

17101778_1400728273301671_1041178882_n

Como hemos mencionado al principio del artículo, la obra funciona como un puzzle cultural de la historia popular del siglo XX, por lo que la referencialidad de esta obra resulta abrumadora, tanto que podríamos escribir un artículo por cada número analizando estas referencias. Como es de esperar, la gracia de esta serie no reside únicamente en el juego referencial, sino en la propia construcción de la historia. La mente de nuestro protagonista ha sido borrada, el camino es la recuperación de esa memoria. Warren Ellis juega magistralmente con este sistema, ya que el modo de estructuración de la obra se construye de forma fractal, lo que quiere decir que cada número funciona como un compartimento borrado de la memoria de Elijah Snow. Puede que el lector se pierda en este desorden cronológico, pero le aseguramos que al final todo queda perfectamente atado. Elijah Snow (ha vivido cien años y tiene habilidades de congelación) es acompañado por sus dos compañeros: Jakita Wagner (mujer dotada con poderes sobrehumanos como la superfuerza) y El Batería (extraño personaje que puede comunicarse con las máquinas y las redes de información, internet hecho carne) de la agencia Planetary, que se encarga de rescatar arqueológicamente toda la historia oculta de la humanidad. En contraposición tenemos a Los Cuatro, un trasunto maligno de la primera familia creada por Stan Lee en aquellos lejanos años 60. Los Cuatro también están interesados en la historia oculta de la tierra pero no precisamente para salvaguardarla.

17094087_1400729103301588_2141691531_n

Para ir terminando el artículo nos ponemos el sombrero de articulista postmoderno y citaremos brevemente todas las referencias encontradas en la obra, quien sabe, tal vez nuestra jefa en Pezsapo quiera un artículo de cada número de Planetary… Bueno ahí va: los personajes de las revistas pulp antecedentes del superhéroe moderno (Doc savage, Tarzán, La Sombra, Fu-Manchú, etc), La Liga de la Justicia, las películas de Kaijus, el cine criminal hongkonés, los 4 fantásticos, los cómics Vertigo de los 80 (Hellblazer, La cosa del pantano, Sandman…) y el nuevo cómic independiente (Transmetropolitan), los experimentos secretos del área 51 y todas las películas serie b de terror y ciencia ficción de los 50 y 60 norteamericanas, Matrix, James Bond, Nick Furia, La liga de los hombres extraordinarios y la literatura extraña del siglo XIX, Thor, la canción del camino y el poema épico aborigen australiano, las películas de Kung-Fu, los reptilianos, Galactus, la magia, los viajes de LSD, Batman, los mitos de Cthulhu y todos aquellos que se me hayan escapado.

17124419_1400726836635148_2035435015_n

Esperamos que desde este humilde artículo hayamos podido despertar la curiosidad de alguno de vosotros, pensad diferente y recordad…

Es un mundo extraño. Mantengámoslo así.

Duvid.

Graduado en Literatura general y comparada.

Amante de lo grotesco, lo cutre y lo genial.

Lo bueno, si breve…

img_5756

Cinco. Ese es el número de libros que estoy leyendo de forma más o menos activa desde hace unas semanas. Anteriormente nunca había podido llevar para adelante más de un libro al mismo tiempo, quizá por torpeza o sencillamente porque sabía perfectamente que me harían sentir demasiado abrumado. Pero he ahí la magia del relato corto. El relato corto no abruma, no impone, no castiga. Gracias a él es posible tener un puñado de libros distintos sobre la mesita de noche y coger uno de ellos al azar cada vez que vayamos a meternos en la cama. Qué demonios, gracias al relato corto podemos entrar al baño con ganas de leer algo nuevo y salir saciado… aunque en cierto modo esto dependerá del tránsito intestinal de cada uno, claro.

img_5756

Este súbito enamoramiento por el relato corto no es casual. Imagino que no estoy solo cuando digo que llevo años leyendo novelas, muchas de ellas absolutamente apasionantes, encerradas en tomos de entre cuatrocientas y mil doscientas páginas. Y repito, he tenido la suerte de que casi todas las que he leído me han resultado apasionantes. Pero agotan. Y cuando tienes otras aficiones, un trabajo, familia y amigos, resulta complicado ponerse durante treinta horas con un mismo libro. Por ese motivo, casi sin darme cuenta, hace ya varios meses que estoy consumiendo relatos cortos de forma casi exclusiva. Y lo estoy gozando una barbaridad. Lo estoy gozando lo suficiente como para escribir sobre ello.

img_5757

Actualmente tengo entre manos las obras completas de H.P. Lovecraft, Robert E. Howard y Edgar Allan Poe; además de los libros de relatos Un Habitante de Carcosa, de Ambrose Bierce; y La Noche de Cagliostro, de José María Latorre. Sí, hay un patrón muy claro ahí. Todos tenemos nuestras filias y nuestras fobias, supongo. Lo importante es que estoy disfrutando con la gran mayoría de los relatos que leo. Y aunque no todas las historias me gustan, lo que suele suceder más a menudo con el trabajo de Lovecraft y Howard, todas se acaban rápido para bien o para mal. Ahora lo único que espero es no malacostumbrarme. Otro par de semanas disfrutando de las mieles de los relatos cortos y sé de buena tinta que me va a costar horrores empezar una historia de quinientas páginas. Al fin y al cabo, lo bueno, si breve, dos veces bueno.

