Editores Borrachos en La Central

editores-borrachos-la-centralLos editores adquieren el protagonismo en la segunda edición de Editores Borrachos (II), una nueva entrega del ciclo celebrado en La Central de Callao en 2015 y que debe su nombre a la célebre intervención de Fernando Arrabal en la televisión pública en los ochenta donde aseguraba que el mineralismo iba a llegar.

La Central ha reunido a un total de ocho editoras y editores para contar su particular visión del mundo de los libros actual, “desde las editoriales que pelean con los más grandes (pero con menos armas) hasta las que han emprendido proyectos románticos y decididamente suicidas”.

Las jornadas comenzaron el 14 de marzo y se celebran todos los martes a las 19:00 en el sótano de esta librería de referencia, célebre por su amplísima oferta de literatura independiente. Alberto Haj-Saleh, fundador de la Asociación Cultural HUL (responsable de la feria del libro independiente “¡Hostia un libro!”) es el encargado de coordinar estas interesantes charlas entre compañeros de guerrilla.

La primera jornada tuvo como protagonistas a las editoras de peZsapo y :Rata_, dos editoriales jóvenes (:Rata_ con tan solo unos meses de edad) que presentan dos catálogos muy diferentes con muchos puntos en común: la calidad de sus publicaciones, la especialización de su público objetivo y la búsqueda del posicionamiento en la industria editorial actual.

Durante la charla pudimos escuchar numerosas anécdotas y más de un secreto sobre el mundo de la edición independiente. ¿Cómo se levanta una editorial desde cero? ¿Cuál es el margen económico que tiene un editor en cada publicación que saca? ¿Cuál es la tirada media más habitual? Las respuestas a estas preguntas, casi siempre “serpenteadas” por las editoras, al final acabaron desembocando en varios debates sobre las cambiantes condiciones de la industria y la intrepidez de la editora en cada momento. Uno de los factores más importantes es la distribución, pero también lo es el tipo de libros publicados y el lector objetivo (literatura joven adulta en el caso de peZsapo, literatura adulta y subversiva en el caso de :Rata_).

Dos voces guerrilleras complementarias que pusieron en relieve el panorama de incertidumbre al que se enfrentan los editores en la actualidad, siempre impulsados por el romanticismo y un estado de innovación permanente que mantiene vivo al libro y lo reinventa cada día.

¡No os perdáis el resto de jornadas que quedan por celebrarse! El 28 de marzo con los editores de Periférica y Sexto Piso, y el 4 de abril con los de Dibbuks y Tik Tok.

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Foto de @alvadrv

A ratos editora, a ratos traductora, siempre lectora.

Aún estamos a tiempo

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Jueves. Clase de bachillerato de un instituto al azar. La profesora informa a los alumnos de que el próximo lunes es la fecha elegida para una prueba de comentario de texto sobre el último libro que se ha visto en clase. Dicho esto, reparte varias fotocopias.

Nada tendría de extraordinaria esta situación si no fuese porque los folios contienen el tema y la estructura de la obra, su resumen pormenorizado y hasta varios ejemplos de comentario crítico. Es entonces cuando un alumno le susurra a otro: oye, ¿has leído ya el libro?

—¿Para qué? —replica su compañero, y señala los folios que les acaban de repartir—. Tenemos esto.8

 

Esta pequeña recreación sucede en muchos centros (más de los que nos creemos). Se les indica a los alumnos cómo deben hacer x e, incluso, se les incita a memorizar párrafos enteros para incluirlos dentro de la reflexión. ¿Estamos locos?

Desde luego, es descorazonador que existan profesores sin vocación, pero aún lo es más que no se promueva la lectura, ni el pensamiento crítico, ni se haga el intento, lo que es más grave. No se trata ya de obligar a nadie a hacer algo (obligar hace odiar), pero tampoco se trata de crear clones automatizados incapaces de expresar su pequeña y propia opinión acerca, en este caso, de un texto.

 

Este ejemplo se puede trasladar, lamentablemente, a muchísimos otros ámbitos y tiene que ver con el deterioro que están sufriendo las humanidades y, sobre todo, el desprestigio. Parece que en la sociedad actual prima la idea de que lo único que importa es triunfar y tener dinero para resolver problemas concretos. Es entonces cuando surgen los ciegos que insisten en que las humanidades no poseen el para que esta sociedad exige.

