OS PRESENTAMOS A MANUEL VALDERRAMA

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Manuel Valderrama Donaire, o sea yo mismo. “Me convertí en lector voraz por accidente y en escritor vocacional por confusión. Con doce años sufrí una fractura de fémur, que me tuvo postrado en una cama durante meses. El aburrimiento me empujó al vicio de la lectura, una adicción que, hasta la fecha, he sido incapaz de abandonar. Mis padres, de los que aprendí todo lo que de bueno hay en mí (para lo malo fui autodidacta), alimentaron este vicio.

Mi inclinación a la creación literaria también surgió fruto de un error generacional. En los setenta, triunfaban en EE.UU. (y, por ende, en todo el mundo occidental) Woody Allen y Dustin Hoffman, actores que encarnaban el prototipo de tipos con un escaso atractivo físico que compensaban con sentido del humor y vastos conocimientos culturales que los hacía seductores a los ojos de las mujeres. Esto me llevó a creer que si me mostraba como un chico culto, dotado de un agudo sentido del humor y sensibilidad artística, me convertiría en un donjuán infalible con las mujeres. Llevado por este objetivo, me lancé a escribir poemas arrebatados, aunque no carentes de cierto toque filosófico. Ni qué decir tiene que no fueron de utilidad para el propósito con el que los había creado.

Reflexionando sobre el escaso éxito de mi producción poética, llegué a la conclusión de que el problema radicaba en mi empeño por tratar temas que escapaban a mi escasa experiencia. Si quería que mi obra despertara el interés de los lectores, tenía que hablar sobre aquello que había vivido en carnes propias, lo que conocía de primera mano. No siendo más que un adolescente inexperto, como ya imaginarán, solo se me ocurrió escribir mi Oda a la paja. Ahí nació el escritor que hoy tienen ante sus ojos. Es cierto que he sufrido una indudable evolución en cuanto a la temática. Uno no puede encerrarse en sí mismo de por vida, aunque la esencia de mi ideario creativo latía ya en aquel trabajo de juventud”.

Así nos encontramos, hoy, a un Manuel Valderrama Donaire ligeramente más maduro, pero que mantiene ese gusto tan personal por lo satírico y lo obsceno. Ni su licenciatura en Filología Inglesa, ni su experiencia profesional como profesor e intérprete, ni sus publicaciones en Poplacara, revista digital dedicada a la música independiente, o su colaboración en Cuentos Mínimos, han mitigado ese toque transgresor y gamberro que está presente en su obra.

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