Editores Borrachos en La Central

editores-borrachos-la-centralLos editores adquieren el protagonismo en la segunda edición de Editores Borrachos (II), una nueva entrega del ciclo celebrado en La Central de Callao en 2015 y que debe su nombre a la célebre intervención de Fernando Arrabal en la televisión pública en los ochenta donde aseguraba que el mineralismo iba a llegar.

La Central ha reunido a un total de ocho editoras y editores para contar su particular visión del mundo de los libros actual, “desde las editoriales que pelean con los más grandes (pero con menos armas) hasta las que han emprendido proyectos románticos y decididamente suicidas”.

Las jornadas comenzaron el 14 de marzo y se celebran todos los martes a las 19:00 en el sótano de esta librería de referencia, célebre por su amplísima oferta de literatura independiente. Alberto Haj-Saleh, fundador de la Asociación Cultural HUL (responsable de la feria del libro independiente “¡Hostia un libro!”) es el encargado de coordinar estas interesantes charlas entre compañeros de guerrilla.

La primera jornada tuvo como protagonistas a las editoras de peZsapo y :Rata_, dos editoriales jóvenes (:Rata_ con tan solo unos meses de edad) que presentan dos catálogos muy diferentes con muchos puntos en común: la calidad de sus publicaciones, la especialización de su público objetivo y la búsqueda del posicionamiento en la industria editorial actual.

Durante la charla pudimos escuchar numerosas anécdotas y más de un secreto sobre el mundo de la edición independiente. ¿Cómo se levanta una editorial desde cero? ¿Cuál es el margen económico que tiene un editor en cada publicación que saca? ¿Cuál es la tirada media más habitual? Las respuestas a estas preguntas, casi siempre “serpenteadas” por las editoras, al final acabaron desembocando en varios debates sobre las cambiantes condiciones de la industria y la intrepidez de la editora en cada momento. Uno de los factores más importantes es la distribución, pero también lo es el tipo de libros publicados y el lector objetivo (literatura joven adulta en el caso de peZsapo, literatura adulta y subversiva en el caso de :Rata_).

Dos voces guerrilleras complementarias que pusieron en relieve el panorama de incertidumbre al que se enfrentan los editores en la actualidad, siempre impulsados por el romanticismo y un estado de innovación permanente que mantiene vivo al libro y lo reinventa cada día.

¡No os perdáis el resto de jornadas que quedan por celebrarse! El 28 de marzo con los editores de Periférica y Sexto Piso, y el 4 de abril con los de Dibbuks y Tik Tok.

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Foto de @alvadrv

A ratos editora, a ratos traductora, siempre lectora.

Aún estamos a tiempo

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Jueves. Clase de bachillerato de un instituto al azar. La profesora informa a los alumnos de que el próximo lunes es la fecha elegida para una prueba de comentario de texto sobre el último libro que se ha visto en clase. Dicho esto, reparte varias fotocopias.

Nada tendría de extraordinaria esta situación si no fuese porque los folios contienen el tema y la estructura de la obra, su resumen pormenorizado y hasta varios ejemplos de comentario crítico. Es entonces cuando un alumno le susurra a otro: oye, ¿has leído ya el libro?

—¿Para qué? —replica su compañero, y señala los folios que les acaban de repartir—. Tenemos esto.8

 

Esta pequeña recreación sucede en muchos centros (más de los que nos creemos). Se les indica a los alumnos cómo deben hacer x e, incluso, se les incita a memorizar párrafos enteros para incluirlos dentro de la reflexión. ¿Estamos locos?

Desde luego, es descorazonador que existan profesores sin vocación, pero aún lo es más que no se promueva la lectura, ni el pensamiento crítico, ni se haga el intento, lo que es más grave. No se trata ya de obligar a nadie a hacer algo (obligar hace odiar), pero tampoco se trata de crear clones automatizados incapaces de expresar su pequeña y propia opinión acerca, en este caso, de un texto.

 

Este ejemplo se puede trasladar, lamentablemente, a muchísimos otros ámbitos y tiene que ver con el deterioro que están sufriendo las humanidades y, sobre todo, el desprestigio. Parece que en la sociedad actual prima la idea de que lo único que importa es triunfar y tener dinero para resolver problemas concretos. Es entonces cuando surgen los ciegos que insisten en que las humanidades no poseen el para que esta sociedad exige.