¿Para qué estudiar algo que no sirve para nada? ¿Para qué ofertar estudios que no darán de comer? ¿Para qué, si sólo interesa a cuatro gatos? Y así es cómo se modifican, recortan y suprimen titulaciones y asignaturas ante nuestros ojos. Lo último ha sido intentar eliminar la filosofía de las aulas. ¿Para qué enseñar a pensar? Es mucho mejor hacer creer a los alumnos que la filosofía son divagaciones de «cuatro locos» o que los lectores son gente aburrida que siempre está encerrada en las bibliotecas.5

Mientras se sucede este menosprecio, provocado en muchos casos por el desconocimiento, la ignorancia o, peor, la  indiferencia, las titulaciones de humanidades están inmersas en una batalla que no debería producirse. Mientras imperan titulaciones inclinadas hacia el mundo predominantemente digital y algunos incitan a otros a cursar grados «con salidas», muchos quieren que lo «clásico» desaparezca en lugar de intentar adaptarlo y encajarlo. Mientras ese menosprecio sucede, nos encontramos con políticos que citan autores que jamás han leído (o los confunden, o se los inventan), a personas que felicitan a escritores por su cumpleaños y tuitean fragmentos de sus libros sin molestarse en leerlos (¡ouch!), o a gente que acude rápidamente a sumarse a la denuncia de un determinado acontecimiento sin preocuparse por averiguar qué está pasando realmente, ni mucho menos por qué.

La literatura no debería ser jamás ningún decorado. La filosofía no debería convertirse jamás en la asignatura que imparten obligatoriamente pero que «no me interesa porque en la PAU voy a optar por prepararme otra». La historia no debería ser tratada como un conjunto de fechas que hay que memorizar. El arte no es sólo admirar la belleza de un cuadro.

No.

Ojalá se fomentara la curiosidad, la mirada, el afán por aprender, por saber. Entonces, siendo poseedores de ese entusiasmo recuperado, ya no tendría sentido preguntarse para qué sirven las humanidades, porque ya se habría comprendido que si sirven para algo es para ser mejores personas, personas que desean dejarse expandir por la belleza de una obra, pero que también necesitan conocer, pensar y sentir sus propias verdades. Y conocerlas más, conocerlas mejor.

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Nadie puede aprender por nosotros. Nadie puede encontrar una mejor manera de estar en el mundo, excepto nosotros. Si no tenemos motivaciones interiores, ¿para qué queremos los títulos? Si no nos hemos preocupado por propiciar la metamorfosis de nuestro espíritu, ¿qué nos quedará, cuando muramos?

Los profesores, por seguir el ejemplo anterior, deberían no tanto enseñar cosas como enseñar a aprender. A que no basten los datos, los acontecimientos, o las historias, sino más bien importe cómo conocerlas. Cómo ser libres, para que no nos engañen. Cómo ir hilvanando un criterio propio y ser capaces de usarlo, porque, al fin y al cabo, «lo único que no nos pueden arrebatar es el pensamiento».

Por eso es tan importante la educación, desde pequeños. La que derribe muros y prejuicios y fomente hábitos culturales. La que no desmotive, sino que cultive esa curiosidad innata que poseemos, este aliento humanístico. Por eso no se puede llevar tan a la ligera como la llevan algunos. Por eso esta lucha por el futuro de las humanidades sólo se podrá ganar si hay quienes demandan estudiar filosofía, historia o literatura. Si hay quienes se forman en cultura.

Aún estamos a tiempo.

María Baz

Graduada en Filología Hispánica y Máster en estudios Literarios y Teatrales

De curiosidad insaciable y lecturas desordenadas. Sabe que lo que siente al escribir crece si lo comparte.

PLANETARY, a través del laberinto pop.

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Un hombre contempla su apestoso café en una cafetería en medio de la nada. Viste un traje que otrora fulgiese un blanco cegador. Su rostro raspado por el paso del tiempo se mantiene impasible, sus ojos se reflejan en el ya citado “apestoso café” (tú no lo sabes, pero él imagina que este café está condimentado con orina del chucho de la camarera), su mirada reflejada le deja atrapado en sus pensamientos como en aquella película de un taxista neoyorquino. Esta paz queda perturbada por la entrada de una mujer que parece salida de una película de Alber Pyun. Su cometido es sencillo: desbloquear los recuerdos de nuestro protagonista, Elijah Snow, uno de los hombres del siglo XX. Elijah se encuentra encerrado en el simulacro. Este viaje servirá para romperlo, al igual que la obra de la que hablamos: Planetary.

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A modo de artefacto (¿no habéis leído Homo Tenuis de Jota Pérez?) Planetary nos plantea un mapa de la cultura popular del siglo XX que nos ayuda a entender el mundo de hoy )al menos en el plano del nivel cultural). En esta era de la información en la que estamos sumergidos, cuesta separarse de las opiniones  de tus amigos y conocidos seleccionados algorítmicamente, y a su vez parece indivisible en este estofado informativo las opiniones de estos grandes gurús y pseudopáginas informativas. Cuidado con diferir de lo establecido, puede que no te guste el sobredimensionamiento de ciertos productos culturales (que es lo que nos mola a nosotros). Mejor cállate porque probablemente seas un Játer o un p… snob cultural. No nos pongamos tan críticos y pasemos a hablar de la obra que tenemos a bien de presentar hoy en el blog de Pezsapo.

