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Aún estamos a tiempo

Jueves. Clase de bachillerato de un instituto al azar. La profesora informa a los alumnos de que el próximo lunes es la fecha elegida para una prueba de comentario de texto sobre el último libro que se ha visto en clase. Dicho esto, reparte varias fotocopias.

Nada tendría de extraordinaria esta situación si no fuese porque los folios contienen el tema y la estructura de la obra, su resumen pormenorizado y hasta varios ejemplos de comentario crítico. Es entonces cuando un alumno le susurra a otro: oye, ¿has leído ya el libro?

—¿Para qué? —replica su compañero, y señala los folios que les acaban de repartir—. Tenemos esto.8

 

Esta pequeña recreación sucede en muchos centros (más de los que nos creemos). Se les indica a los alumnos cómo deben hacer x e, incluso, se les incita a memorizar párrafos enteros para incluirlos dentro de la reflexión. ¿Estamos locos?

Desde luego, es descorazonador que existan profesores sin vocación, pero aún lo es más que no se promueva la lectura, ni el pensamiento crítico, ni se haga el intento, lo que es más grave. No se trata ya de obligar a nadie a hacer algo (obligar hace odiar), pero tampoco se trata de crear clones automatizados incapaces de expresar su pequeña y propia opinión acerca, en este caso, de un texto.

 

Este ejemplo se puede trasladar, lamentablemente, a muchísimos otros ámbitos y tiene que ver con el deterioro que están sufriendo las humanidades y, sobre todo, el desprestigio. Parece que en la sociedad actual prima la idea de que lo único que importa es triunfar y tener dinero para resolver problemas concretos. Es entonces cuando surgen los ciegos que insisten en que las humanidades no poseen el para que esta sociedad exige.

¿Para qué estudiar algo que no sirve para nada? ¿Para qué ofertar estudios que no darán de comer? ¿Para qué, si sólo interesa a cuatro gatos? Y así es cómo se modifican, recortan y suprimen titulaciones y asignaturas ante nuestros ojos. Lo último ha sido intentar eliminar la filosofía de las aulas. ¿Para qué enseñar a pensar? Es mucho mejor hacer creer a los alumnos que la filosofía son divagaciones de «cuatro locos» o que los lectores son gente aburrida que siempre está encerrada en las bibliotecas.5

Mientras se sucede este menosprecio, provocado en muchos casos por el desconocimiento, la ignorancia o, peor, la  indiferencia, las titulaciones de humanidades están inmersas en una batalla que no debería producirse. Mientras imperan titulaciones inclinadas hacia el mundo predominantemente digital y algunos incitan a otros a cursar grados «con salidas», muchos quieren que lo «clásico» desaparezca en lugar de intentar adaptarlo y encajarlo. Mientras ese menosprecio sucede, nos encontramos con políticos que citan autores que jamás han leído (o los confunden, o se los inventan), a personas que felicitan a escritores por su cumpleaños y tuitean fragmentos de sus libros sin molestarse en leerlos (¡ouch!), o a gente que acude rápidamente a sumarse a la denuncia de un determinado acontecimiento sin preocuparse por averiguar qué está pasando realmente, ni mucho menos por qué.

La literatura no debería ser jamás ningún decorado. La filosofía no debería convertirse jamás en la asignatura que imparten obligatoriamente pero que «no me interesa porque en la PAU voy a optar por prepararme otra». La historia no debería ser tratada como un conjunto de fechas que hay que memorizar. El arte no es sólo admirar la belleza de un cuadro.

No.

Ojalá se fomentara la curiosidad, la mirada, el afán por aprender, por saber. Entonces, siendo poseedores de ese entusiasmo recuperado, ya no tendría sentido preguntarse para qué sirven las humanidades, porque ya se habría comprendido que si sirven para algo es para ser mejores personas, personas que desean dejarse expandir por la belleza de una obra, pero que también necesitan conocer, pensar y sentir sus propias verdades. Y conocerlas más, conocerlas mejor.

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Nadie puede aprender por nosotros. Nadie puede encontrar una mejor manera de estar en el mundo, excepto nosotros. Si no tenemos motivaciones interiores, ¿para qué queremos los títulos? Si no nos hemos preocupado por propiciar la metamorfosis de nuestro espíritu, ¿qué nos quedará, cuando muramos?

Los profesores, por seguir el ejemplo anterior, deberían no tanto enseñar cosas como enseñar a aprender. A que no basten los datos, los acontecimientos, o las historias, sino más bien importe cómo conocerlas. Cómo ser libres, para que no nos engañen. Cómo ir hilvanando un criterio propio y ser capaces de usarlo, porque, al fin y al cabo, «lo único que no nos pueden arrebatar es el pensamiento».

Por eso es tan importante la educación, desde pequeños. La que derribe muros y prejuicios y fomente hábitos culturales. La que no desmotive, sino que cultive esa curiosidad innata que poseemos, este aliento humanístico. Por eso no se puede llevar tan a la ligera como la llevan algunos. Por eso esta lucha por el futuro de las humanidades sólo se podrá ganar si hay quienes demandan estudiar filosofía, historia o literatura. Si hay quienes se forman en cultura.

Aún estamos a tiempo.

María Baz

Graduada en Filología Hispánica y Máster en estudios Literarios y Teatrales

De curiosidad insaciable y lecturas desordenadas. Sabe que lo que siente al escribir crece si lo comparte.

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