 

Andresito

Le gustan los gatos y el café

REGALOS

Processed with VSCO with a4 preset

A veces, nuestro trabajo consiste en enviar regalos que la gente se hace a sí misma, muy conscientes de que cuando alguien se compra un libro, se regala tiempo para disfrutar, y por ello nos encanta envolver con cuidado cada pedido, añadirle unos caramelos sugus, un sobrecito de té para que empiecen el libro con buen aroma… y a veces, a cambio, a nosotros nos hacen regalos como el que nos hizo Belén, quien al recibir el recién publicado Diarios de un pasajero en avión, de Ramón Bayés, y descubrir que era un regalo, nos envió un mensaje PRECIOSO, que hoy queremos compartir con vosotros:

“Que todo el pan tenga el sabor de la ternura*” “de vuelta a la vida hecha a mano**”…..eso me ha resonado al ver ese paquete tan maravilloso que habéis mandado…..le he hecho una foto y lo tengo en mi perfil…..porque aunque lo recibo como algo muy personal creo que el mundo se tiene que contagiar de esa forma de cuidar…..esta noche empezaré a leerlo en ese espacio de mí que descubrí al oír a Ramón por primera vez hace unos tres años…..mientras me tomo un té de naranja sintiendo que ha habido algo de magia en este envío, de Gepetto, de duendes, de tierra recién llovida, de luz…..
Un abrazo muy agradecido,

Muchísimas gracias Belén, y a toda la gente que, como tú, impregna las pequeñas cosas de magia, de alegría contagiosa.

 

* Esta frase se la oyó decir Belén a Facundo Cabral

** Esta otra, la leyó en Mujeres que corren con los lobos.

 

EL ESCRITOR

B The Cart; Snow-Covered Road at Honfieur, with Saint-Simeon Farm. c.1867 Mus_e d'Orsay

Hoy os traigo un texto dedicado a nuestros queridos escritores, esos que están ojo avizor con la vida, atentos al más mínimo atisbo de belleza o interés para convertirlo en poderosas palabras. Y ¿quién mejor va a conocer al escritor que los escritores mismos?  el texto que estoy a punto de mostraros se escribió en 1907, en esa brecha del siglo XX que acabaría dando lugar a grandes textos como los de Kafka o Proust, a las vanguardias, a Picasso…  Se trata de uno de esos textos perdidos  que vieron la luz décadas después de haber sido concebidos. Éste en concreto fue encontrado en 2003,  se publicó en Siruela dentro de un libro de fragmentos titulado La habitación del poeta. Nuestro misterioso autor es el bastante poco conocido Robert Walser, quien, como Hölderlin, vio su trayectoria literaria interrumpida al ingresar en el psiquiátrico y que, como Hölderlin, amante de los paseos, dio uno último y largo durante una gran nevada, del que ya nunca volvió. Os dejo con el texto, disfrutadlo:

El escritor escribe sobre lo que siente, oye y ve, o sobre lo que se le ocurre. Tiene por lo general muchas ideas nimias que no puede en absoluto utilizar, hecho que a menudo lo desespera. Por otra parte, a veces tiene infinidad de ideas útiles en la cabeza, pero ocurre que deja su propio capital inactivo porque, o bien no lo encuentra, o bien no tiene cerca a nadie con buenas intenciones que le llame desinteresadamente la atención sobre las riquezas que aún no ha descubierto.
Un buen día, a los periodistas conspicuos se les puede ocurrir animar a uno de estos escritores a que les mande, cuando crea oportuno, una prueba de su arte. En este caso el escritor se sentirá feliz sobremanera, tendrá motivos suficientes para no caber en sí de la alegría, y enseguida se dispondrá a satisfacer con la mayor escrupulosidad posible los deseos que han llamado a su puerta. A tal efecto, se pone en primer lugar la mano en la frente, se coge de los pelos, que suele tener a manta, se pasa el dedo índice ligeramente por la nariz, se la agarra quizás un poquito, se muerde los labios, pone a la vez cara de determinación y de frialdad e indiferencia, limpia la pluma, se sienta en la silla como es debido, frente al antiguo escritorio, suspira y se pone a escribir.
La vida de un escritor como Dios manda tiene siempre sus dos caras: el lado oscuro o los aspectos negativos de la vida, y el lado visible o los aspectos favorables; dos escenarios, un lugar en el que sentarse y otro en el que estar de pie; dos clases: una primera y otra insípida de cuarta. El supuestamente alegre oficio de escritor puede ser muy penoso, en ocasiones muy aburrido, muchas veces incluso peligroso. El hambre y el frío, la sed y la estrechez, las humedades y la sequía han sido siempre, en todas las épocas históricas y de la cultura, fenómenos conocidos en la variada vida de los “héroes de la pluma” y lo seguirán siendo probablemente también en el futuro. Pero no menos sabido es que hay escritores que han ganado fortunas, construido villas palaciegas en las inmediaciones de algún largo y vivido rebosando buen humor.
El escritor como Dios manda es alguien que está al acecho, un cazador, alguien armado con escopeta, que busca y encuentra, una especie, en definitiva, de Ojo de Halcón que vive permanentemente a la caza. Acecha los acontecimientos, persigue las rarezas del mundo, busca lo extraordinario y verdadero, y aguza los oídos cuando cree oír el ruido que anuncia la llegada no precisamente de caballos indios al galope, sino de nuevas sensaciones. Está siempre a punto, siempre dispuesto a atacar por sorpresa. Si llega paseando una belleza inocente y desprevenida, vestida a poder ser como una campesina, el escritor sale de su escondrijo y atraviesa el corazón de la dama, que había salido a pasear sola, con su afilada pluma, impregnada del terrible veneno que es el don de la observación.

No obstante, por lo general entiende también de cosas feas y espantosas y no se arrendra ante el delito típicamente infantil de escribir y compone versos, motivo por el que en rigor se ganó, como es sabido hoy mejor que nunca, unos años de reclusión en un correccional. En todo momento y a la mínima ocasión ha metido su ávida nariz en todo cuanto ha podido, y lo cierto es que no deja de husmear. En eso, precisamente en eso, suele decirse, consiste la noble tarea del escritor aplicado y concienzudo. Siempre tiene abiertas las hojas de la ventana de su nariz, él husmea, olisquea y se cree con el deber de desarrollar la sensibilidad de su buen olfato hasta la más aguda perfección.

Un escritor no lo sabe todo –sólo los dioses, como se sabe, lo saben todo–, pero todo sabe algo, e intuye cosas que ni su majestad el káiser, desde sus alturas, es capaz de vislumbrar. Llegó al mundo con una guía que le indica en todo momento la dirección que debe seguir en sus pensamientos para advertir lo sospechoso y lo casi inconcebible. Se ocupa de todo cuanto hay de interesante y digno de ser aprendido en el mundo, y alberga el firme convencimiento de que es provechoso para él y los demás. Si experimenta, por pequeño que sea, un enriquecimiento interior, se siente obligado a verter al papel este incremento, este plus, sin la menor dilación: no espera ni tres horas. Me gusta su manera de proceder. Indica que es hombre que  que busca el bien a toda costa, un hombre al que le parece inicuo ir acumulando experiencias sin compartir algunas con el resto de los mortales. Es, por consiguiente, lo contrario de un avaro que lo guarda todo para sí.
¿Qué hombre, en este siglo de hedonismo y arribismo, se siente servidor de la humanidad, solícito amigo de los pobres, si no el escritor? Tiene motivos, pues siente que, desde el momento en que sólo pensara en su propio y único provecho, se acabaría su vena creadora. Hay un no sé qué misterioso que lo envuelve siempre y lo obliga a ser un altruista. Se sacrifica, pues ¿para qué vivir si no? Cuando los otros se ríen porque a él se le llenan los ojos de unas lágrimas claras y hermosas, permanece, humilde, en la penumbra, preocupado con la tarea que le susurra al oído: estudia esta alegría, retén en la memoria el sonido de este contento, para que luego, al llegar a casa, puedan describirla y retratarla con palabras.
Al escritor se le suele tildar en vida de personaje ridículo; sea como fuere, es siempre una sombra, está siempre aparte, ajeno al inefable placer de estar en el meollo, placer del cual disfruta el resto de la gente; sólo es importante cuando escribe sin descanso, es decir, a escondidas. Así era, poco más o menos, la escuela en que, entre humillaciones y privaciones de toda clase, aprendió el ejercicio de la modestia. En las relaciones con las mujeres, por ejemplo: hay que ver cómo el escritor, aunque ambiciona mucho y se conmueve por la causa y como servicio está, se ve obligado a recatarse hasta el punto de, a menudo, resultar vergonzoso para su reputación como hombre y ser humano. Ahora empiezo a comprender por qué la gente no vacila en llamar al escritor un “héroe de la pluma”. Es un apelativo trivial, pero verdadero. Todo lo vive para sus adentros, es carretillero, restaurador y camorrista, cantante, zapatero y dama de salón, mendigo, general, aprendiz de banca y bailarina, madre, hijo, padre, estafador, amante y creador. Él es el claro de luna y el murmullo de la fuente, la lluvia y el calor de las calles, la playa y el barco de vela. Es quien pasa hambre y quien se empacha, el fanfarrón y el predicador, el viento y el dinero. Es la moneda de oro sobre el contador cuando escribe: “y ella (una condesa polaca) cuenta el dinero”. Es el rubor en las mejillas de la mujer a la que siente que ama, el odio del mezquino rencoroso; en suma, él es y debe serlo todo. Para él existe una sola religión, un solo sentimiento, una sola manera de concebir el mundo; refugiarse cual amante, con cuidado, en la forma de pensar, en los sentimientos y en la religión de otras personas, si no de todas. Se olvida a sí mismo cada vez que escribe la primera palabra, y cuando ha dado forma a la primera frase no quiere saber nada de sí. Supongo que todo eso habla a su favor.