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Planetary es una serie de cómic comprendida en 27 números y 3 números especiales a modo de crossover. La publicación se dilató excesivamente entre 1998 y 2009 ya que la agenda de los dos autores de la obra impidió la publicación regular de esta. A los guiones se encuentra nuestro venerado Warren Ellis, conocido principalmente por sus cómics y novelas gráficas como por ejemplo: Transmetropolitan, Global Frequency, The Authority, Injection, Trees, el volumen tercero de Moon Knight o Nextwave; en su interesante bibliografía encontramos unas cuantas novelas como Camino tortuoso y Ritual de muerte (ambas saldadas en la actualidad) y guiones para series de televisión y videojuegos como Dead Space. A los lápices tenemos a John Cassaday que aunque no sea un dibujante prolífico demuestra gran calidad a los dibujos y de hecho Planetary probablemente sea su obra más redonda.

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Como hemos mencionado al principio del artículo, la obra funciona como un puzzle cultural de la historia popular del siglo XX, por lo que la referencialidad de esta obra resulta abrumadora, tanto que podríamos escribir un artículo por cada número analizando estas referencias. Como es de esperar, la gracia de esta serie no reside únicamente en el juego referencial, sino en la propia construcción de la historia. La mente de nuestro protagonista ha sido borrada, el camino es la recuperación de esa memoria. Warren Ellis juega magistralmente con este sistema, ya que el modo de estructuración de la obra se construye de forma fractal, lo que quiere decir que cada número funciona como un compartimento borrado de la memoria de Elijah Snow. Puede que el lector se pierda en este desorden cronológico, pero le aseguramos que al final todo queda perfectamente atado. Elijah Snow (ha vivido cien años y tiene habilidades de congelación) es acompañado por sus dos compañeros: Jakita Wagner (mujer dotada con poderes sobrehumanos como la superfuerza) y El Batería (extraño personaje que puede comunicarse con las máquinas y las redes de información, internet hecho carne) de la agencia Planetary, que se encarga de rescatar arqueológicamente toda la historia oculta de la humanidad. En contraposición tenemos a Los Cuatro, un trasunto maligno de la primera familia creada por Stan Lee en aquellos lejanos años 60. Los Cuatro también están interesados en la historia oculta de la tierra pero no precisamente para salvaguardarla.

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Para ir terminando el artículo nos ponemos el sombrero de articulista postmoderno y citaremos brevemente todas las referencias encontradas en la obra, quien sabe, tal vez nuestra jefa en Pezsapo quiera un artículo de cada número de Planetary… Bueno ahí va: los personajes de las revistas pulp antecedentes del superhéroe moderno (Doc savage, Tarzán, La Sombra, Fu-Manchú, etc), La Liga de la Justicia, las películas de Kaijus, el cine criminal hongkonés, los 4 fantásticos, los cómics Vertigo de los 80 (Hellblazer, La cosa del pantano, Sandman…) y el nuevo cómic independiente (Transmetropolitan), los experimentos secretos del área 51 y todas las películas serie b de terror y ciencia ficción de los 50 y 60 norteamericanas, Matrix, James Bond, Nick Furia, La liga de los hombres extraordinarios y la literatura extraña del siglo XIX, Thor, la canción del camino y el poema épico aborigen australiano, las películas de Kung-Fu, los reptilianos, Galactus, la magia, los viajes de LSD, Batman, los mitos de Cthulhu y todos aquellos que se me hayan escapado.

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Esperamos que desde este humilde artículo hayamos podido despertar la curiosidad de alguno de vosotros, pensad diferente y recordad…

Es un mundo extraño. Mantengámoslo así.

Duvid.

Graduado en Literatura general y comparada.

Amante de lo grotesco, lo cutre y lo genial.

Lo bueno, si breve…

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Cinco. Ese es el número de libros que estoy leyendo de forma más o menos activa desde hace unas semanas. Anteriormente nunca había podido llevar para adelante más de un libro al mismo tiempo, quizá por torpeza o sencillamente porque sabía perfectamente que me harían sentir demasiado abrumado. Pero he ahí la magia del relato corto. El relato corto no abruma, no impone, no castiga. Gracias a él es posible tener un puñado de libros distintos sobre la mesita de noche y coger uno de ellos al azar cada vez que vayamos a meternos en la cama. Qué demonios, gracias al relato corto podemos entrar al baño con ganas de leer algo nuevo y salir saciado… aunque en cierto modo esto dependerá del tránsito intestinal de cada uno, claro.

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Este súbito enamoramiento por el relato corto no es casual. Imagino que no estoy solo cuando digo que llevo años leyendo novelas, muchas de ellas absolutamente apasionantes, encerradas en tomos de entre cuatrocientas y mil doscientas páginas. Y repito, he tenido la suerte de que casi todas las que he leído me han resultado apasionantes. Pero agotan. Y cuando tienes otras aficiones, un trabajo, familia y amigos, resulta complicado ponerse durante treinta horas con un mismo libro. Por ese motivo, casi sin darme cuenta, hace ya varios meses que estoy consumiendo relatos cortos de forma casi exclusiva. Y lo estoy gozando una barbaridad. Lo estoy gozando lo suficiente como para escribir sobre ello.