¿Para qué estudiar algo que no sirve para nada? ¿Para qué ofertar estudios que no darán de comer? ¿Para qué, si sólo interesa a cuatro gatos? Y así es cómo se modifican, recortan y suprimen titulaciones y asignaturas ante nuestros ojos. Lo último ha sido intentar eliminar la filosofía de las aulas. ¿Para qué enseñar a pensar? Es mucho mejor hacer creer a los alumnos que la filosofía son divagaciones de «cuatro locos» o que los lectores son gente aburrida que siempre está encerrada en las bibliotecas.5

Mientras se sucede este menosprecio, provocado en muchos casos por el desconocimiento, la ignorancia o, peor, la  indiferencia, las titulaciones de humanidades están inmersas en una batalla que no debería producirse. Mientras imperan titulaciones inclinadas hacia el mundo predominantemente digital y algunos incitan a otros a cursar grados «con salidas», muchos quieren que lo «clásico» desaparezca en lugar de intentar adaptarlo y encajarlo. Mientras ese menosprecio sucede, nos encontramos con políticos que citan autores que jamás han leído (o los confunden, o se los inventan), a personas que felicitan a escritores por su cumpleaños y tuitean fragmentos de sus libros sin molestarse en leerlos (¡ouch!), o a gente que acude rápidamente a sumarse a la denuncia de un determinado acontecimiento sin preocuparse por averiguar qué está pasando realmente, ni mucho menos por qué.

La literatura no debería ser jamás ningún decorado. La filosofía no debería convertirse jamás en la asignatura que imparten obligatoriamente pero que «no me interesa porque en la PAU voy a optar por prepararme otra». La historia no debería ser tratada como un conjunto de fechas que hay que memorizar. El arte no es sólo admirar la belleza de un cuadro.

No.

Ojalá se fomentara la curiosidad, la mirada, el afán por aprender, por saber. Entonces, siendo poseedores de ese entusiasmo recuperado, ya no tendría sentido preguntarse para qué sirven las humanidades, porque ya se habría comprendido que si sirven para algo es para ser mejores personas, personas que desean dejarse expandir por la belleza de una obra, pero que también necesitan conocer, pensar y sentir sus propias verdades. Y conocerlas más, conocerlas mejor.

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Nadie puede aprender por nosotros. Nadie puede encontrar una mejor manera de estar en el mundo, excepto nosotros. Si no tenemos motivaciones interiores, ¿para qué queremos los títulos? Si no nos hemos preocupado por propiciar la metamorfosis de nuestro espíritu, ¿qué nos quedará, cuando muramos?

Los profesores, por seguir el ejemplo anterior, deberían no tanto enseñar cosas como enseñar a aprender. A que no basten los datos, los acontecimientos, o las historias, sino más bien importe cómo conocerlas. Cómo ser libres, para que no nos engañen. Cómo ir hilvanando un criterio propio y ser capaces de usarlo, porque, al fin y al cabo, «lo único que no nos pueden arrebatar es el pensamiento».

Por eso es tan importante la educación, desde pequeños. La que derribe muros y prejuicios y fomente hábitos culturales. La que no desmotive, sino que cultive esa curiosidad innata que poseemos, este aliento humanístico. Por eso no se puede llevar tan a la ligera como la llevan algunos. Por eso esta lucha por el futuro de las humanidades sólo se podrá ganar si hay quienes demandan estudiar filosofía, historia o literatura. Si hay quienes se forman en cultura.

Aún estamos a tiempo.

María Baz

Graduada en Filología Hispánica y Máster en estudios Literarios y Teatrales

De curiosidad insaciable y lecturas desordenadas. Sabe que lo que siente al escribir crece si lo comparte.

PLANETARY, a través del laberinto pop.

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Un hombre contempla su apestoso café en una cafetería en medio de la nada. Viste un traje que otrora fulgiese un blanco cegador. Su rostro raspado por el paso del tiempo se mantiene impasible, sus ojos se reflejan en el ya citado “apestoso café” (tú no lo sabes, pero él imagina que este café está condimentado con orina del chucho de la camarera), su mirada reflejada le deja atrapado en sus pensamientos como en aquella película de un taxista neoyorquino. Esta paz queda perturbada por la entrada de una mujer que parece salida de una película de Alber Pyun. Su cometido es sencillo: desbloquear los recuerdos de nuestro protagonista, Elijah Snow, uno de los hombres del siglo XX. Elijah se encuentra encerrado en el simulacro. Este viaje servirá para romperlo, al igual que la obra de la que hablamos: Planetary.

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A modo de artefacto (¿no habéis leído Homo Tenuis de Jota Pérez?) Planetary nos plantea un mapa de la cultura popular del siglo XX que nos ayuda a entender el mundo de hoy )al menos en el plano del nivel cultural). En esta era de la información en la que estamos sumergidos, cuesta separarse de las opiniones  de tus amigos y conocidos seleccionados algorítmicamente, y a su vez parece indivisible en este estofado informativo las opiniones de estos grandes gurús y pseudopáginas informativas. Cuidado con diferir de lo establecido, puede que no te guste el sobredimensionamiento de ciertos productos culturales (que es lo que nos mola a nosotros). Mejor cállate porque probablemente seas un Játer o un p… snob cultural. No nos pongamos tan críticos y pasemos a hablar de la obra que tenemos a bien de presentar hoy en el blog de Pezsapo.