 

 

LITERATURA vs SERIES

breaking-bad1

Como amantes de la literatura, nos sentimos impelidos a defender a capa y espada el mayor valor estético que tiene un buen libro antes que cualquier cosa que pueda salir en la tele. Sin embargo, es bueno admitir que en los últimos años hemos ido tratando con muchos programas absolutamente extraordinarios en comparación a lo que había ido apareciendo ante nosotros hasta ahora. La eclosión y apogeo de una lista de series excelentes (The Wire, Breaking Bad, Mad men, Los Soprano, Juego de Tronos, Girls, Battlestar Galactica…), que disfrutamos desde hace no demasiado, ha propiciado un nuevo modo de ver la televisión. ¿Nos encontramos ante un cambio de paradigma?

En primer lugar, estas series pertenecen a la cultura de masas, como los libros de caballerías o de pastores del siglo XVI, y en segundo lugar, en esa cultura se verifica con mucha más vehemencia ese cambio de mirada, ya que las series de televisión todavía están libres se esa sujeción al canon y la inercia que esto trae consigo, cosa que no ocurre con la literatura, que permanece atrapada en las tendencias del viejo paradigma hasta que la nueva mirada no pasa a formar parte del canon.

Me pregunto cuál será la respuesta preponderante si preguntamos a algún novelista de hoy en qué invierte más tiempo. Estoy casi segura de que la mayoría de ellos confesarán lo inconfesable: que pasan más tiempo viendo series de televisión que leyendo ficción. La necesidad de historias siempre ha estado ahí, pero parece que han empezado a migrar de los libros a los programas de televisión. Los amantes de la literatura amamos las series de televisión, y eso es así porque satisfacen nuestra necesidad de narrativa. Si a esto añadimos esta idea tan de moda de que nuestra capacidad de atención ha disminuido tanto que no podemos concentrarnos en un texto durante demasiado tiempo, parece que el debate está resuelto. La literatura trae consigo ese filtro intelectual que requiere saber leer, saber visualizar, saber meterse en la historia, saber dejar de leer palabras para convertirlas en escenas… Y todo esto ya nos lo trae hecho la televisión. Entre la historia televisada y el espectador, solo media un cuenco de palomitas.

Esta nueva forma de narrar que no se explica como justificación de lo que ocurre al final, como pasaba antes, sino de esa red de causas y efectos que conectan a cada uno de los componentes de la serie encuentra su paralelismos en los poemas, en las obras de Borges, Cortázar, Pynchon.. A los que con esta nueva forma de narrar que viene de la mano de la televisión se les añade un nuevo modelo en el que reflejarnos, una nueva forma de escribir. Cada vez es más común que saber el final de una de estas series no estropee toda la trama anterior, lo mismo que ocurre con un poema: no se estropea si te dicen el final. ¿Estamos ante una nueva forma de literatura? ¿Literatura televisiva? Habrá que esperar a que desaparezcan los orgullos de erudición y exclusividad literarias para darse cuenta de que algo ha cambiado, y que ha empezado una nueva era en el arte de narrar.

El debate sigue abierto: ¿Qué opináis?

PeZsapo conquista la charca de La Libélula

IMG_0708-cuadrado

Esta semana los churreros Kike Cherta y Víctor García Antón volaron sin motor con La Libélula de Juan Suárez en la charca de Radio 3, caminaron en terrenos pantanosos y se abrieron paso entre los juncos para presentar Cuentos como churros, un libro repleto de insólitas historias recién publicado por peZsapo. ¿Quieres saber qué secretos contaron? Puedes hacerlo aquí.

Además, La Libélula quiso dedicar otro programa a la lectura de algunos otros churros, pequeñas ficciones en las voces de Juan Suárez, Carola Alba y Amaya Prieto. ¡Escúchalos!

¡Gracias, Radio 3!