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Actualmente tengo entre manos las obras completas de H.P. Lovecraft, Robert E. Howard y Edgar Allan Poe; además de los libros de relatos Un Habitante de Carcosa, de Ambrose Bierce; y La Noche de Cagliostro, de José María Latorre. Sí, hay un patrón muy claro ahí. Todos tenemos nuestras filias y nuestras fobias, supongo. Lo importante es que estoy disfrutando con la gran mayoría de los relatos que leo. Y aunque no todas las historias me gustan, lo que suele suceder más a menudo con el trabajo de Lovecraft y Howard, todas se acaban rápido para bien o para mal. Ahora lo único que espero es no malacostumbrarme. Otro par de semanas disfrutando de las mieles de los relatos cortos y sé de buena tinta que me va a costar horrores empezar una historia de quinientas páginas. Al fin y al cabo, lo bueno, si breve, dos veces bueno.

 

Andresito

Le gustan los gatos y el café

LECTURA, SEDUCCIÓN Y CULPA

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Últimamente en muchos blogs (como Libros de María Antonieta o Sweet Paranoia) ha ido tomando forma un debate nuevo sobre el consumismo de libros que se ha fomentado los últimos años especialmente en comunidades de lectores online y redes sociales.
A diario estamos sometidos a un bombardeo continuo de publicidad, reseñas y catálogos, por no hablar de las mesas de librerías llenas de flamantes novedades e historias esperando a ser descubiertas. Todas estas tentaciones provocan que compremos libros a un ritmo mucho mayor del que los leemos, porque sí: la carne es débil.

 

Hagamos unos cálculos rápidos. A lo largo de un año, un lector normal, al que llamaremos Antonio, adquiere unos 40 libros al año, una media de 3-4 al mes, incluyendo tanto los que compra como los que le regalan en su cumpleaños, Navidad, aniversarios, etc. Si la estantería de Antonio crece a un ritmo de 40 libros en un año, pero durante este año solo lee alrededor de 30, es evidente que su lista de libros por leer (la famosa TBR, to be read) aumentará a bastante velocidad, y con ella crecerá en él esa sensación tan irremediablemente humana llamada CULPA. Culpa por haber gastado demasiado, culpa por acumular libros sin leer, culpa por no tener nunca ganas de leer ese libro de novecientas páginas, culpa por odiar a ese autor que le regaló su cuñada…libreria-2

 

Pero al mismo tiempo que nuestro querido lector Antonio siente esta culpa, millones de personas sienten otras culpas propias: por no leer nada, por pasarse de parada leyendo, por comprar el libro de segunda mano en vez de primera, por regalar la edición cara en vez de la de bolsillo… Así hasta que la humanidad se acaba ahogando en su propio cargo de conciencia por culpa de los libros.

 

Esta disertación no tiene más intención que reflexionar en tono humorístico sobre la lucha contra nuestros propios deseos como lectores. Existe consumismo en el ámbito literario, por supuesto, y casi todos los lectores pecamos de él. Pero tengamos en cuenta que este consumismo se basa en un bien cultural, un objeto cuyo valor material es mínimo en comparación con su valor inmaterial, y que además provoca que editores, libreros, diseñadores, traductores, etc, puedan seguir creando libros. Lo vemos únicamente como algo negativo para nuestro bolsillo sin darnos cuenta de las consecuencias positivas y oportunidades que esto genera.

 

Si compras el doble de libros de los que lees, de acuerdo, baja el ritmo, aprende a comprar de manera responsable y por gusto, no por impulso. Ahora bien, si compras, como Antonio, unos cuantos más y se te acumulan, no te agobies y búscales un sentido. Guárdalos para leer en otras épocas. Guárdalos para tus hijos, para tus sobrinos. ¿No te caben en casa? Dónalos a bibliotecas o asociaciones, cámbialos en puntos de bookcrossing, véndelos de segunda mano, regálalos a tus amigos. La literatura no tiene talla ni pasa de moda. El consumo sostiene a la industria editorial. El intercambio o el movimiento de libros como regalo favorece a la sociedad y a su cultura. Si los lectores no se dejan seducir por los libros un poco más de la cuenta, ¿quién lo hará?

 

A ratos editora, a ratos traductora, siempre lectora.

HUMANOS

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Hace unos días me encontraba en la parada del autobús urbano para poder ir a un lugar que no es demasiado importante en esta historia, cuando sucedió algo insólito. Una criatura de más de veinte años y menos de ochenta esperaba, también, mientras devoraba un libro de bolsillo. Sin duda, el personaje era adorablemente extraño porque, si bien todos los que se fueron uniendo a la espera levantaban la cabeza de vez en cuando o la giraban en busca del dichoso panel informativo, nuestro lector no miró por encima de su libro ni una sola vez, absorto en ese mar de letras.
Cuando por fin subimos al vehículo me deslicé como pude entre el gentío con la suerte o coincidencia, llámenlo como prefieran, de que tomé asiento justo enfrente del lector. Debía saber muy bien dónde tenía que bajarse porque parada tras parada no levantó la cabeza ni un ápice; su mirada denotaba la incertidumbre del porvenir, parecía de otro mundo, o mejor, en otro mundo. Va a ser cierto que los libros te dotan con una barrera que repele el alboroto, porque la señora de su izquierda charlaba con la que había a mi lado utilizando un conocido tono que elevaba muy a menudo para dar énfasis a sus palabras, y al lector no parecía importarle.

