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GEORGE ORWELL ERA DE VERDAD

Si en la preciosa edición que Peter Davinson hizo con el volumen titulado George Orwell: A Life in Letters  no consiguió “de-santificarlo”, al menos nos ofreció un recordatorio de que Orwell el Santo y Vidente fue además un hombre humilde. Un hombre cuyas uñas también estuvieron llenas de tierra cuando trabajaba en el jardín, un hombre al que, seguramente, se le manchó el bigote de espuma al tomar un café cremoso, un hombre cuya cuenta bancaria se quedó sin fondos y cuya salud siempre estuvo comprometida a causa de una tuberculosis que terminó con él a los 46 años.

Nunca está de más recordar que nuestros héroes son además humanos (Orwell habría insistido más que nadie en esto). Él nos habló de nuestra maníaca fabricación de héroes, de nuestra necesidad masoquista de ser conducidos y liderados. Esa es la advertencia real de 1984: el peligro no viene de nuestros supresores, sino de nuestra voluntad ovina de ser suprimidos.

Sin embargo, tras el hombre capaz de crear la distopía por antonomasia, existe una vida que desde muy pronto basó su educación en la realidad de un ser exterior controlador de sus actos.

Desde los 8 hasta los 13 años, Orwell estuvo interno en un colegio en el cual fue obligado a ganar becas y concursos nacionales que aumentasen el prestigio de la institución, bajo la amenaza de que dejaría de ser alimentado, ya que, según el director de dicha escuela “no era justo que después de todo lo que ellos estaban haciendo por el chico, éste estuviera comiendo allí día tras otro sin aportar nada a la escuela”. En un ensayo escrito trece años después sobre su experiencia en el internado y el cual fue titulado Such, Such were the Joys habla de lo difícil que resulta para un niño darse cuenta de que su colegio (y en su caso, también su hogar) es en realidad una entidad comercial.

El miedo y la vergüenza del niño —La mascara fraternal que le ofrecían le recordaba que el rostro que dicha máscara esconde no es el de un padre, sino el de un extraño obligando a un niño para conseguir dinero y poder— alimenta la servil obediencia y la rabia rebelde de 1984.

Orwell es el tipo de escritor cuyo mito a veces puede eclipsar su escritura. Una victima de algo que Jason Diamond llama “el efecto Hemingway”. Pero mientras que Hemingway (cuyo nombre aparece varias veces en las cartas de Orwell) es más mitificado por sus hazañas fuera de la escritura, George Orwell se mantiene vivo como una figura sobrehumana porque jugó un papel fundamental en la forma que tenemos hoy de concebir la política y la sociedad.

Afortunadamente, A Life in Letters nos recuerda que el rememorado autor era, además de un profeta, un ser humano.

 

 

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