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Planetary es una serie de cómic comprendida en 27 números y 3 números especiales a modo de crossover. La publicación se dilató excesivamente entre 1998 y 2009 ya que la agenda de los dos autores de la obra impidió la publicación regular de esta. A los guiones se encuentra nuestro venerado Warren Ellis, conocido principalmente por sus cómics y novelas gráficas como por ejemplo: Transmetropolitan, Global Frequency, The Authority, Injection, Trees, el volumen tercero de Moon Knight o Nextwave; en su interesante bibliografía encontramos unas cuantas novelas como Camino tortuoso y Ritual de muerte (ambas saldadas en la actualidad) y guiones para series de televisión y videojuegos como Dead Space. A los lápices tenemos a John Cassaday que aunque no sea un dibujante prolífico demuestra gran calidad a los dibujos y de hecho Planetary probablemente sea su obra más redonda.

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Como hemos mencionado al principio del artículo, la obra funciona como un puzzle cultural de la historia popular del siglo XX, por lo que la referencialidad de esta obra resulta abrumadora, tanto que podríamos escribir un artículo por cada número analizando estas referencias. Como es de esperar, la gracia de esta serie no reside únicamente en el juego referencial, sino en la propia construcción de la historia. La mente de nuestro protagonista ha sido borrada, el camino es la recuperación de esa memoria. Warren Ellis juega magistralmente con este sistema, ya que el modo de estructuración de la obra se construye de forma fractal, lo que quiere decir que cada número funciona como un compartimento borrado de la memoria de Elijah Snow. Puede que el lector se pierda en este desorden cronológico, pero le aseguramos que al final todo queda perfectamente atado. Elijah Snow (ha vivido cien años y tiene habilidades de congelación) es acompañado por sus dos compañeros: Jakita Wagner (mujer dotada con poderes sobrehumanos como la superfuerza) y El Batería (extraño personaje que puede comunicarse con las máquinas y las redes de información, internet hecho carne) de la agencia Planetary, que se encarga de rescatar arqueológicamente toda la historia oculta de la humanidad. En contraposición tenemos a Los Cuatro, un trasunto maligno de la primera familia creada por Stan Lee en aquellos lejanos años 60. Los Cuatro también están interesados en la historia oculta de la tierra pero no precisamente para salvaguardarla.

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Para ir terminando el artículo nos ponemos el sombrero de articulista postmoderno y citaremos brevemente todas las referencias encontradas en la obra, quien sabe, tal vez nuestra jefa en Pezsapo quiera un artículo de cada número de Planetary… Bueno ahí va: los personajes de las revistas pulp antecedentes del superhéroe moderno (Doc savage, Tarzán, La Sombra, Fu-Manchú, etc), La Liga de la Justicia, las películas de Kaijus, el cine criminal hongkonés, los 4 fantásticos, los cómics Vertigo de los 80 (Hellblazer, La cosa del pantano, Sandman…) y el nuevo cómic independiente (Transmetropolitan), los experimentos secretos del área 51 y todas las películas serie b de terror y ciencia ficción de los 50 y 60 norteamericanas, Matrix, James Bond, Nick Furia, La liga de los hombres extraordinarios y la literatura extraña del siglo XIX, Thor, la canción del camino y el poema épico aborigen australiano, las películas de Kung-Fu, los reptilianos, Galactus, la magia, los viajes de LSD, Batman, los mitos de Cthulhu y todos aquellos que se me hayan escapado.

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Esperamos que desde este humilde artículo hayamos podido despertar la curiosidad de alguno de vosotros, pensad diferente y recordad…

Es un mundo extraño. Mantengámoslo así.

Duvid.

Graduado en Literatura general y comparada.

Amante de lo grotesco, lo cutre y lo genial.

Lo bueno, si breve…

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Cinco. Ese es el número de libros que estoy leyendo de forma más o menos activa desde hace unas semanas. Anteriormente nunca había podido llevar para adelante más de un libro al mismo tiempo, quizá por torpeza o sencillamente porque sabía perfectamente que me harían sentir demasiado abrumado. Pero he ahí la magia del relato corto. El relato corto no abruma, no impone, no castiga. Gracias a él es posible tener un puñado de libros distintos sobre la mesita de noche y coger uno de ellos al azar cada vez que vayamos a meternos en la cama. Qué demonios, gracias al relato corto podemos entrar al baño con ganas de leer algo nuevo y salir saciado… aunque en cierto modo esto dependerá del tránsito intestinal de cada uno, claro.