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Parecía intrigado, y por contagio yo también estaba intrigada, a la vez que embelesada, mientras lo observaba de vez en cuando. De repente, estalló en una sonora carcajada que hizo que las señoras se sorprendieran y lo miraran fijamente. La gente mira —demasiado— fijamente cuando vas en el tren o autobús, y nunca entenderé por qué. La extrañeza que se dibujó en la cara de una de ellas se mezcló con la de curiosidad de la otra, que carraspeó. Imaginé al lector marcando la página lentamente, elevando el rostro, buscando con la mirada a esta última y proclamando: francamente, querida criatura, no me importa lo que piense. Ellas no lo sabían pero el brillo en sus ojos demostraba que se había estado conteniendo para que la carcajada no estuviese seguida de saltos de alegría. La emoción lectora.
Qué sería de nosotros si no tuviéramos la capacidad de leer. Probablemente nuestra vida sería distinta e infinitamente peor. Por eso se agradece encontrar criaturas que, como nosotros, también se sumergen entre las páginas de una historia, y a veces no se pueden contener. Estos también se merecen un Goya al papel protagonista. Ojalá no se pudieran contener nunca, y comenzaran a leer sus fragmentos favoritos a aquel que tienen al lado en el tren, en el autobús, en el parque, en su rincón favorito, en cualquier lugar que se les haya venido a la mente. Tal vez así se sepa de una vez que todo el mundo tiene literatura en su interior, y que esta característica nos hace más humanos. O humanos, sin más, capaces de emocionarnos ante un mundo que siempre, a cada instante, está por descubrir.

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Uno acude a la biblioteca a escoger libros, por supuesto, pero sobre todo va a refugiarse; cuando ha tenido un mal día, el mundo no le gusta, la realidad no es tan bonita como quisiera… La biblioteca sigue ahí, deja que te quedes, sin ser molestado, mientras observas cómo va recibiendo a otras personas, a otros ojos, a otras vidas, a otras lecturas. ¿Y cómo serán cuando entran y cómo luego, al salir? Cuántas manos habrán pasado antes que las tuyas por un mismo libro, que todavía sigue ahí, dispuesto a aguardar, a recoger, a acoger, a proteger a otro lector más.
Estas líneas son sólo un intento de reivindicación de que la literatura nos hace más humanos. Y a veces me paro a contemplar esta cultura de la inmediatez que nos rodea y pienso que no está de más que nos lo recuerden. ¿Qué es el hombre sin sus historias? Todos somos novelistas de nosotros mismos, y a todos, alguna vez, un libro nos ha salvado. La ficción nos ha salvado de la realidad y nos ha hecho percibir, aunque sólo fueran unos instantes, la ilusión de la inmortalidad. Por todo ello, defendamos siempre la alegría de leer, que es, como dice Landero, «tanto como recuperar a cada instante el gusto de vivir».

 

María Baz

Graduada en Filología Hispánica y Máster en estudios Literarios y Teatrales

De curiosidad insaciable y lecturas desordenadas. Sabe que lo que siente al escribir crece si lo comparte.

 

Rasgar el velo, una reflexión sobre Un fragmento de vida

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Te encuentras esperando a uno de los últimos trenes por la noche en una de las estaciones más concurridas de la ciudad. El tren está a punto de llegar a la estación, ya notas la vibración por tus adormecidos pies y, entonces, una corriente de aire nauseabundo sale vomitado por el túnel. Ahora crees que aparecerá el mastodonte de acero, pero de las tinieblas del túnel sólo aparece un pequeño gato. Esta experiencia personal podría haber sido descrita por el autor que vamos a tratar hoy, Arthur Machen. Probablemente hubiese dicho que este momento es uno de esos en el que el velo de la apariencia se va rasgando y comenzamos a ver el mundo invisible latente en nuestro alrededor.

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La mayoría de lectores conocerán a Arthur Machen como uno de los principales autores de horror sobrenatural. En cambio, en la novela que vamos a tratar a continuación, Un fragmento de vida, Machen se aparta del terror para centrarse en una bella historia dentro de lo “fantástico cotidiano”.  La novela comienza con un sueño de nuestro protagonista, Edward Darnell, el típico chupatintas que trabaja en la City en el Londres de principios del XX. Establece así una contraposición entre la fantasía, el sueño del principio en el que aparece un hombre barbudo rodeado de una frondosa vegetación y que será recurrente a lo largo de la novela; y la realidad, el monótono transcurso de la vida en pareja de los Darnell. Al igual que esta dicotomía, la novela se puede dividir en dos partes bien diferenciadas. En la primera parte, se nos narra el día a día de esta pareja y los problemas económicos que tienen, concretamente, en qué deben invertir las diez libras sobrantes de una herencia. Esta primera parte de la novela puede parecer aburrida, pero esta idea dista mucho de la realidad, ya que Machen se encarga de describir estas escenas con un gran sentido del humor y llenas de ironía. La segunda parte de la novela es cuando el velo de lo cotidiano comienza a rasgarse  y lo invisible se hace visible. El tono de la historia cambia cuando Darnell le cuenta a su esposa un extraño verano en el que se dedicó a descubrir Londres. Aunque los lugares descritos pudiesen haber existido, la forma de describirlos le otorga un tono casi onírico.

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Que la juventud se vea representada como el momento en el que el ser humano tiene más desarrollada la capacidad de soñar no es nueva, ya que podemos remitirnos a las propias teorías freudianas o citando tal vez a un referente más en la línea de Machen, el propio Lovecraft que en sus relatos dedicados al ciclo onírico de Randolph Carter, en cuyo relato La llave plateada se nos cuenta como Carter pierde la capacidad de soñar a los 30, facultad que recupera en la vejez, estados regresivos que vuelven al principio. Las historias extrañas se suceden, la suegra de la criada se hace pasar por una importante dama de la sociedad, la anciana tía abuela de la señora Darnell cree que su marido se ha hecho anarquista, etc. Todas estas historias convergen hacia el final de la obra en el sueño del principio, ya que Darnell comienza a investigar su árbol genealógico y descubre que pertenece a una antigua estirpe de señores de Gales. Esta oscura parte de la novela nos remite al propio pasado nuestro, como los recuerdos de nuestros antepasados quedan implícitos en nuestro propio ser, es decir, que el personaje del sueño del principio no es otro que un antepasado de Darnell. Lo interesante de Machen es ver la sutileza con la que trata a lo fantástico. Más que mostrar, es insinuar el fantástico, como la percepción de los personajes cambia y descubren que hay una segunda realidad detrás de lo aparente. Resulta interesante observar como en sus relatos de horror sobrenatural mantiene estos postulados ya que detrás de las tragedias acontecidas se encuentran presencias invisibles que desarrollan dicho mal.16507402_1367120869995745_396834836_n

Machen aboga siempre con una vuelta a las raíces, con una vinculación más estrecha con la naturaleza o con la religión. Si ojeamos la biografía de Machen podemos ver como él siempre estuvo vinculado a estos aspectos mágicos debido a su vinculación a diversas sectas como la Golden Dawn. El “velo” que cubre la realidad de Machen está tratado de distinto modo por otros autores de su época, podemos citar el caso de Margaret Oliphant en su novela La ciudad asediada, en la cual el velo lo que cubre no es una realidad fantástica vinculada con los tiempos pretéritos sino con los muertos, con las ánimas que aún viven con nosotros. De Un fragmento de vida también me gustaría destacar el juego de planos de realidad y como se juega entre estos. Para ver algo parecido tal vez habría que remitirse al realismo mágico. Muchas veces el juego de planos de realidad tiene que ver en general más con lo onírico que con lo fantástico como hace Machen. ¿Podemos encontrarnos el concepto de “velo” en la actualidad? La respuesta sí  y el ejemplo más interesante se encuentra en el campo de los videojuegos, concretamente en los juegos de la saga Silent Hill. Tres planos de realidad se intercambian en este juego: 1. El mundo velado, el mundo cotidiano; 2. La realidad de Silent Hill cubierto de una extraña niebla debido a las propias tragedias del pueblo y 3. La realidad pesadilla en la cual la psique del protagonista del juego influye en la forma del propio Silent Hill.16443561_1367123796662119_1730574461_n

Esperamos que este primer artículo os haya servido para despertar vuestro interés en la obra de Arthur Machen, del que Borges dijo: “A Machen los libros le salían mal, le salían muy mal: los escribía a puro estilo”. ¡Hasta otra, caminantes!

 

Duvid.

Graduado en Literatura general y comparada.

Amante de lo grotesco, lo cutre y lo genial.

BUSCAMOS ESCRITORES

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Queridos amigos:

Este verano en editorial peZsapo nos hemos parado a pensar en qué queremos y en qué creemos.

No creemos en las etiquetas ni en las convenciones sociales, pero sí creemos que otro mundo es posible a través de los libros. Queremos construir un catálogo con historias grandes y otras pequeñas sobre personajes fuertes pero también inseguros, descarados, perversos; que viven en ciudades reales o inventadas, que hablan, que respiran y que cometen los mismos errores que todos nosotros.

Por eso hemos decidido lanzar un llamamiento a todos esos autores que sabemos que piensan igual e invitarles a que nos envíen sus novelas para valorar su publicación dentro de nuestra nueva línea. Admitiremos textos durante todo el mes de septiembre.

¡Ah! Y por si cabía duda, en peZsapo no hacemos autoedición ni coedición, sino edición tradicional (dentro de lo poco tradicionales que somos).

¿Quieres publicar con nosotras?

Envía tu manuscrito a comunicacion@pezsapo.com en formato Word y acompañado de una breve presentación.

Lamentablemente solo podemos aceptar autores residentes en España y mayores de 18 años.