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Este súbito enamoramiento por el relato corto no es casual. Imagino que no estoy solo cuando digo que llevo años leyendo novelas, muchas de ellas absolutamente apasionantes, encerradas en tomos de entre cuatrocientas y mil doscientas páginas. Y repito, he tenido la suerte de que casi todas las que he leído me han resultado apasionantes. Pero agotan. Y cuando tienes otras aficiones, un trabajo, familia y amigos, resulta complicado ponerse durante treinta horas con un mismo libro. Por ese motivo, casi sin darme cuenta, hace ya varios meses que estoy consumiendo relatos cortos de forma casi exclusiva. Y lo estoy gozando una barbaridad. Lo estoy gozando lo suficiente como para escribir sobre ello.

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Actualmente tengo entre manos las obras completas de H.P. Lovecraft, Robert E. Howard y Edgar Allan Poe; además de los libros de relatos Un Habitante de Carcosa, de Ambrose Bierce; y La Noche de Cagliostro, de José María Latorre. Sí, hay un patrón muy claro ahí. Todos tenemos nuestras filias y nuestras fobias, supongo. Lo importante es que estoy disfrutando con la gran mayoría de los relatos que leo. Y aunque no todas las historias me gustan, lo que suele suceder más a menudo con el trabajo de Lovecraft y Howard, todas se acaban rápido para bien o para mal. Ahora lo único que espero es no malacostumbrarme. Otro par de semanas disfrutando de las mieles de los relatos cortos y sé de buena tinta que me va a costar horrores empezar una historia de quinientas páginas. Al fin y al cabo, lo bueno, si breve, dos veces bueno.

 

Andresito

Le gustan los gatos y el café

LECTURA, SEDUCCIÓN Y CULPA

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Últimamente en muchos blogs (como Libros de María Antonieta o Sweet Paranoia) ha ido tomando forma un debate nuevo sobre el consumismo de libros que se ha fomentado los últimos años especialmente en comunidades de lectores online y redes sociales.
A diario estamos sometidos a un bombardeo continuo de publicidad, reseñas y catálogos, por no hablar de las mesas de librerías llenas de flamantes novedades e historias esperando a ser descubiertas. Todas estas tentaciones provocan que compremos libros a un ritmo mucho mayor del que los leemos, porque sí: la carne es débil.

 

Hagamos unos cálculos rápidos. A lo largo de un año, un lector normal, al que llamaremos Antonio, adquiere unos 40 libros al año, una media de 3-4 al mes, incluyendo tanto los que compra como los que le regalan en su cumpleaños, Navidad, aniversarios, etc. Si la estantería de Antonio crece a un ritmo de 40 libros en un año, pero durante este año solo lee alrededor de 30, es evidente que su lista de libros por leer (la famosa TBR, to be read) aumentará a bastante velocidad, y con ella crecerá en él esa sensación tan irremediablemente humana llamada CULPA. Culpa por haber gastado demasiado, culpa por acumular libros sin leer, culpa por no tener nunca ganas de leer ese libro de novecientas páginas, culpa por odiar a ese autor que le regaló su cuñada…libreria-2

 

Pero al mismo tiempo que nuestro querido lector Antonio siente esta culpa, millones de personas sienten otras culpas propias: por no leer nada, por pasarse de parada leyendo, por comprar el libro de segunda mano en vez de primera, por regalar la edición cara en vez de la de bolsillo… Así hasta que la humanidad se acaba ahogando en su propio cargo de conciencia por culpa de los libros.

 

Esta disertación no tiene más intención que reflexionar en tono humorístico sobre la lucha contra nuestros propios deseos como lectores. Existe consumismo en el ámbito literario, por supuesto, y casi todos los lectores pecamos de él. Pero tengamos en cuenta que este consumismo se basa en un bien cultural, un objeto cuyo valor material es mínimo en comparación con su valor inmaterial, y que además provoca que editores, libreros, diseñadores, traductores, etc, puedan seguir creando libros. Lo vemos únicamente como algo negativo para nuestro bolsillo sin darnos cuenta de las consecuencias positivas y oportunidades que esto genera.

 

Si compras el doble de libros de los que lees, de acuerdo, baja el ritmo, aprende a comprar de manera responsable y por gusto, no por impulso. Ahora bien, si compras, como Antonio, unos cuantos más y se te acumulan, no te agobies y búscales un sentido. Guárdalos para leer en otras épocas. Guárdalos para tus hijos, para tus sobrinos. ¿No te caben en casa? Dónalos a bibliotecas o asociaciones, cámbialos en puntos de bookcrossing, véndelos de segunda mano, regálalos a tus amigos. La literatura no tiene talla ni pasa de moda. El consumo sostiene a la industria editorial. El intercambio o el movimiento de libros como regalo favorece a la sociedad y a su cultura. Si los lectores no se dejan seducir por los libros un poco más de la cuenta, ¿quién lo hará?

 

A ratos editora, a ratos traductora, siempre lectora.