Y si no eres escritor pero conoces a alguno, ¡pasa la voz por redes sociales! Si quieres, puedes descargar aquí abajo 3 tarjetas que hemos preparado con mucho cariño.

¡Que la literatura te acompañe!

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REGALOS

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A veces, nuestro trabajo consiste en enviar regalos que la gente se hace a sí misma, muy conscientes de que cuando alguien se compra un libro, se regala tiempo para disfrutar, y por ello nos encanta envolver con cuidado cada pedido, añadirle unos caramelos sugus, un sobrecito de té para que empiecen el libro con buen aroma… y a veces, a cambio, a nosotros nos hacen regalos como el que nos hizo Belén, quien al recibir el recién publicado Diarios de un pasajero en avión, de Ramón Bayés, y descubrir que era un regalo, nos envió un mensaje PRECIOSO, que hoy queremos compartir con vosotros:

“Que todo el pan tenga el sabor de la ternura*” “de vuelta a la vida hecha a mano**”…..eso me ha resonado al ver ese paquete tan maravilloso que habéis mandado…..le he hecho una foto y lo tengo en mi perfil…..porque aunque lo recibo como algo muy personal creo que el mundo se tiene que contagiar de esa forma de cuidar…..esta noche empezaré a leerlo en ese espacio de mí que descubrí al oír a Ramón por primera vez hace unos tres años…..mientras me tomo un té de naranja sintiendo que ha habido algo de magia en este envío, de Gepetto, de duendes, de tierra recién llovida, de luz…..
Un abrazo muy agradecido,

Muchísimas gracias Belén, y a toda la gente que, como tú, impregna las pequeñas cosas de magia, de alegría contagiosa.

 

* Esta frase se la oyó decir Belén a Facundo Cabral

** Esta otra, la leyó en Mujeres que corren con los lobos.

 

EL ESCRITOR

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Hoy os traigo un texto dedicado a nuestros queridos escritores, esos que están ojo avizor con la vida, atentos al más mínimo atisbo de belleza o interés para convertirlo en poderosas palabras. Y ¿quién mejor va a conocer al escritor que los escritores mismos?  el texto que estoy a punto de mostraros se escribió en 1907, en esa brecha del siglo XX que acabaría dando lugar a grandes textos como los de Kafka o Proust, a las vanguardias, a Picasso…  Se trata de uno de esos textos perdidos  que vieron la luz décadas después de haber sido concebidos. Éste en concreto fue encontrado en 2003,  se publicó en Siruela dentro de un libro de fragmentos titulado La habitación del poeta. Nuestro misterioso autor es el bastante poco conocido Robert Walser, quien, como Hölderlin, vio su trayectoria literaria interrumpida al ingresar en el psiquiátrico y que, como Hölderlin, amante de los paseos, dio uno último y largo durante una gran nevada, del que ya nunca volvió. Os dejo con el texto, disfrutadlo:

El escritor escribe sobre lo que siente, oye y ve, o sobre lo que se le ocurre. Tiene por lo general muchas ideas nimias que no puede en absoluto utilizar, hecho que a menudo lo desespera. Por otra parte, a veces tiene infinidad de ideas útiles en la cabeza, pero ocurre que deja su propio capital inactivo porque, o bien no lo encuentra, o bien no tiene cerca a nadie con buenas intenciones que le llame desinteresadamente la atención sobre las riquezas que aún no ha descubierto.
Un buen día, a los periodistas conspicuos se les puede ocurrir animar a uno de estos escritores a que les mande, cuando crea oportuno, una prueba de su arte. En este caso el escritor se sentirá feliz sobremanera, tendrá motivos suficientes para no caber en sí de la alegría, y enseguida se dispondrá a satisfacer con la mayor escrupulosidad posible los deseos que han llamado a su puerta. A tal efecto, se pone en primer lugar la mano en la frente, se coge de los pelos, que suele tener a manta, se pasa el dedo índice ligeramente por la nariz, se la agarra quizás un poquito, se muerde los labios, pone a la vez cara de determinación y de frialdad e indiferencia, limpia la pluma, se sienta en la silla como es debido, frente al antiguo escritorio, suspira y se pone a escribir.
La vida de un escritor como Dios manda tiene siempre sus dos caras: el lado oscuro o los aspectos negativos de la vida, y el lado visible o los aspectos favorables; dos escenarios, un lugar en el que sentarse y otro en el que estar de pie; dos clases: una primera y otra insípida de cuarta. El supuestamente alegre oficio de escritor puede ser muy penoso, en ocasiones muy aburrido, muchas veces incluso peligroso. El hambre y el frío, la sed y la estrechez, las humedades y la sequía han sido siempre, en todas las épocas históricas y de la cultura, fenómenos conocidos en la variada vida de los “héroes de la pluma” y lo seguirán siendo probablemente también en el futuro. Pero no menos sabido es que hay escritores que han ganado fortunas, construido villas palaciegas en las inmediaciones de algún largo y vivido rebosando buen humor.
El escritor como Dios manda es alguien que está al acecho, un cazador, alguien armado con escopeta, que busca y encuentra, una especie, en definitiva, de Ojo de Halcón que vive permanentemente a la caza. Acecha los acontecimientos, persigue las rarezas del mundo, busca lo extraordinario y verdadero, y aguza los oídos cuando cree oír el ruido que anuncia la llegada no precisamente de caballos indios al galope, sino de nuevas sensaciones. Está siempre a punto, siempre dispuesto a atacar por sorpresa. Si llega paseando una belleza inocente y desprevenida, vestida a poder ser como una campesina, el escritor sale de su escondrijo y atraviesa el corazón de la dama, que había salido a pasear sola, con su afilada pluma, impregnada del terrible veneno que es el don de la observación.

No obstante, por lo general entiende también de cosas feas y espantosas y no se arrendra ante el delito típicamente infantil de escribir y compone versos, motivo por el que en rigor se ganó, como es sabido hoy mejor que nunca, unos años de reclusión en un correccional. En todo momento y a la mínima ocasión ha metido su ávida nariz en todo cuanto ha podido, y lo cierto es que no deja de husmear. En eso, precisamente en eso, suele decirse, consiste la noble tarea del escritor aplicado y concienzudo. Siempre tiene abiertas las hojas de la ventana de su nariz, él husmea, olisquea y se cree con el deber de desarrollar la sensibilidad de su buen olfato hasta la más aguda perfección.

Un escritor no lo sabe todo –sólo los dioses, como se sabe, lo saben todo–, pero todo sabe algo, e intuye cosas que ni su majestad el káiser, desde sus alturas, es capaz de vislumbrar. Llegó al mundo con una guía que le indica en todo momento la dirección que debe seguir en sus pensamientos para advertir lo sospechoso y lo casi inconcebible. Se ocupa de todo cuanto hay de interesante y digno de ser aprendido en el mundo, y alberga el firme convencimiento de que es provechoso para él y los demás. Si experimenta, por pequeño que sea, un enriquecimiento interior, se siente obligado a verter al papel este incremento, este plus, sin la menor dilación: no espera ni tres horas. Me gusta su manera de proceder. Indica que es hombre que  que busca el bien a toda costa, un hombre al que le parece inicuo ir acumulando experiencias sin compartir algunas con el resto de los mortales. Es, por consiguiente, lo contrario de un avaro que lo guarda todo para sí.
¿Qué hombre, en este siglo de hedonismo y arribismo, se siente servidor de la humanidad, solícito amigo de los pobres, si no el escritor? Tiene motivos, pues siente que, desde el momento en que sólo pensara en su propio y único provecho, se acabaría su vena creadora. Hay un no sé qué misterioso que lo envuelve siempre y lo obliga a ser un altruista. Se sacrifica, pues ¿para qué vivir si no? Cuando los otros se ríen porque a él se le llenan los ojos de unas lágrimas claras y hermosas, permanece, humilde, en la penumbra, preocupado con la tarea que le susurra al oído: estudia esta alegría, retén en la memoria el sonido de este contento, para que luego, al llegar a casa, puedan describirla y retratarla con palabras.
Al escritor se le suele tildar en vida de personaje ridículo; sea como fuere, es siempre una sombra, está siempre aparte, ajeno al inefable placer de estar en el meollo, placer del cual disfruta el resto de la gente; sólo es importante cuando escribe sin descanso, es decir, a escondidas. Así era, poco más o menos, la escuela en que, entre humillaciones y privaciones de toda clase, aprendió el ejercicio de la modestia. En las relaciones con las mujeres, por ejemplo: hay que ver cómo el escritor, aunque ambiciona mucho y se conmueve por la causa y como servicio está, se ve obligado a recatarse hasta el punto de, a menudo, resultar vergonzoso para su reputación como hombre y ser humano. Ahora empiezo a comprender por qué la gente no vacila en llamar al escritor un “héroe de la pluma”. Es un apelativo trivial, pero verdadero. Todo lo vive para sus adentros, es carretillero, restaurador y camorrista, cantante, zapatero y dama de salón, mendigo, general, aprendiz de banca y bailarina, madre, hijo, padre, estafador, amante y creador. Él es el claro de luna y el murmullo de la fuente, la lluvia y el calor de las calles, la playa y el barco de vela. Es quien pasa hambre y quien se empacha, el fanfarrón y el predicador, el viento y el dinero. Es la moneda de oro sobre el contador cuando escribe: “y ella (una condesa polaca) cuenta el dinero”. Es el rubor en las mejillas de la mujer a la que siente que ama, el odio del mezquino rencoroso; en suma, él es y debe serlo todo. Para él existe una sola religión, un solo sentimiento, una sola manera de concebir el mundo; refugiarse cual amante, con cuidado, en la forma de pensar, en los sentimientos y en la religión de otras personas, si no de todas. Se olvida a sí mismo cada vez que escribe la primera palabra, y cuando ha dado forma a la primera frase no quiere saber nada de sí. Supongo que todo eso habla a su favor.